Elegidos

La palabra profética tiene cumplimiento en 2 o 3 niveles. El primero de ellos es de cumplimiento inmediato o muy cercano y tiene que ver con cuestiones locales: Isaías, Jeremías y otros profetizaron acerca de los reyes, los que estaban en el trono o el que estaba por venir. El segundo plano es de cumplimiento futuro sobre cuestiones “escatológicas” (que tiene que ver con los “últimos tiempos”) o una acción directa de Dios, como la palabra que le dio a Abraham que se cumpliría 430 años después (Éxodo 12:40; Gálatas 3:17).

El tercer nivel de cumplimiento (en realidad de aplicación) de la palabra profética es la apropiación personal, cuando te sentís identificado en forma personal como si Dios “te estuviera hablando directamente”, a lo que se suma la “nominación profética” (así le llamo yo), la interpretación directa de que todo lo que dice “Israel” o “Jacob” puede ser reemplazado por tu nombre. “Oye Israel, así dice el Señor…” sería un “Che pastor, escuchá, esto te dice Dios…”

Así funciona también cuando hay una palabra directa en una ministración profética. Cuando el predicador o profeta le da “una palabra” a una persona, aunque sea “nominalmente personalizada”, su cumplimiento es para todo el que esté pasando una situación similar y crea y tome esa palabra (decimos que se hace “rhema”).

Pero no estoy haciendo un manual de “profeciología” (¿se dirá así?), sino que con esto quiero introducir la palabra que Dios me habló hoy (y por lo tanto también es para vos).

Isaías le habla a Israel (acá es donde ponés tu nombre); le habla al Israel espiritual, que fue transformado por Dios, pero también le habla al hombre natural, el carnal Jacob (también acá ponés tu nombre).

Le dice: “Pero tú, Israel, eres mi siervo; tú, Jacob, a quien yo escogí, desciendes de mi amigo Abrahán. Yo fui quien te tomó de los confines de la tierra; yo te llamé de tierras lejanas. Yo te escogí, y no te rechacé; yo te dije: «Tú eres mi siervo».” (Isaías 41:8–9)

¿Lo ponemos en primera persona? “A vos… te elegí… a vos… te tomé de lo más lejano, lo olvidado, lo insignificante, lo perdido, lo menospreciado, lo deshechado… ¡Te elegí y no te rechacé! Sos siervo de Dios.”

A veces podemos creer que Dios llama solo a los especiales. No nos damos cuenta de que, en realidad, hace especiales a los que llama.
Podemos llegar a pensar que solo algunos dan la medida. No llegamos a ver que la medida la pone Dios, y la mide según sus propias reglas.
Peor aún, podemos interpretar que todos los “personajes” bíblicos usados por Dios eran casi superhéroes sobrenaturales, cuando todos fueron hombres y mujeres con falencias, con errores, con miserias y fracasos… pero que respondieron al llamado de Dios.

Dios te llamó en la condición en que te encontrabas el día que te llamó. Y así te eligió. Y así te hizo su siervo. Y aún así… “no te rechazó”. Ahora yo pregunto: ¿si no te rechazó estando “muerto en delitos y pecados” (Efesios 2:1), envuelto en “trapos de inmundicia” (Isaías 64:6), cargado de “obras de la carne” (Gálatas 5:19–21) y perteneciendo al grupo de los que “no heredarán el reino de los cielos” (1 Corintios 6:9–10);… ¿cómo te va a rechazar habiendo sido “comprado y lavado” (1 Corintios 6:20; Apocalipsis 1:5)?

Dios te llamó como eras, para hacer de vos una nueva creación, una nueva persona.
No te limites por las limitaciones de tu pasado.
No te amoldes al entorno que te formó.
No te sujetes a las cadenas que te mantienen en el pasado.

Sos siervo, sos hijo, sos llamado, sos elegido por Dios.

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