Incompetentes

¿Qué es una persona “competente”? Como en muchas otras ocasiones, a veces la mejor manera de definir algo es por negación o contraste, señalando lo opuesto, lo contrario, lo que no es.

Por ejemplo, para explicar el concepto libertad tendrías que involucrar ideologías políticas desde Rousseau y el Estado de Derecho, pasando por Smith, Jefferson y Alberdi. Entonces, resulta más sencillo explicar lo que no es: libertad no es hacer lo que se te da la gana, sino tomar tus propias decisiones, elegir tu camino y hacerte responsable de ambas cosas.

Así que, para definir “competente”, aclaremos qué cosa “no es competente”, o qué es lo “incompetente”.

“Incompetente” es lo que no tiene “competencia”. Aclaremos: no hablamos de competencia en el sentido de la lucha por ser mejor que el otro, sino competencia en cuanto a estar relacionado. Un juez tiene o no tiene competencia en determinado tema si ese tema está relacionado con la función de su juzgado. Un juez provincial no tiene “competencia” en un litigio federal o nacional. No le corresponde.

Dicho esto, “incompetente” es el ineficiente, el que no hace las cosas bien. Es el que las hace mal. ¿El inútil? (¡qué fea palabra!)… el necio, diría Proverbios; el perezoso también. Incompetente es el que no tiene preparación, el que no tiene recursos o herramientas para desarrollar una tarea o actividad. El que “demostró ser incompetente” ¡lleva todas las de perder!, porque ya dio muestras de que no está en condiciones de hacer lo que se le mandó hacer.

Ahí juega también la responsabilidad. Pero no son sinónimos. Responsable es el que hace lo que se le manda y cumple una tarea… pero si no la hace bien… es un incompetente.

Por lo tanto, después de tantos rulos y vueltas, me encuentro con que “competente” es la persona que:

  • Tiene la autoridad o jurisdicción legítima para intervenir en un asunto.
  • Tiene la capacidad, aptitud o idoneidad para hacer algo correctamente.
  • Actúa con eficacia, destreza o conocimiento.

La persona competente es aquella que tiene derecho legal y local a hacer una cosa; tiene la capacidad para hacerla bien; es “idóneo” en el tema, o sea que sabe lo que hace; es hábil en lo que hace y lo hace con eficacia.

¿Dirías que sos competente en tus actividades, tareas y responsabilidades? ¡Uh! ¡Para qué pregunté!

Normalmente nos enfrentamos a esta confrontación: nos mandan hacer un trabajo, una tarea y realmente hacemos lo que podemos. Capaz estamos capacitados, tal vez nos preparamos para eso, o no. La realidad dicta que, a veces, hay que hacer lo que te venga a las manos. No estamos en una época donde se puedan rechazar trabajos o ponernos exquisitos pero… eso nos resta eficiencia.

Se nos califica mal, no damos la medida, baja nuestra valoración y tal vez perdamos el trabajo por todo eso. Ahí comienza una nueva peregrinación para ser aceptados y… otra vez… decir que sabemos lo que no sabemos hacer.

También puede pasar que se nos juzgue apresuradamente. Que el aspecto, la ropa, la manera de hablar, el lugar de nacimiento o la edad… sean suficientes para que alguien piense que no estamos a la altura, que no se puede esperar demasiado de uno y… zas… “¡incompetentes!”

¿Y en Cristo? ¿Y en el ministerio? ¿Y en el servicio?

Lo que somos en la iglesia es una prolongación de lo que somos en la vida. En realidad, debería ser al revés: que lo que somos en la vida sea una prolongación de lo que aprendemos a ser en la iglesia, pero estamos en proceso, estamos siendo “perfeccionados hasta el día de Jesucristo” (Filipenses 1:6).

Entonces, en la iglesia reflejamos las mismas frustraciones e incluso a veces pretendemos tapar con servicio los fracasos de la vida material: en el trabajo te oprimen… en la iglesia sos un líder que oprime a los demás… y así.

Creemos que no podemos, que no llegamos, que no sabemos, que no alcanzamos. Pensamos que apenas somos lo que podemos ser y que nunca vamos a poder ser lo que se espera de nosotros o lo que otros ya son. ¡Alerta! ¡Nunca te compares con nadie! Cuando te comparás con cualquiera, ponés a la misma altura lo que ves del otro con lo que sabés de vos; igualás tus miserias con sus grandezas; sus logros con tus falencias. ¡Siempre vas a estar en desigualdad!

Peeeero…….

“Él nos hizo ministros competentes de un nuevo pacto, no de la letra, sino del Espíritu…” (2 Corintios 3:6).

¿Estás entendiendo? Previamente a esto, Pablo viene hablando a los corintios que no tiene de qué jactarse y nada que valore su capacidad (v.5). Pero remata diciendo: “no tenemos capacidad, no somos competentes… por eso Dios nos hizo ministros competentes”. Dios te hizo competente.

¿Volvemos? Dios te hizo:

  • con derecho legal y local a hacer una cosa;
  • con la capacidad para hacerla bien;
  • “idóneo” en el tema, o sea que sabés lo que hacés;
  • hábil en lo que hacés;
  • eficaz.

¿Dirías que sos competente en tus actividades, tareas y responsabilidades… ministeriales? ¡Uh! ¡Qué bueno que te pregunté!

Moisés se sentía insuficiente, incapaz e incompetente. Dios se enojó (Éxodo 4:10-14).
Gedeón se sentía inútil, incapaz e incompetente. Dios le dijo: “Ve con esta tu fuerza” (Jueces 6:14).
David se sentía poca cosa, insignificante e incompetente para ser yerno del rey. Entonces Dios lo hizo rey (1 Samuel 18:18; 2 Samuel 7:8).

El solo hecho de que Dios te llame, el solo hecho de que Dios te pida algo, el solo hecho de que Dios te ponga en un lugar… significa que tenés la capacidad, la habilidad, la destreza, el derecho, la idoneidad y la competencia para hacer aquello para lo que Dios te llamó, te pidió y donde te colocó.

¿Dirías que sos competente para hacer lo que Dios te pidió?

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