Estamos de aniversario. Estamos transitando los 5 días de celebración, como hacemos cada año. Estamos de aniversario… y Dios nos está hablando.
Creo que a veces no nos damos cuenta del semejante privilegio que tenemos. No, tranquilo, no hay soberbia ni arrogancia, sino todo lo contrario. Insisto, creo que no nos damos cuenta del privilegio que tenemos de que Dios nos hable.
Por supuesto que Dios no habla para charlar del clima ni para perder tiempo. Con Dios nunca es una charla de ascensor o de sala de espera. Si Dios habla, cuando Dios habla, es para corrección, dirección, edificación y transformación.
Después de todo, somos hijos, pero somos siervos, sirvientes de Dios.
Hace algunos días atrás hablamos acerca del propósito, de la función que tenemos por cumplir y el camino a la plenitud. Recuerdo que Jesús dijo que “a quien más se le da, más se le pide” (Lucas 12:48). Bueno, ya sabés: “en el reino de los cielos todo gira alrededor de la siembra y la cosecha”, y no somos los únicos que cosechamos, Dios también espera cosechar de nosotros. ¿No dice acaso que espera que demos fruto? (Juan 15:8). Somos privilegiados y en esa misma dirección debemos responder.
Dice Efesios 4:1: “les ruego que vivan como es digno del llamamiento que han recibido,…” .
Siembra y cosecha… una respuesta acorde al nivel del llamado, una cosecha proporcional a la siembra de Dios en vos (sí, en mí también). Uff… con esto solo ya tenemos para masticar y digerir… (y atragantarnos).
Somos privilegiados. Somos exigidos. Entiendo que se espera de cada creyente algo más de lo que se puede esperar de quien no lo es. Creo que Dios nos pone en una posición superior, pero no para sentirnos más, sino para:
- Ver a todos alrededor…
- Ser vistos por todos alrededor…
Con un solo fin: servir, afectar, influenciar, transformar, guiar, alumbrar, impactar. (Bueno, era uno solo…).
Eso nos obliga (¡y dale!) a ser ejemplo, a hablar más con acciones que con palabras, a predicar más con gestos que con versículos, a ser luz para los demás (Mateo 5:14-16). A no vivir como vivíamos antes, sino a vivir según los principios de Dios.
Hoy escuchaba una nota periodística que resumía que en los últimos 20 años la sociedad en general perdió valores, moral, principios. En definitiva, que el nivel sociocultural decreció notablemente. Me voy a ganar algunos enemigos, pero es algo que lo podés ver en la cultura: música, teatro, arte en general. Hoy prevalece lo “popular”, entendiéndose por popular lo vulgar, lo obsceno, lo casi pornográfico y lo no tan casi.
¿Escuchaste alguna letra de reguetón o el nuevo cuarteto? No, no me la doy de nada, no soy más que nadie y me crié escuchando y bailando cumbia de Los Wawancó y El Cuarteto Imperial.
Tenemos que marcar la diferencia. Debemos ser tan cercanos y parecidos como para ser aceptados y tan distintos como para que se note la diferencia. Debemos adaptarnos, sí, también en nuestras formas, prédicas, vestimenta y estilos, para poder encajar, sin amoldarnos, para afectar.
Dijo Pablo a los efesios (¡aguante la carta a los efesios!): “… esto quiero decirles en el nombre del Señor, y en esto quiero insistir: no vivan ya como la gente sin Dios, que vive de acuerdo a su mente vacía.” (Efesios 4:17). Y termina el concepto diciendo: “…renuévense en el espíritu de su mente,…” (Efesios 4:23).
Sí, me extendí. Sí, es largo. Es que Dios nos está hablando. Dios nos habló y hay que esforzarnos, prepararnos, ¡adaptarnos! e impactar. ¿Te acordás que el miércoles nos dijo que deberíamos ser “sorprendentes y extravagantes”? Bueno, no se logra con mediocridad.
¿Estás marcando la diferencia?
¿Estás subiendo a un nivel superior?
¿Te das cuenta de lo privilegiado que sos?
¿Te estás adaptando para encajar?
¿O te estás amoldando para pertenecer?
Dios nos está hablando.

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