Este texto del que voy a hablar no es el que Dios me habló, pero es el puente para llevarte a lo que Dios me habló. A veces somos complicados (¿a veces?) y nos cuesta aceptar los cambios, entonces demos algunas vueltas para llegar.
Hace unos días hablamos sobre aquellos que no reciben los consejos y las enseñanzas. Esos que terminan creyéndose superiores porque tienen algo de qué agarrarse: algún título, experiencia, trayectoria o simplemente humo en la cabeza. Ese día me preguntaron si estaba haciendo catarsis recordando gente así (capaz… un poco sí).
Son los que, cuando empiezan a acomodarse, cuando Dios empieza a sanar y van dejando atrás las crisis, vuelven a ponerse de pie pero evitan la transformación. Dan gracias a Dios por juzgar al que los maltrató, creyéndose solo víctimas de una manipulación, sin tomar nota de que, cuando Dios permite algo, algo quiere hacer con vos. ¡Preguntale a Job si no!
También ayer decía que el hombre natural tiene la tendencia a acomodarse en el menor esfuerzo. Es un principio de la física, la ley de inercia, por la cual Galileo y Newton dicen: “Todo cuerpo tiende a seguir igual: si está quieto, seguirá quieto; y si está en movimiento, seguirá moviéndose en línea recta y a la misma velocidad, a menos que algo lo frene o lo desvíe.” Llevado eso a nuestra vida diaria… es más fácil seguir haciendo lo que hacemos que cambiar, es más fácil quedarnos en reposo que levantarnos y avanzar.
Por eso amamos la motivación. La necesitamos. Es muy buena cuando estás llegando al límite de tus fuerzas y los gritos de ánimo te ayudan a continuar. Es muy mala cuando no sabés cómo continuar sin esos gritos de ánimo.
Cuando dependemos de motivaciones externas somos como hojas llevadas por el viento (Efesios 4:14); en cambio, cuando nos manejamos con la motivación interna, la propia, la autosustentada, siempre tenemos un motivo y una meta para alcanzar.
Arranca el año y te pusiste mil metas. No falta la linda frase motivacional de manual: “Delante tuyo tenés un libro de 365 páginas esperando ser escritas por vos”. Pero a los dos meses ya ni sabés dónde guardaste el libro, porque “los afanes de la vida” (Lucas 8:14) te fueron apagando y estás luchando con el día a día.
Te anotás en el gimnasio, nunca empezás. Te proponés hacer dieta, no llega el momento de arrancar. El lunes empiezo, te decís, pero parece que tu semana no tiene lunes. Querés estar en línea para el verano, pero recién te acordás el 21 de diciembre…
Es más fácil quedarnos como estamos. Es más cómodo dejarnos llevar.
Así les pasó a los Gálatas. Pablo está shockeado con ellos porque no entiende su comportamiento. Es cierto que había unos buitres que los rodeaban y les llenaban la cabeza de ideas raras. “Está todo muy lindo con este Jesús” —les decían algunos judíos ortodoxos que aceptaron al Mesías— “pero si realmente es de Dios deben guardar la ley”, ignorando que Jesús mismo dijo: “Consumado es” (Juan 19:30).
Pretendían que la iglesia respetara los mitzvot, esos mandatos rabínicos que eran una carga (Mateo 23:4). Querían que los cristianos se circuncidaran, porque era la señal del pacto de Abraham (Génesis 17:10–11), y decían que si no hay circuncisión no hay pacto.
Pedían mantener los sacrificios, cuando Jesús mismo fue Sacerdote y Cordero (Hebreos 9:11–14; Juan 1:29).
Era más fácil mantener el statu quo y seguir siendo los importantes, que aceptar ser transformados, aunque esto les obligara a dejar sus tradiciones y “credenciales”.
Y como el hombre natural tiende a acomodarse… la iglesia les prestaba el oído y algunos aprobaban la idea.
“¿Tan necios son? ¿Habiendo comenzado por el Espíritu, ahora vais a acabar por la carne?” (Gálatas 3:3).
Pablo no andaba con vueltas. No usaba corrección política y no había leído los manuales de relaciones públicas del siglo 21, donde todo está mal y todo es para ofensa. ¡Qué bueno que Jesús tampoco!
Empezaron por el Espíritu y apuntaban a terminar por la carne. Empezamos con la revelación de Cristo y queremos mantener nuestros principios racionales. Empezamos con lo sobrenatural y buscamos comportamiento natural. Empezamos por la sanidad del alma y ahora queremos el descanso del cuerpo. Empezamos por buscar a Dios y ahora pretendemos que él nos busque a nosotros. Empezamos por reconocer nuestras miserias y ahora queremos que se nos reconozca por nuestros logros. Empezamos reconociendo y adorando a Dios y ahora adoramos… nuestro tiempo, nuestra razón, nuestros gustos, nuestra libertad, nuestras pasiones… nuestros ídolos…
¿Por qué resucitar al muerto?
¿Por qué despertar a la carne dormida?
¿Por qué añorar los “ajos y cebollas de Egipto”? (Números 11:5)
¿Por qué volver a vestir la ropa vieja, si fuimos llamados a “vestirnos del nuevo hombre”? (Efesios 4:24; Colosenses 3:10)
¿Por qué levantar lo que habías derribado?
¿Por qué reedificar las fortalezas que habías destruido?
“Porque si las mismas cosas que destruí, las vuelvo a edificar, me hago transgresor.” (Gálatas 2:18).
Rebelémonos a la mediocridad.
Rebelate a la comodidad.
Rebelémonos al estancamiento.
Rebelate a la pasividad.
Rebelémonos a la carnalidad.
Rebelate al llamado a volver atrás.
Sí. Eso me habló el Señor.
