Escondidas

¿Quién no jugó a las escondidas alguna vez? Esa mezcla de adrenalina y ansiedad, tanto por buscar al otro como por no ser encontrado. Las corridas para encontrar un lugar seguro mientras escuchás el: “…el que no se escondió, se embroma.” Los nervios cuando estás cerca del escondite o cuando escuchás un: “¡piedra libre a…!”

Sí, ya sé que para algunos de los que están leyendo esto es algo de alguna película vieja. Hoy no se juega a las escondidas, y si se esconden… dejémoslo ahí.
Pero fue una parte importante de nuestra infancia. Los juegos no son solo juegos, sino que te entrenan para la vida.
¡Qué! ¿Te sueno anticuado? No estoy diciendo que “tiempo pasado fue mejor”, porque es una gran mentira. Estoy diciendo que los juegos te entrenan para la vida.

Habilidades físicas, relaciones interpersonales, interacción con el otro, destrezas varias, etc., que después usarías en otro contexto. ¡Como los animales! ¿Viste cómo los cachorros juegan con sus hermanos de camada o con sus padres, luchando y mordiéndose? ¿Nunca jugaste a la lucha con papá? Bueno… eso.

Jugar a las escondidas tiene su clímax en el encuentro y la corrida al punto de conteo. El que llega primero gana, y otro te podía salvar.
Recuerdo también la frustración cuando eso no pasaba, cuando me tocaba ir a la pared: “¡la cuenta, Walter!” o el momento mismo de ser descubierto.
Pensar que pasan los años, nos volvemos adultos y seguimos haciendo lo mismo. ¿Te acordás de Adán escondiéndose de Dios? “¿Dónde estás?” (Génesis 3:9)

¡No harás lo mismo vos…! ¿no?

¿Sabías que Dios se esconde? Dios se esconde.
Como un padre, nos entrena para la vida espiritual.
Como un juego, nos hace explorar distintas emociones.
Como un tesoro… se hace buscar.

Dios le habla a Israel, reprendiéndolos. Claro, acostumbrados a convivir con la gloria de Adonai, fueron perdiendo el interés y la reverencia. Después de todo, ¡eran (son) el pueblo elegido! Dios, creerían ellos, Jehová, Yavé, no era tan solo un Dios, era el Dios de Israel. Así lo nombraban en otros reinos y tal vez… tal vez… Israel llegó a pensar que ellos eran los que le daban nombre a su Dios.

“Y en verdad tú, Dios y salvador de Israel, eres un Dios que se esconde.” (Isaías 45:15)

Así habla con Él Isaías, entendiendo que se escondía para provocar la búsqueda. El problema fue que muchos ni siquiera se dieron cuenta de que Dios no estaba visible. Unos pocos (siempre hay un remanente) empezaron a buscarlo con desesperación.

Creo que de ahí viene esa expresión: “buscar a Dios”.
O de Isaías 55:6: “Búsquen a Dios mientras puede ser hallado,…”
En definitiva, es el mismo contexto: Dios se escondía de un Israel que lo menospreciaba e ignoraba. Dios se escondía para provocar la búsqueda. Dios se escondía para que, quienes lo amaban y anhelaban, exploten de emoción —llanto, risa o quebranto— al encontrarse con Él.

Hoy Dios sigue siendo el mismo, aunque obra de otra manera.
Obra de otra manera, aunque sigue siendo el mismo: “…no hay mudanza, ni sombra de variación.” (Santiago 1:17)
Te sigue provocando a la búsqueda, se sigue escondiendo para ser hallado.

Hay otra opción, que depende de vos y tu relación con Él:
Dios se esconde para que no te acostumbres a la manera en que te encontrabas con Él. Un día, de repente, hacés lo mismo de siempre y Él no viene a la cita. Empezás a buscar y no está.
¿Qué hacés en ese caso? De tu respuesta depende tu crecimiento espiritual.
En tu respuesta está la puerta que te lleva a una nueva posición espiritual.

De eso se trata: una nueva posición espiritual.

No juegues con Dios.
Pero prestá atención cuando Él juega a las escondidas con vos.
No te acostumbres a la rutina ni creas que, si ya no está, es que se fue y que nunca volverá.

¡Tal vez está detrás de una cortina! (espiá si se ven los zapatos)
¡Tal vez en la oscuridad! (no te limites a las estructuras religiosas)
¡Tal vez te sigue de atrás! (no hagas lo obvio, te está invitando a que hagas lo que nunca hiciste)

Sí, Dios se esconde… pero se deja encontrar.

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