De Aceites y Perfumes

Le doy gracias a Dios porque ya se está diluyendo. Era algo de esperar. Las cosas forzadas no permanecen. Ayer vi un poste de luz inclinado (por un choque, supongo) que estaba atado a un árbol con cintas de plástico. Repito: un poste atado a un árbol con cintas de plástico. No puede permanecer.

Hechos menciona algo así: Jerusalén estaba convulsionada por la presencia de los cristianos que se estaban haciendo notar. Esto provocaba discusiones, acusaciones, denuncias, turbas que “perturbaban el espacio público”, detenciones a consecuencia de eso y más. Los judíos de Tesalónica hablaban de los cristianos diciendo: “¡Esos que están trastornando el mundo entero!” (Hechos 17:7), y así pasaba. Una transformación cultural.

El sanedrín los quería destruir. Era una molestia no solo para la paz social sino también para el statu quo religioso. Empezaban a discutir entre ellos y Gamaliel, que había sido el maestro y mentor de Pablo, dijo: “…Olvídense de estos hombres. Déjenlos. Porque si esto que hacen es de carácter humano, se desvanecerá; pero si es de Dios, no lo podrán destruir…” (Hechos 5:38-39). Las cosas forzadas no permanecen. No se sostienen con cintas. Se caen, no se pueden sostener.

¿Escuchaste a alguien hablar en “inclusivo” en el último año? ¿Y el “día de las infancias”? ¿Qué pasó? El idioma es algo dinámico, que tiene una evolución natural que nace de la propia práctica y costumbre de los “hablantes”, y que hace que se vaya adaptando y/o aceptando en distintos medios cuando la base lingüística lo impone (o sea, la gente que habla). No se puede cambiar el idioma por decreto.

Sí, esto también es parte de las “vanas y huecas filosofías” (Colosenses 2:8) de las que venimos hablando.

En cambio, lo que es, ¡no puede dejar de ser! Así como no podés forzar para que lo que no sea, sea; no podés decretar que lo que es ya no lo sea. ¿El hombre deja de ser hombre porque se autoperciba mujer o robot? ¿Acaso el ADN cambia en obediencia al pensamiento de una mente perdida y desquiciada? Lo que es no puede dejar de ser.

Como tu esencia, tu llamado, tu función, tu propósito… aquello para lo que existís, para lo que naciste. Sí, naciste para algo que ya está configurado en tu programación inicial. Tu mente y tu sistema nervioso tienen la clave del para qué existís. Tu ADN tiene las herramientas del futuro deportista, médico, pintor o biólogo molecular. No es solo una cuestión de elecciones, conveniencias o preferencias. Aunque quieras escapar, te vas a mover en el entorno que tu programación te provee y sostiene.

No se puede dejar de ser lo que se es. (¿Me estoy poniendo filosófico?)

Ester pasó de ser una joven judía que atendía la casa de su primo a reemplazar a la reina de Persia (Ester 2:17), la cual parecía ser una mujer hermosa. Estuvo en “remojo” en aceites y perfumes durante un año (Ester 2:12) para que su aroma inundara el palacio al presentarse ante el rey, quien enloqueció por ella (2:17).

Todo un cambio de vida, ¿no? Pero Ester no podía dejar de ser la joven judía, porque Dios tenía un plan con ella. Con la reina, sí; con la que sedujo a Asuero, sí; con la adoctrinada por Mardoqueo, sí; pero sobre todo con la joven judía que se convirtió en reina antes que con la reina.

No la voy a juzgar. ¿Pondrías en riesgo la posición que alcanzaste al punto de perder tu vida? ¿No elegirías seguir viviendo en los lujos y comodidades del palacio? Moisés no quiso (Hebreos 11:25), pero Ester dudó…

“Si ahora callas por completo, de alguna otra parte nos vendrá respiro y liberación a los judíos, pero tú y tu familia paterna morirán. ¿Quién sabe si has llegado al reino para un momento así?” (Ester 4:14)

Mardoqueo no tenía pelos en la lengua. No sugirió ni tiró indirectas. Le dijo directamente: “Si vos no te hacés cargo de tu propósito, Dios va a usar a alguien más. Pero vos vas a morir”.

No se puede dejar de ser lo que se es ni esquivar el propósito para el que fuimos creados. Es inevitable el proceso donde somos tratados y probados para después ser aprobados (1 Pedro 1:7). Es necesario pasar por el fuego y dejarnos “caer a tierra y morir” para dar fruto (Juan 12:24), ya que en definitiva… “¿Quién sabe si has llegado al reino para un momento así?” (Ester 4:14, final).

Tal vez Ester desconocía su llamado. Pero no desconocía su origen.
Tal vez vos desconozcas tu propósito, pero sabés que tenés uno.
Ester cayó en el palacio para ser reina cuando no le correspondía. Por gracia, Dios te levantó para ser su representante aunque no tengas méritos.

¿Qué condiciones tenía Ester para ser reina? Ninguna. ¡Ah! Me vas a decir los ungüentos…
¿Qué condiciones tenés vos para servir a Dios? Ninguna. O sí, los mismos ungüentos: el perfume de su presencia y el aceite de su unción.

Así como Ester no podía dejar de ser judía aunque vistiera ropas reales, vos no podés dejar de ser hijo de Dios llamado a servirlo aunque el mundo intente imponerte etiquetas, filosofías o decretos.

Tu esencia, tu propósito y tu llamado no dependen de modas culturales ni de la aprobación social. Están en tu ADN espiritual, sellados por el Espíritu Santo. Capaz todavía no ves con claridad todo lo que Dios quiere hacer con vos, pero sí sabés que hay un “para qué” en tu vida. Y ese “para qué” es inamovible, inviolable, inevitable.

Por eso, en lugar de forzar lo que no es, agarrate de lo que verdaderamente sos en Cristo.
No te escondas, no te calles, no negocies tu identidad. Porque tal vez —y solo Dios lo sabe— vos también llegaste al reino para un momento como este.

No se puede ser lo que no se es ni dejar de ser lo que se es…

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