Hoy vamos a dejar descansar a Job. Con todas las que pasó, el viejo mejor que recobre fuerzas un poco, aunque es muy, muy probable que antes de terminar los capítulos que faltan volvamos a él.
Anoche viví una situación graciosa. Había comido unas galletitas a modo de postre. Recalco: “había comido”, así que ya no las tenía encima, ni en las manos ni en la boca. Pero la perra andaba rondando y se puso a mi lado a olfatear. Realmente tendrías que haberla visto, no es lo mismo contarlo que verlo, pero ella (la perra) hociqueaba, olfateando el aire a ver si encontraba de dónde venía ese aroma a galleta de chocolate (los perros no pueden comer chocolate).
Por supuesto que se quedó con las ganas porque, repito, yo “había comido” y ya no las tenía conmigo.
Son olores que nosotros no identificamos. Supongo que si huelo una galleta voy a sentir y reconocer el olor, pero en el ambiente no. Ellos (los perros) son distintos: perciben ruidos y olores a distancia, identificando de qué se trata. Es más, un perro ciego puede reconocer a su gente solo por el olor. ¿Viste esos videos de reencuentros donde alguien recupera a un perro perdido después de bastante tiempo y al principio no lo reconoce, pero después de olerlo sí? Bueno, eso.
Tenemos olor. Sí, no es novedad, y si no te bañás va a ser fácilmente identificado. Tenemos olor a… y a…, también a… varios tipos de olores que nos acompañan en esto que se llama vida.
Pero tenemos otros olores que no podemos sentir porque solo los perciben aquellos para quienes están destinados. Sí, no estoy loco. Bueno, un poco sí, pero esto que te digo es así. ¿Escuchaste hablar de las feromonas? Es una sustancia parecida a las hormonas que el cuerpo produce a modo de lenguaje químico. Por ejemplo, las hormigas las usan para hablarse entre sí. Es lo que los perros huelen entre ellos cuando los ves interactuar: por medio de las feromonas reciben todo un cuadro clínico o, si querés, el perfil de Instagram del otro perro.
Escuché a un veterinario decir —y me pareció fascinante— que tenés que dejar que tu perro huela todo lo que quiera cuando lo sacás a pasear, porque tiene la misma experiencia que vos mirando reels o perfiles en redes: recibe todo tipo de información sobre qué animal estuvo ahí y cómo era.
Lo mismo hacemos los humanos, solo que sin darnos cuenta (¡ojo! si ves a alguien oliendo a otro, salí corriendo).
¿Escuchaste esa vieja expresión: “es cuestión de piel”? Feromonas. Algo en la otra persona provoca atracción o rechazo, y lo mismo pasa con vos.
¿Sabías que también tenemos “olores espirituales”, que también hay un “olor a Dios”? Pablo no lo dice exactamente así, pero habla del “aroma” de conocer a Dios y del “olor” que damos a creyentes y no creyentes:
“…por medio de nosotros manifiesta en todas partes el aroma de su conocimiento.
Ciertamente, para Dios somos el fragante aroma de Cristo, tanto en los que se salvan como en los que se pierden. Para estos somos olor de muerte, que lleva a la muerte; y para aquellos somos olor de vida, que lleva a la vida…” (2 Corintios 2:14-16)
¿Viste? Así como se te pega el olor a milanesa, también se te pega el olor a Dios. Un olor que hace notar que estuviste con Él (que Él está en vos), que lo conocés y que provoca tanto atracción como rechazo en el entorno en que te movés.
¿Te hiciste cristiano y empezaron a rechazarte? El olor.
¿Algunos cristianéitors, religiosos que antes no te hablaban, ahora te invitan? El olor.
Aunque no quieras, aunque no sepas, por donde vayas vas dejando olor.
Aunque quieras pasar desapercibido, aunque no quieras que te reconozcan, el olor te deschava.
¿Qué olor estás dando? Recordá que vos no lo sentís.
¿Qué olor sienten de vos? Los demás sí lo sienten.
Que el olor que se sienta de vos sea el aroma de su conocimiento y el olor de vida que envuelva el lugar.
