Procesados

Antes de empezar a hablar, vamos a dejar algo bien en claro: la Biblia es la Palabra de Dios, pero no todo lo que está en la Biblia es palabra de Dios. Más claro: la Biblia es la palabra inspirada por Dios, y todo lo que está escrito fue “inspirado/revelado” por Dios para que esté escrito, pero eso no significa que sea palabra autorizada de Dios. (¡Alerta religiosos!)

Cuando habla Satanás, ¿es la palabra de Dios?
Cuando habla Pilato, ¿es la palabra de Dios?
Cuando habla “el gadareno”, ¿es la palabra de Dios?
Cuando hablan Zaqueo, o Gamaliel, o el centurión, o el sumo sacerdote que juzga a Jesús, ¿es la palabra de Dios?

Última: cuando Pablo dice: “A los demás digo yo, no el Señor…” (hablando del matrimonio en 1 Corintios 7:12), ¿es palabra de Dios?
No y no y no.

Así como en todos estos casos, las palabras de Elifaz, Bildad y Zofar no son palabra o palabras de Dios, sino que provienen del pensamiento y la cultura religiosa mesopotámica de estos tres “amigos” de Job (¡con amigos así, quién quiere enemigos!), y no reflejan la verdadera revelación de Dios.

Ni Job, de quien Dios dice: “No hay otro como él en la tierra, varón perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal” (Job 1:8), ni siquiera él tenía un entendimiento profundo, genuino, correcto de la revelación de Dios.

Haciendo un spoiler de la lectura de los próximos días, Job se da cuenta de esto y, al final del libro, dice: “Yo hablaba lo que no entendía; cosas demasiado maravillosas para mí, que yo no comprendía… De oídas te había oído; mas ahora mis ojos te ven…” (Job 42:3,5). Sí… también resuena Alvarado en mi cabeza…

Muchas de las cosas que dicen estos cuatro hombres, y el quinto que se suma después, demuestran ignorancia espiritual. Muchas de las cosas son solo tradición del paganismo. Muchas de las cosas son solo la idea que cada uno tiene de Dios: un dios hecho a imagen y semejanza del hombre (¿no era al revés?).

Ese fatalismo religioso y legalista todavía puede verse en la iglesia cuando ponemos en boca de Dios nuestras propias ideas y pensamos o juzgamos que Dios actúa como yo digo que debe hacerlo. ¿Te acordás del pasaje del ciego de nacimiento? Ahí es clarísimo lo mismo que los amigos de Job: “¿Quién pecó, para que éste haya nacido ciego? ¿Él o sus padres?” (Juan 9:2), a lo que Jesús responde, tapando la boca de los legalistas (no, no eran los fariseos, fueron sus discípulos): “No pecó él, ni tampoco sus padres; más bien, fue para que las obras de Dios se manifiesten en él.” (Juan 9:3).

Pero algunas cosas conectan con la revelación de Dios y tienen coherencia bíblica. Pedro, por ejemplo, habla de las luchas y pruebas; Pablo, de padecimientos; y el mismo Jesús hace referencia a las aflicciones, de esas que dice David que “Dios nos librará” (Salmos 34:19).

En esa línea, Bildad —uno del trío maléfico— dice: “¿Acaso crecen los juncos si no hay pantano? ¿O crecen los papiros donde no hay agua?” (Job 8:11)

Después de toda mi intro teológica, sigo sosteniendo que los libros poéticos (Job, Salmos, Proverbios, Cantares y Eclesiastés) no sientan doctrina. Pero eso no invalida cuando tienen la razón: sin transformación no hay bendición, y sin proceso no hay transformación.

¿Es agradable un pantano? Los Everglades de Florida parecen atractivos… pero el olor a podrido te lo regalo. Infestados de toda clase de bichos, algunos inofensivos, otros peligrosos. Humedad al 100% y un calor que debe llegar a los 40° (supongo). Pero sin todo eso no hay juncos, ¡y los juncos hasta los usás de decoración!

El proceso no es agradable, pero es necesario para la transformación.
El desierto no es agradable, pero es fundamental para el fortalecimiento y la madurez.
Las pruebas, las amarguras, las aflicciones ¡son una molestia! Pero son el camino a ser aprobados y recibir alabanza de parte de Dios (1 Pedro 1:7).

En Proverbios 14:4, Salomón dice: “Sin bueyes el establo se mantiene limpio, pero se necesita un buey fuerte para una gran cosecha.” Algo así como: “Si te gusta el durazno, bancate la pelusa”, o “el que quiere celeste que le cueste”, o “sarna con gusto no pica”.

Reconozco que vivimos tiempos donde no se aceptan los problemas, donde todo tiene que ser dibujado y maquillado para que nadie se ofenda o se rompa como un delicado cristal ante el bruto impacto de una piedra o lo elevado de una nota aguda… pero…

No hay bendición sin transformación… y no hay transformación sin proceso.

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