Mi papá llamaba a esto “chichón de piso”. También decía otra cosa que no es muy apropiada para decir, pero que con una mínima alusión te vas a dar cuenta: “no se puede subir más alto de lo que la escalera te permite” (no es eso, pero entendiste). Mi viejo no era muy filósofo aunque tenía bastante “labia”, pero en estas cosas era bastante entendido.
Hay personas que cualquier cosa les sirve para subirse a la terraza, o al caballo, o donde sea que estén más altos. Es, en cierta manera, un síntoma de una carencia personal; muestra un complejo de inferioridad que, a como dé lugar, tiene que ser cubierto.
Humanamente Dios nos proveyó de herramientas naturales para contrarrestar y matar esta sensación: la personalidad, el carisma, el talento, el conocimiento, alguna destreza… Suelen ser pantallas que primero esconden y con el tiempo y el buen uso ponen las cosas en su lugar. Ni soy más que nadie ni menos que ninguno.
Pero hay personas, repito, a las que “cualquier colectivo les viene bien”. Recuerdo un vecino de mi infancia, un hombre mayor, que vivía de alimentar su propia arrogancia. Le gustaba mostrarte todo lo nuevo y bueno que tenía, sacaba a relucir cualquier adquisición que hiciera y las mostraba como si fueran el último invento proveniente de la NASA. (Aclaro: eran todas cosas totalmente irrelevantes).
La iglesia no está exenta de esto mismo. Trabajamos en una visión de restauración, que básicamente radica en la operación de Dios sobre las vidas muchas veces heridas, lastimadas, golpeadas, engañadas, abusadas, manipuladas, etc., para que Dios vuelva a poner las cosas en su lugar. Restauración es volver las cosas al plano original, como fueron creadas: manifestar lo que Dios puso en vos y lo que quiere hacer con vos y a través tuyo. Dice Eclesiastés: “Dios restaura lo que pasó” (Eclesiastés 3:15).
Nos ha pasado, y seguramente volverá a pasar, que cuando Dios empieza la obra de restauración, los dones vuelven a activarse y se enciende la llama del servicio… van apareciendo los consejos de la experiencia: “en mi iglesia hacíamos así”, “yo lo organizaba distinto”, “cuando yo fui (ministro, pastor, líder, etc.) Dios me dio la manera de hacer tal cosa”, “¡Vos manejás mal el ministerio!”, “¡No estoy de acuerdo con tu manera de ver las cosas!”, “¡Acá las cosas no se hacen bien…!”. Y podría seguir, una larga lista de situaciones con nombre y apellido que han pasado y… seguido de largo.
Sí, porque si reconocés que fracasaste en lo que hacías, ya sea por responsabilidad de terceros o tuya (siempre es tuya si te dejás manipular), entonces “Dios restaura lo que pasó”. Pero si te volvés a poner “la gorra” de la posición en que estabas, solo estás dando nuevamente los mismos pasos hacia un nuevo fracaso.
Los que empezaron de nuevo han sido bendecidos, han prosperado, han crecido, y así también sus ministerios. Los que no… no.
Recuerdo alguien, que obviamente no voy a nombrar pero que tal vez lea estas líneas (sí, porque normalmente es lo que hacen), que me dijo una vez: “Yo estuve a cargo de 200 jóvenes. No es así como se maneja un ministerio. No estoy de acuerdo con tu visión”. A lo que tuve que responderle, sencillamente: “¿Y dónde están esos 200 ahora?”.
Hay otros casos que son hasta graciosos. Te hacen una pregunta, parece que te van a pedir un consejo. Te dicen: “Pastor, ¿qué piensa de tal cosa?” y cuando les decís lo que pensás o les das el consejo apropiado, te responden: “No, no es así” (¡Ay Dios!).
¿¡Para qué preguntan si no quieren la respuesta!?
¿Preguntan… o enseñan?
O los otros, que aceptan tus palabras, enseñanzas y consejos mientras que estén de acuerdo con las suyas. ¿Viste que se suele decir: “Nadie nació sabiendo”? Bueno, hay gente que cree que nació sabiendo.
¿Por qué recibís una enseñanza y consejo y la otra no? Ah, claro, por el libre albedrío. Sí, claro, porque cada uno tenemos nuestro propio criterio… Ah, sí, porque todos podemos tomar nuestras propias decisiones.
Sí. ¿Y? ¿Invalida eso el consejo, o la experiencia, o la sabiduría, o la autoridad? Bien lo dijo Salomón: “El camino del necio es recto a sus propios ojos; mas el que escucha consejos es sabio” (Proverbios 12:15).
Pablo lo dice de otra manera: “…no tengan más alto concepto de sí que el que deben tener,…” (Romanos 12:3).
¡Ubicate! ¡¿Tanta necesidad de sentirte más tenés!? ¿Tan importante creés que sos? ¿O será que te sentís muy poca cosa y tenés que disimular?
¡Cómo me enojé y cómo me gocé cuando Dios me dijo: “gusano de Jacob” (Isaías 41:14).
¡Cómo me confrontó y qué sopapo me pegó cuando leí que “no elige a los mejores, sino a los insignificantes”! (Deuteronomio 7:7) Eso mismo Pablo lo dice con más elegancia: “…lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; y lo vil y despreciado del mundo escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es” (1 Corintios 1:27-28).
¿Qué argumentos tenés para creerte más de lo que sos?
Dice Isaías: “¿Se enorgullecerá el hacha contra el que corta con ella? ¿Se envanecerá la sierra contra el que la mueve? ¡Como si el bastón levantara al que lo levanta,…!” (Isaías 10:15).
Obviamente que la respuesta es: no.
¿Sentís la necesidad de sentirte superior?
¿Hacés cosas para sobresalir?
¿Te molesta quedar a un costado o que otros te superen?
¿Sos de los que no reciben consejos?
¿Sos de los que se creen autosuficientes?
¿Te cuesta ver a los demás “como superiores a vos mismo” (Filipenses 2:3)?
Buscá tu identidad en Cristo.
No mires tu pasado, no mires hacia atrás.
Mirá lo que Dios hizo en vos y, si hay algo que corregir, ponete en sus manos para que comience a trabajar.
Pensá de vos mismo “con cordura” (Romanos 12:3). Y date cuenta de que sí: él eligió a lo vil y a lo que no es… pero para poner por encima y avergonzar al sabio y al que se cree ser.
Recordá que siempre, siempre… “sobre un alto vigila otro más alto, y sobre ellos hay otros más altos todavía.” (Eclesiastés 5:8)
