Sin quererlo y sin pensarlo, continúo con el tema de ayer. Bueno, no exactamente. Ayer hablamos de las oportunidades: de no esperarlas sino crearlas, de no depender de las condiciones y el entorno, de no creer que soy más o menos que otro. Pero en medio de la reflexión (o al final) estaba el punto de no esperar a que se te pase el tren.
Es un peligro oculto. Si esperamos que las condiciones sean las óptimas, si esperamos el momento perfecto, si esperamos que se presente la oportunidad… podemos esperar tanto que ya nos quedemos sin tiempo para esperar. Bah… sin eufemismos… ¡te podés morir esperando!
Eclesiastés habla un poco sobre eso. En 11:4 dice: “El que solo mira el viento, no siembra; el que solo contempla las nubes, no cosecha.” Otra vez el punto (y este no es el tema central de hoy): si esperás las condiciones perfectas, vas a perder “la oportunidad”.
Es como las películas. O mejor… las publicidades… ¿Viste esas de pan lactal, o queso crema, o leche que muestran a toda la familia de “punto en blanco”, vestidos como gerentes de banco, sentados alrededor de una mesa redonda disfrutando el desayuno? Decime… ¿alguna vez en tu vida tuviste un desayuno así?
O esas otras (son el summum del absurdo) donde la mamá deja que el nene se embarre, embarre toda la cocina, pinte las puertas de la casa y ella se tira al piso para hacer lo mismo… ¿Conocés alguna madre así? ¿Tuviste una madre así? ¿¡Sos una madre así!?
Las utopías son muy atractivas para el relato y la teoría. Llaman la atención, generan curiosidad, ganan y juntan seguidores que las apoyan y otros que las combaten. Desde la “piedra filosofal y el elixir de la vida” de la alquimia medieval, hasta los antivacunas y el terraplanismo, pasando por todas las formas de socialismo, las utopías son perfectas en el relato, pero imposibles de llevar a la práctica.
No existen las condiciones perfectas con viento a favor, así como no existe (hablando de vientos) el mar calmo con bandera celeste en las playas marplatenses.
Por eso tomo el tema de ayer y me agarro del salmo de hoy que dice: “Algunos piensan que sus casas serán eternas, y que las habitarán por todas las generaciones, y hasta dan su nombre a las tierras que poseen.” (Salmos 49:11) O el verso 20: “Aunque ricos, los mortales no entienden; lo mismo que las bestias, un día perecen.” (Salmos 49:20). Estos nos alinean con la realidad e invitan a poner los pies en la tierra: no vamos a vivir para siempre…
Es esa arrogancia natural de creernos eternos, de no darnos cuenta de que la juventud se va y con ella también las fuerzas. Le doy gracias a Dios que me permite aprovechar cada día y que, hasta ahora, no postergué nada intencionalmente; y si lo hice, fue de puro necio.
Por supuesto que, en realidad, no nos creemos eternos. Pero lo que sí hacemos es sacar el foco del futuro, viviendo en un largo presente y solo pensando en lo que nos haga sentir y estar mejor… sin darnos cuenta de que… “el otro equipo también juega”.
Acá el otro equipo es el tiempo, y la edad… que, como también dice Eclesiastés, “todo tiene su tiempo… un tiempo para nacer y un tiempo…” bueno, ya sabés. (Eclesiastés 3:1-2)
Jesús nos enseñó a poner el foco en lo primordial, lo urgente espiritual antes que lo material y pasajero: “La vida del hombre no depende de los muchos bienes que posea.” (Lucas 12:15). Y que “a quien acumula riquezas para sí mismo, pero no es rico para con Dios”, de golpe puede quedársele todo en la nada porque no puso su mirada en lo eterno sino solo en lo terrenal. (Lucas 12:20-21)
¡Ni se te ocurra pensar que me puse melancólico o medio bajón! ¡Que ni se te pase por la cabeza que ando preocupado por los años que me quedan! Pero sí me doy cuenta de que lo que resta es menos de lo que ya viví, y eso me lleva a valorar cada oportunidad.
“Todo tiene su tiempo” y el tiempo es hoy. No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy. Viví el hoy de la mejor manera, aprovechando cada día al máximo, siendo productivo y haciendo aquellas cosas que dejan una huella para seguir.
Te dejo también con Eclesiastés:
“Alégrate, joven; aprovecha tu juventud. Bríndale placer a tu corazón mientras dure tu adolescencia. Déjate llevar por donde tu corazón y tus ojos quieran llevarte. Pero debes saber que de todo esto Dios te pedirá cuentas.” (Eclesiastés 11:9)
Y ya que estamos… con Juan:
“…yo los elegí a ustedes, y los he puesto para que vayan y lleven fruto, y su fruto permanezca…” (Juan 15:16)
