Paralelas

Me gusta la geometría. Hubo una época en la que me fascinaba analizar teoremas y hasta desarrollar nuevos (no me lo pidas ahora). Jugaba con Pitágoras cruzando una calle o plaza, buscando la línea de menor distancia para caminar menos (¡obviamente!).

Me gustaban los problemas de ángulos. Era necesario aprender teoría primero, pero, sabiendo eso, eran de muy simple resolución. Me gustan las cosas simples, directas, concretas, como el viejo Euclides diciendo: “la menor distancia entre dos puntos es la recta”, que, a pesar de que ya pasaron casi 2.500 años, seguimos dando vueltas para hacer las cosas.

Me gustan las líneas paralelas. Soy un maniático de los niveles horizontales y las paralelas son un desafío. Cuando las mirás en perspectiva simulan acercarse… pero jamás se tocan, jamás se juntan; compiten a lo largo de toda su existencia, permitiendo de esa manera que los trenes puedan circular (y las cadenas de ADN desarrollarse).

Cuando manejo por la ruta, me deleito con las paralelas. El placer de ver a distancia los vehículos que vienen por la mano de enfrente se suma a la tranquilidad de manejar sin sorpresas (en autovías de mano única). Las curvas me enojan porque no sabés con qué te vas a encontrar.

Esa es la ventaja de la línea recta: seguridad, sinceridad, estética. Siempre que recito Proverbios 3:6 (que uso mucho) tengo una imagen mental de una ruta de mano única, con la línea blanca al medio, Jesús de espaldas a la distancia y yo (como si tuviera una ‘GoPro’) viéndolo a él por detrás. “Reconocer a Jesús” en el camino me da seguridad, confianza y tranquilidad.

Escribí alguna vez (y para mí se hizo “principio”) que reconocer a Jesús en tus caminos es tan fácil como decidir andar en el camino de él. Si querés asegurarte de que Dios esté con vos, la manera no es pedirle su compañía ni aprobación, sino seguir sus pasos y andar según sus planes y voluntad.

Isaías habla sobre este principio y en 26:7 dice: “Recto es el camino del hombre justo, y tú, (Dios) que también eres recto, le despejas el camino.”

¿Qué hubiera pasado si Israel no daba vueltas en el desierto? En cuarenta días llegaba a Canaán.
¿Qué hubiera pasado si Moisés no vacilara ante Dios? Aarón no habría organizado una rebelión.
¿Qué hubiera pasado si Jonás no huía de Dios? No habría terminado en la boca del gran pez.

Por supuesto que estas son situaciones hipotéticas sobre las que no podemos afirmar nada. Los “hubiera” son solo para generar duda y tal vez frustración (hay que eliminar “hubiera” del diccionario), pero, en esa misma línea, hay infinidad de situaciones en las que elegimos dar vueltas antes de optar por la línea recta de seguir y reconocer al Señor.

También en eso fue simple y directo Isaías. Reconozcamos que la simpleza no era una de sus características. En los primeros 40 capítulos usa una escritura bastante rebuscada (¡peor es Ezequiel!), pero acá la pone simple: “Dios anda recto, ¿querés que esté con vos, que te dé una mano, que te aligere el viaje? Andá recto como él.”

Las paralelas no se juntan, pero van juntas en la misma dirección. No se unen, pero forman una unidad de acción. Isaías también menciona a los caminos de Dios “más altos que nuestros caminos” (Isaías 55:9), pero dice en otra ocasión que “Dios mora en las alturas con los de espíritu quebrantado” (Isaías 57:15), como si la diferencia se anulara, o decida el hombre andar en los caminos de Dios.

¿Y por casa…? ¿Andás recto o te gusta jugar al laberinto?
¿Te gustan las curvas o las paralelas?
¿Sos del ‘zigzag’ o del foco en el horizonte?

¿Estás reconociendo a Dios en tus caminos? ¿Lo ves caminando delante tuyo? ¿Lo ves abriéndote puertas y quitando obstáculos? ¿O te movés en tantos círculos y curvas que nunca sabés lo que viene?

¿Estás respondiendo a su llamado?
¿O te gusta mucho el pescado?
¿Estás respondiendo a su llamado?
¿O te escondés en tu tartamudez?

La distancia más corta entre dos puntos… sigue siendo la recta.

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