De Usos y Abusos

No me gusta ser autorreferencial. No me gusta. Lo rechazo y me molesta. ¡Me incomoda! Creo que los hombres no fuimos programados por Dios para hablar de nosotros mismos y de nuestras cuestiones personales. O tal vez sí, pero no es algo que se haya desarrollado.

Obviamente, esto trae problemas en las relaciones. No por no hablar, sino por no entender. Así como nos cuesta tanto hablar de lo nuestro, la mujer espera que lo hagamos, y al no hacerlo puede pensar que ocultamos cosas o que “no la queremos”.

Me cuesta hablar de mí mismo y tampoco creo que sea necesario, pero a veces las circunstancias obligan. Me encuentro hoy delante de una palabra que me lleva a dar testimonio del poder y la gloria de Dios. Y cuando algo es para eso… debe hacerse con libertad… aunque te cueste o no quieras.

Hace muchos años, casi tantos como tengo de cristiano, Dios me enseñó qué significa ser usado por Él. No es nada de otro mundo ni requiere de tanta explicación. Ser usado por Dios es que Él haga algo por medio tuyo para edificación de la iglesia, la obra, la comunidad. A veces por medio de los dones, otras como canal, otras incluso sin saberlo… cuando sos observado en tu comportamiento y actitud.

Pero no me refiero a eso, sino a ser “usado”. Quiero entrar en el peor sentido de la palabra. Quiero quitarle el romanticismo ministerial y ponerme en posición de “herramienta”, “elemento”, “objeto”, en definitiva, en las manos de Dios.

Te digo qué me enseñó y fue de esta manera: siempre tuve tendencia a padecer estados gripales. No gripecitas, sino “señoras gripes”. Eran frecuentes, más de lo habitual, más de lo tolerable… Me engripaba en invierno, también en primavera, claro que también en otoño y, ya que está…, en verano. Mis estados gripales no duraban menos de 7 días, y no era raro que, al terminar, comenzara uno nuevo… así que podía llegar a estar 15 o 20 días con congestión, sensación febril, dolor general del cuerpo y con la voz afectada, la que, al forzarla, cada vez se dañaba más.

En las películas y publicidades te dicen que la gripe requiere cama. Que la única manera de mejorar es tomar unos días de reposo. ¡Pero soy argentino! Y hombre. Y no puedo permitir que un virus de morondanga quiera controlarme.

Nunca falté al trabajo; iba aun en esa condición, lo que no ayudaba ya que era un lugar muy frío. Ahora, imaginate… si no faltaba al trabajo, ¿iba a faltar a la iglesia? ¡¿Qué?! ¿Qué dijiste? ¡¿Faltar a la iglesia?!

En esa época ministraba alabanza. Ah, y también predicaba. Era el típico tándem: ministro de alabanza y líder de jóvenes. Ambas actividades requerían presencia física y esfuerzo vocal. Recuerdo esas tardes a punto de abrir una reunión, listo para unos 30/40 minutos de alabanzas… estar sentado en el primer banco con ganas de estar en la cama. Abrigado con sobretodo… recién me lo sacaba en el momento de subir al púlpito. No poder casi respirar, estar totalmente congestionado, imposibilitado de poder hablar y cantar… y así avanzar los cuatro o cinco escalones que me ponían en función…

Y cuando el reloj marcaba laa 18:00 en punto, al avanzar al púlpito para empezar, se iba la congestión, se despejaba la nariz, se aclaraba la voz y se iban los dolores. ¡Milagro! No. Milagro no.

Terminaba mi tiempo y bajaba… y al volver al asiento: otra vez congestión, otra vez fiebre, otra vez frío, otra vez dolores en el cuerpo. ¡Ah, pero qué Dios injusto! ¡Te usa para su obra y ya está! Sí. Milagro no: herramienta. Ser usado por Dios.

Tal vez estés pensando que me estoy quejando. ¡Para nada! Dios me enseñó que el propósito es trascendente a mi propia vida. Que nos eligió para ser usados y, si pensabas que ser usado es llenarte de gloria, no entendiste lo que es que alguien te use. Se usa un objeto, se usa una herramienta; en definitiva, siervo significa esclavo y no gran Señor.

Entendí que es un honor, un privilegio, una honra… Ya lo dijo Pedro: “Alégrense de ser partícipes de los sufrimientos de Cristo, para que también se alegren grandemente cuando la gloria de Cristo se revele” (1 Pedro 4:13). ¡Y Pablo!: “Por causa de Cristo, a ustedes les es concedido no solo creer en Él, sino también padecer por Él” (Filipenses 1:29). Y ni los padecimientos de Pablo o Pedro son los que pasaba por ministrar engripado.

El mismo Pablo, entendido en esto, es el que dijo: “…pero Él me ha dicho: «Con mi gracia tienes más que suficiente, porque mi poder se perfecciona en la debilidad»…” (2 Corintios 12:9), cuando él se quejaba con Dios por algunos problemas de salud que estaba teniendo. El mismo Pablo que nos dejó el popular “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Filipenses 4:13), y que se estaba refiriendo precisamente a eso: a los padecimientos que tuvo que pasar por elegir seguir a Cristo. El mismo Pablo que repite en Corintios: “…mi debilidad es mi fuerza” (2 Corintios 12:10).

Esa frase me pegó fuerte hoy: “Mi debilidad es mi fuerza.” Pensar que tantas veces nos escudamos y escondemos en nuestras debilidades para no hacernos cargo de nuestras responsabilidades. Que tantas veces alegamos incapacidad para no hacer lo que se espera de nosotros. Que faltamos a nuestros deberes, trabajo, ¡ministerio!, por un insignificante dolor “en el dedo…”

“Mi debilidad es mi fuerza…” Y estos días pude comprobarlo otra vez. Que cuando parece que no das más, cuando todo indica que es imposible, cuando la razón y la lógica dicen: no… si Dios te usa, si te dejás usar por Dios, si aceptás ser “usado”… no hay imposibles ni “noes” para Dios.

¿Cuál es tu limitación?
¿Cuál es tu imposible?
¿En qué te estás escudando?
¿A qué le estás escapando?

Dejate usar por Dios. Es el camino a la bendición y a la plenitud.
Dejate usar por Dios. Es el cumplimiento de tu propósito y el momento top de tu realización.
Dejate usar por Dios. Que las huellas de Dios queden impresas en tu mente, cuerpo y espíritu, y te dejen marcado como una propiedad exclusiva.

“…Por eso, con mucho gusto habré de jactarme en mis debilidades, para que el poder de Cristo repose en mí” (2 Corintios 12:9).

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