Oidores

Leí una frase estos días, de esas que te dejan pensando: “Dejemos de oír, empecemos a escuchar. Oír es inacción, escuchar es acción.”

Me encanta porque acompaña totalmente mi visión de la vida. Si bien en algún momento lo fui, no soy de los que se sientan a esperar que las cosas pasen. Y aunque a veces me equivoco por eso, soy de los que avanzan para que las cosas pasen.

Entiendo y predico que “en todo lo relativo al Reino de los Cielos se requiere de nuestra (tu) intervención”, que el evangelio es acción y la religión populista del “sentate y Dios proveerá” no representa al verdadero evangelio ni a la vida del Reino de Dios.

¿Qué tiene que ver entonces el escuchar y el oír con la acción e inacción?
Oír es la acción natural de percibir los sonidos que están a tu alrededor. Digamos que es la parte “mecánica”, donde simplemente suena y tu mente lo recibe: el ruido de los autos, un nene que llora, el perro que ladra, alguien que grita…

Pero “escuchar” es la acción de enfocarte, prestar atención a algo en particular, minimizando el resto, y así entender lo que estás “escuchando”: Una voz en medio del griterío, un llanto en particular entre otros alrededor… entender una conversación a cierta distancia.

Hay que dejar de oír y empezar a escuchar.

Es un buen recurso. A veces hay taaantas cosas emitiendo sonido a nuestro alrededor que todo es una bola de ruido. Contaminación auditiva le dicen. Entonces enfocarte en algo “te desenfoca” de lo que no edifica, lo no productivo, lo que no bendice, bah…

Y enfocarte te permite discernir, identificar, reconocer aún intenciones y entrelíneas.

Como dijo Eliú, el cuarto del trío maléfico (el trío maléfico son los amigos de Job): “Con el paladar se prueba el sabor de la comida, y con el oído se prueba la calidad de las palabras.” (Job 34:3)

Las papilas de tu lengua y la estructura de tu paladar identifican los sabores y te permiten reconocer lo que estás probando/comiendo.

Enfocarte en lo que escuchás, prestar atención a lo que te dicen, concentrarte en quien te está hablando… te permite discernir, reconocer, identificar, leer las entrelíneas de lo que están hablando.

Es cierto que Pablo dice que debemos ser: “…sabios para el bien, e inocentes para el mal.” (Romanos 16:19). Pero una cosa es ser “inocente para el mal”, no conocer los detalles de la perversión, y otra muy distinta es ser ignorante, descuidado, de lo que pasa a tu alrededor.

“El avisado ve el mal y se esconde” (Proverbios 22:3), dice Salomón.
“…no ignoramos las maquinaciones diabólicas.” (2 Corintios 2:11), dice Pablo.

Prestá atención y date cuenta de las intenciones tras las palabras de los demás, aconseja Eliú: “La calidad de las palabras”, dice él.

No te distraigas por todo lo que suene, aprendé a reconocer las notas importantes.
Elegí lo que edifica y desechá lo que no aporta.
Prestá atención y discerní las intenciones que te circundan.

Cuando solo “oís”, todo se mezcla: lo bueno, lo malo, lo útil y lo dañino. Pero cuando “escuchás”, filtrás, discernís y elegís.
Ahí está la clave: el evangelio no es pasividad, es acción; no es ruido, es dirección.

Aprendé a enfocarte también en la voz de Dios en medio de la crisis.
No hagas caso a los profetas del fracaso ni te subas a cualquier tren de negatividad.
Reconocé las intenciones detrás de los discursos, y caminá en la sabiduría que te permite edificar y avanzar en la vida del Reino de Dios.

Porque no somos solo oidores, sino “escuchadores” y hacedores de la Palabra de Dios (Santiago 1:22).

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