Arrancamos con Eclesiastés. El libro de sabiduría, le dicen (¿sabiduría?). Forma parte de los llamados sapienciales, también los poéticos, junto con Proverbios y Cantares. Es cierto, tiene muchos conceptos que te llevan a la reflexión, pero también, como Job, gira en torno al error. O algo así. Casi que te digo que lo que más tiene de sabiduría es su forma elegante de hablar. ¿Viste esos que saben hablar y llenan de palabras lo vacío de su discurso? Bueno… así.
Eclesiastés gira en torno a mostrar el sinsentido de la vida sin Dios. Es el relato de alguien que se cansó de tener plata, se olvidó de Dios, y empieza a filosofar desde el vacío existencial que le produjo ese alejamiento y las riquezas materiales de las que se rodeó. “Vanidad de vanidades, todo es vanidad” (1:2) no es muy compatible con alguien que tiene que estar 12h fuera de su casa, de sol a sol (o de noche a noche) para poder llegar a fin de mes… sino más de un “hippie con OSDE” (una expresión entre graciosa e irónica para referirse a los que militan contra las riquezas desde la comodidad de sus mansiones).
Pero entre algunos aciertos y medias mentiras te lleva a pensar, a reflexionar, a filosofar.
En 2:20 Salomón dice algo muy interesante. Está en línea con las enseñanzas modernas de PNL (Programación Neurolingüística) y la construcción de confianza, que dicen más o menos que todo lo que te animes a creer lo vas a poder alcanzar y que aquello en lo que te enfoques es lo que va a prosperar.
Si lo miramos desde la fe, una vez más la ciencia le da la razón a la Palabra de Dios:
“Dios… llama las cosas que no son como si fueran” (Romanos 4:17).
“La fe es la certeza de lo que se espera y la convicción de lo que no se ve” (Hebreos 11:1).
“Todo lo que pidan en oración, crean que ya lo han recibido, y lo obtendrán” (Marcos 11:24).
“Si puedes creer, al que cree todo le es posible” (Marcos 9:23).
También podés ver este último desde el coaching motivacional: “¡Querer es poder!”, que es muy semejante pero más cool.
El punto es que Eclesiastés 2:20 dice: “El desánimo volvió a dominar mi corazón al ver todos mis afanes y trabajos, a los que tanta sabiduría dediqué bajo el sol.” ¡Desánimo! Podría hablar mucho sobre el desánimo. No te va a gustar lo que tengo para opinar sobre el desánimo, pero solo me quedo pensando en que no veo a una madre con 3 hijos peleando el día a día para alimentarlos, vestirlos y educarlos, al mismo tiempo lavar la ropa y hacer la comida, tal vez de vez en cuando limpiar la casa, posiblemente soportando a un marido borracho… sentada pensando en el desánimo. Sinceramente me parece que no tiene mucho tiempo para eso.
Sí, ya escucho a los haters y críticos, e incluso puedo ver los dedos señalando: “¡A vos porque nunca te pasó!” ¿Y qué sabés qué me pasó o me dejó de pasar? ¿Motivos para estar desanimado? Cientos. ¿Ganas de abandonar todo? Otras cientos (¡qué raro que a nadie se le ocurrió decir “cientas”!). ¿Pocas fuerzas para continuar? Muchas veces. Pero no tenés tiempo para entrar por ahí si tenés una obligación, una responsabilidad, una familia que sostener y otros tantos que formar.
Pero Salo estaba desanimado… ¡poooobreeee! (ya está… catarsis nomás).
Aquello en lo que te enfocás es lo que va a prosperar. Es lindo cuando lo decimos para avanzar. Pero aquello en lo que te enfocás va a prosperar, así que si te enfocás en el cansancio, el esfuerzo, “los afanes y trabajos”, todo eso va a prosperar, o sea, a crecer, a incrementarse.
¿Viste cuando escuchás un ruido y te concentrás en eso y entonces lo escuchás más claro? Así, cuando te detenés a ver lo que te falta, lo que hiciste, el cansancio, el esfuerzo, el agotamiento, las pocas fuerzas, etc., etc., todo eso se nota más.
Ahí es donde Dios nos llama y nos manda a mirar hacia adelante: “Tus ojos miren lo recto, y diríjanse tus párpados hacia lo que tienes delante” (Proverbios 4:25). Una invitación a ponerte un sombrero con anteojeras para no ver lo que pasa a los costados y atrás, sino solo la meta que tenés que alcanzar. Una invitación (o sugerencia, o recomendación o casi mandato) a avanzar sin detenerte, dejando de mirar lo que falta, dejando de enfocarte en el problema y sí en poner los ojos en Dios, mirar a Jesús, no mirar al mar bajo tus pies, sino solo reconocerlo a Él en todos tus caminos (Proverbios 3:6; Hebreos 12:2; Mateo 14:29-30).
En el capítulo anterior, en 1:4, en medio de todo el bajón dice: “Una generación se va, y otra generación viene; mas la tierra siempre permanece.” ¿Qué vas a esperar: que se te termine la batería, que ya no tengas fuerzas, que el cuerpo no te responda, que la cabeza empiece a fallar? ¿Qué vas a esperar: que estés postrado, te encuentres en una situación terminal, te hayan sacado de todo, estés conectado a un respirador o simplemente sentado esperando ver pasar los días?
El capítulo siguiente (¡aguante Eclesiastés!), el 3, el famoso, dice así: “Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora” (Eclesiastés 3:1). Hay un momento para cada cosa, un tiempo, una temporada. Como le dijo Mardoqueo a Ester: “¿Y quién sabe si para esta hora has llegado al reino?” (Ester 4:14). Que no te pase como a Juan el Bautista, que temeroso por haber perdido su propósito le manda preguntar a Jesús: “¿Eres tú el que había de venir, o esperaremos a otro?” (Mateo 11:3), sabiendo que solo le quedaban horas de vida y que lo que no hizo hasta ese momento ya no lo podría hacer.
Parezco bajón, ¿no? ¡Ni se te ocurra! Quiero confrontarte con tu realidad.
¿Dónde está puesta tu mirada?
¿En qué está tu esperanza?
¿En qué te estás enfocando?
Si te superó el cansancio, el desánimo o la vagancia, Isaías te dice: “Él da esfuerzo al cansado, y multiplica las fuerzas al que no tiene ningunas” (Isaías 40:29). ¡Esfuerzo! ¿Entendiste? No te da más fuerzas, te da esfuerzo para que te levantes y te pongas a laburar.
Te dejo y me despido con Eclesiastés 2:13: “He visto que la sabiduría aventaja a la necedad, como la luz a las tinieblas.”
¿Sabio? ¿Necio?
Poné tu mirada en Dios, reconocelo en todos tus caminos, mirá hacia adelante, mirá lo que está delante de vos, comportate “como un hombre”, ¡levantate!… porque es tu obligación. (Proverbios 3:6; Hebreos 12:2; Mateo 14:29-30; Job 38:3; 40:7; 1 Corintios 16:13; Esdras 10:4)
