“Dios no hace acepción de personas.” (Romanos 2:11) ¿Ok? Ok. ¡Cuántas veces lo escuchaste, y seguro también lo repetiste!
Es cierto: delante de Dios somos todos iguales. De eso hablamos un poco en la reunión especial de sanidad y peticiones: somos todos iguales, aunque no somos todos lo mismo delante de Dios.
Y esto es bueno. Dios puso en nosotros un instinto de superación por medio del cual buscamos avanzar, progresar, ser mejores.
No somos iguales. Delante de Dios no hay diferencias, pero no somos iguales.
Es como los dones: capacitan al cristiano para cumplir distintas funciones en la iglesia y edificarla. Algunos son más atractivos, otros más visibles, otros impactantes y algunos menospreciados o tenidos en poco. Pero todos suman para edificar el cuerpo.
Hablando de cuerpo, Pablo lo menciona así:
“Porque así como el cuerpo es uno, y tiene muchos miembros, pero todos los miembros del cuerpo, siendo muchos, son un solo cuerpo, así también Cristo.” (1 Corintios 12:12)
El cuerpo está compuesto de distintos órganos, miembros y sistemas, pero todos forman un solo cuerpo.
En Job 39 hay una comparación graciosa que Dios hace entre el avestruz y el caballo:
“…porque le hice olvidar la sabiduría, y no le di inteligencia. Mas en cuanto se levanta en alto, se burla del caballo y de su jinete.” (Job 39:17-18)
Parece que el avestruz es algo bruto, no tiene muchas luces, no cuida de sus crías… pero corre más y mejor que un caballo.
Todos somos iguales, aunque no somos lo mismo. Somos todos diferentes, pero a la vez, somos todos iguales.
Algunos pueden parecer más entendidos, otros más capaces, algún otro más ungido. Pero cada uno cumple una función importante y única.
Algunos son más sobresalientes, algunos predican mejor, algunos tal vez “solo sirven” para asistir, acompañar, ayudar.
Pero cada uno cumple una función. Y si esa función no se cumple, algo va a faltar.
Seguramente no sos igual que el otro. Es muy probable que creas que alguno es mejor que vos —y tal vez lo sea—, pero vos tenés algo que Dios te dio y que es solo tuyo: único, especial, e importante para ser utilizado en el lugar y la función para la que Dios te creó.
Tal vez seas un avestruz, capaz un caballo, pero hay algo que solo vos tenés.
Te dije hace unos días que no te compares. No te compares. No sos menos que otro, tampoco sos más. Pero sos único. Sos especial.
