¡Ay, Jarmut!

¡Ay! Hace unos días hablamos en la iglesia sobre Jarmut, ciudad conquistada por Josué y que representa, en la visión de conquistar promesas, la fortaleza de orgullo, soberbia y altivez que debe ser dominada y derribada para avanzar.

Curiosamente recibí un montón de comentarios al respecto de Jarmut. Es que… ¡¿quién no tiene alguna cuota de altivez?!

En parte es necesario. Fuimos creados con capacidad de gobierno para ejercer autoridad y dominio; por lo tanto, el estado natural del ser humano es el de pretender estar por encima. Sin orgullo no pelearíamos por el progreso, sin orgullo no pelearíamos por lo nuestro.

Pero cuando el orgullo se convierte en superioridad, la cosa cambia. La Biblia nos insta no a ser más que los demás, sino a ver a los demás como superiores a nosotros mismos. (Filipenses 2:3)

En esa carrera de querer ser más, buscamos (y encontramos) justificaciones y razones: que tengo mayor capacidad, más experiencia, que soy más eficiente, que tengo más carisma; que soy mejor en los deportes, o en la música, o en actitud, presencia, etc. Cosas todas superficiales, temporales y pasajeras que el mismo tiempo va anulando, hasta que te das cuenta de que lo importante es el legado que dejaste a tus hijos o el impacto que provocaste en tu entorno.

Cuando Pablo se topa con los gálatas, se encuentra con gente que, a diferencia de los corintios, no eran ricos ni les sobraba nada, pero abundaban en soberbia. Eran celosos del cumplimiento de la ley: cumplían rituales, fiestas solemnes, votos y pactos, y al llegar al evangelio de Cristo… creyeron ser mejores cristianos que los demás. (El problema es que querían volver a las prácticas del judaísmo).

¡Pero no entendían! “…que en Cristo Jesús nada valen la circuncisión ni la incircuncisión, sino una nueva creación.” (Gálatas 6:15)

Ni la teología, ni el conocimiento, ni la fama, ni la unción, ni la pinta, ni la apariencia, ni tu look o tu outfit; sino solo el ser transformado en una nueva persona, una nueva creación.

Es una enseñanza a lo largo de todo el Nuevo Testamento: nada podemos ofrecer y con nada podemos seducir a Dios, más que un corazón rendido y entregado. No sirve el mérito, porque no hay manera de ganar puntos delante de Dios más que sencillamente rendirnos a sus pies. Nada somos, y esa nada es suficiente cuando nos dejamos usar por Él.

Este sería el momento apropiado para decir: ¿¡quién sos!? O, más chocante: ¿¡quién te creés que sos!?

“Porque el que se cree ser algo, y no es nada, a sí mismo se engaña.” (Gálatas 6:3)

¿Quién sos?
¿Qué creés ser?
¿De qué te “vanagloriás”?
¿Qué tenés para ofrecerle a Dios?

La ley de la siembra y la cosecha es transversal en el reino de los cielos e imposible de ser violada:
“Todo lo que el hombre siembre, eso también cosechará.” (Gálatas 6:7)

Así que, si solo te enfocás en tu apariencia, tus logros, tus méritos, eso se te vuelve en contra y “con la medida con que medís, os será medido”. (Mateo 7:2)

Después de todo:
“El que siembra para sí mismo, de sí mismo cosechará corrupción; pero el que siembra para el Espíritu, del Espíritu cosechará vida eterna.” (Gálatas 6:8)

¡Ay Jarmut! Parece que te queda poco tiempo…

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