Prueba y error.

Los tiempos cambian, sí. El tiempo pasado no fue mejor, solo fue pasado; pero es verdad que los tiempos cambian. Hay conceptos de la pedagogía moderna con los que “no la voy”. El problema es que decir esto me pone en la vereda de: “en tu época”, “anticuado”, “ahora no es tan así”. O peor, mucho peor: “patriarcado”.

Me trataron de “machirulo patriarcal” en Facebook por opinar que la legislación que permite optar por el apellido que llevan los hijos es una idiotez. Me acusaron de misógino porque, según ellos, yo estaba avalando la opresión machista sobre la mujer.
Cuando lo único que dije (o quise decir) es que hacer eso traería infinitos conflictos a la hora de las genealogías, sucesiones y herencias.
¿Te imaginás un Pérez hijo de un López, hijo de un González, y este hijo de un Fernández?

Los tiempos cambian y no para mejor. Hay cosas que no pueden cambiar, así como otras sí deben hacerlo. Amo la tecnología con la que convivimos actualmente y siento un poco de melancolía de no llegar a conocer la de los próximos mil años.

El ser humano tiene una computadora en su cerebro que debe ser programada y puesta a prueba. Una persona sin una formación racional es solo un manojo de emociones o respuestas intuitivas a los acontecimientos; o sea… un animal.
La educación de las emociones es vital para el desarrollo neurocognitivo y las relaciones interpersonales.
Lamentablemente, hoy vemos abundar a pasos agigantados las crisis de ansiedad, ataques de pánico y aislamiento social.

Los pedagogos modernos buscan cuidar el alma, cuando deberían cuidar la mente, y evitan todo tipo de confrontación o exposición al conflicto y al fracaso, para que nadie salga lastimado.

Pero para evitar que el nene se caiga de la bici, no hay que prohibirle subir a la bici, sino enseñarle —aun a costa de golpes, raspones y heridas— a dominar esa bici.

Reemplazá “bici” por cualquier situación que imagines, y la respuesta y el resultado son los mismos.

Vivimos en una tremenda carencia de “educación en inteligencia emocional”, que da como resultado lo opuesto a lo que pretendían lograr: corazones heridos, jóvenes frágiles que se convertirán en adultos débiles y toda una generación de “cristalitos” fácilmente ofendidos.

Dice Proverbios 29:15: “La vara y la corrección dan sabiduría; mas el muchacho consentido avergonzará a su madre.”

Es difícil que una madre se sienta avergonzada por un hijo ¿no? Normalmente tienden a justificar, “entender” y aun apañar todo. Pero parece que es posible: cuando no se enseña para la vida y no se corrigen los errores; cuando se evita tanto el raspón que acaba rompiéndose la cabeza al caer de la bici a la que se subió a escondidas.

Sin darnos cuenta, lo mismo pasa con la iglesia. ¡Cierto! La iglesia está compuesta de personas, y esos adultos débiles, consecuencia de juventudes frágiles, terminan siendo siervos y ministros inestables, con reacciones emocionales y rápidamente ofendibles.
Necesitan ser corregidos, necesitan ser enseñados, pero no aceptan ser señalados en su error, cuando Salomón fue muy claro al decir:

“El siervo no se corrige con palabras; Porque entiende, mas no hace caso.” (Proverbios 29:19)

Hoy me preguntaron hacia dónde nos lleva esta nueva época en la que Dios nos introdujo por medio de sus enviados. Y todavía no lo sé, pero sí sé que debemos corregir el rumbo.

Podemos pecar en pensar que no necesitamos ser enseñados y corregidos. Si así creemos, no somos más que unos pobres cachorritos. La vida consiste en formación, edificación, proceso, prueba y error.
Es más, Pablo lo demuestra con el texto que usamos para hablar de las promesas de Dios:

“…el que comenzó en ustedes la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo.” (Filipenses 1:6)

Lo que debe ser perfeccionado es porque no está terminado ¿no? Lo que no está terminado, necesita ser formado, corregido, probado ¿no?

Dios va a terminar la obra que empezó en vos, porque todavía estás en plena formación.

Una nueva época comienza…
No te quedes afuera…

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