Uno de los males de la humanidad, a mi entender, es querer siempre lo que tiene el otro. Llámalo envidia, ambición o egoísmo, pero también inseguridad, falta de identidad y baja estima. Es como el cuento de la casa del lago. ¿Lo conocés?
“Había una vez…” No, no… “Un hombre tenía una cabaña sobre una colina frente a un lago. En la otra orilla había otra cabaña, también sobre una colina. El primer hombre miraba con envidia cómo reflejaba el sol en el techo de la otra y cómo eso la hacía imponente e importante”.
“Todos los días, al despertarse, lo primero que hacía era mirar por su ventana a ver cómo se veía la cabaña vecina, hasta que un día ya no aguantó más: se subió a su bote y cruzó el lago”.
“Llama al dueño de la cabaña, se presenta y conversa con él, y le dice: ‘¡Admiro el brillo de su tejado!’, a lo que este hombre le contesta: ‘Ni se puede comparar al brillo de la cabaña que está del otro lado'”.
Podríamos quedarnos con la enseñanza del punto de vista: que la posición y la manera en que mires las cosas cambian tu percepción y, por lo tanto, su evaluación.
Podríamos quedarnos solamente con la enseñanza de la poca importancia que le damos a lo que tenemos y hacemos, cuando no vemos el resultado que esto provoca.
O podemos quedarnos con la imagen de un hombre que quería ser más que el otro, envidiaba al otro, sin darse cuenta de que él tenía lo mismo que el otro.
Así pasa con las habilidades, las profesiones, los talentos. Están los que son buenos para el deporte y cosechan admiración de unos y otras; están los que son buenos en los negocios y escalan posiciones de poder que enojan a algunos; están los que son buenos artesanos, normalmente desconocidos por todos, pero que con sus manualidades dejan con la boca abierta a esos empresarios o deportistas, que serían capaces de pagar fortunas… por lo que el desconocido hizo en su intimidad.
Recuerdo cuando leí por primera vez 1 Crónicas 23, donde David organiza el templo y la adoración, y nombra 4000 hombres para cantar pero también 4000 para encargarse de las puertas, lámparas y utensilios en general. ¿Vos viste alguna vez la misma cantidad de candidatos para ujieres que para alabanza? Dejá, no contestes…
Queremos lo del otro, sin darnos cuenta de lo valioso que es lo nuestro. Tengo otro cuento, bueno, una fábula. Es la del caballo y el camello. ¿Te la cuento? No, mejor no. Pero termina diciendo: “Si el caballo quiere ser camello, ¿quién va a ser caballo?”.
Pablo tenía ese problema con los corintios. Te conté hace unos días que era una iglesia de buena posición económica y social. Normalmente, en esos casos, la gente no se preocupa por lo cotidiano, sino que pone el ojo en algo más. Bueno… ellos se regodeaban en los dones al punto de acumularlos, o querer acumularlos, pensando que tendrían algún valor material (no, no insistas). Les gustaba brillar, como el techo de la cabaña. Buscaban ostentar, como algunos de los que quieren “escenario” en vez de “alabar”. Y Pablo tiene que confrontarlos con una verdad espiritual:
“Ahora bien, ustedes son el cuerpo de Cristo, y cada uno de ustedes es un miembro con una función particular.” (1 Corintios 12:27).
Todos formamos “un solo cuerpo” y todos tenemos “una función particular”. Él mismo dice unas líneas antes: “Si todo el cuerpo fuera ojo, ¿dónde estaría el oído? Y si todo fuera oído, ¿dónde estaría el olfato? Pero Dios ha colocado a cada miembro del cuerpo donde mejor le pareció.” (1 Corintios 12:17-18).
Lo que hace a la armonía de un cuerpo es su simetría y su diversidad. Si el cuerpo fueran todos pies o manos, seríamos más una imagen de Shiva que la imagen de Dios. Si fuéramos solo bocas y oídos, seríamos más parecidos a un alien o a algún personaje de mala ciencia ficción. Si fuéramos todos ojos, ¿cuál sería la visión?
Pero somos “el cuerpo de Cristo… con una función particular.”
No sos menos que el otro. No sos más que el otro. Tampoco sos más necesario o indiferente. Cada pequeño órgano de este cuerpo le da funcionalidad, así como cada pequeña pieza de una maquinaria permite que esta pueda cumplir su propósito.
¿Dónde estás mirando?
¿Qué estás anhelando?
¿A quién buscás copiar, qué querés tener?
Sos… “cuerpo de Cristo… con una función particular.”
