De Necios y Espinos

¿Conocés la fábula de la rana y el escorpión? Es un clásico de la vieja literatura infantil, con enseñanzas no solo para chicos, sino también para adultos.

Te la cuento rápidamente porque, como dice Mirtha Legrand, “el público se renueva”, y tal vez alguien no la conoce:

Un escorpión quería cruzar el lago. No sabía nadar y no tenía manera. Una rana se pone a su lado y está por tirarse al agua para ir al otro lado. El escorpión le pide ayuda, que le haga de “uber” y lo lleve con ella. La rana, preocupada, le dice: “¿Cómo sé que no me vas a picar?”. El escorpión responde: “Si te pico, nos ahogamos los dos”.
La rana duda, piensa, analiza y decide ayudar al escorpión. Lo monta en su lomo, se tira al agua y empieza a nadar.
Pero al llegar a la mitad del lago… ¡el escorpión la pica!
Ella, dolorida, confundida y angustiada, le dice: “Confié en vos, me dijiste que no lo ibas a hacer, ahora moriremos los dos”.
El escorpión responde: “No lo pude evitar, es mi esencia, es más fuerte que yo”.

Las fábulas son historias fantasiosas, ficticias, pero con una “moraleja” de la vida real: los hechos son más importantes que las palabras, y la naturaleza prevalece sobre la razón cuando la razón no fue transformada.

Es un principio de la vida, del comportamiento y de las relaciones interpersonales: no se puede ser lo que no se es, ni se puede dejar de ser lo que se es. La clave está en afirmar la identidad y transformar lo que no edifica.

¿Fue culpa del escorpión?
¿Fue culpa de la rana?

Muchas veces los cristianos pecamos de inocentes queriendo ser “más buenos que Dios”. Ignoramos las advertencias, otras veces los consejos, y más de una vez acusamos al que nos previene de “no tener amor de Dios”.

Decimos, con verdad, que Dios puede hacer todas las cosas, ignorando, también con verdad, que Dios no obliga a nadie a hacer lo que no quiere hacer.

Le abrimos la puerta al alcohólico, al adicto, al delincuente; nos acercamos al abusador, al violador, al estafador; les predicamos del amor de Dios… y, como Ezequías, les mostramos nuestros bienes, confiando y esperando en el Señor. (Isaías 39:1-8).

Pero el mismo Dios dice que “el avisado ve el mal y se esconde” (Proverbios 22:3). Jesús dijo que no debemos “echar nuestras perlas delante de los cerdos” (Mateo 7:6). Pablo dijo que hay que “guardarse de los perros” (Filipenses 3:2) e incluso llegó a decir “quiten de en medio a ese perverso” (1 Corintios 5:13).

Así que no, no se puede ni se debe ser más bueno que Dios, sino ver y entender las cosas como Él las ve y entiende.

“¡Yo la voy a traer a la iglesia, pastor, se va a convertir!” —decía el jovencito antes de caer en la trampa de la araña.
“No pastor, él va a cambiar, yo sé que Dios lo puede cambiar” —decía la esposa golpeada antes de terminar en terapia intensiva (o en una tumba).
“Yo soy fuerte, el entorno no me afecta” —decía el que fue a predicar a un cabaret, antes de tener un infarto por sobredosis.

No, si no hay transformación, la esencia no cambia, y la esencia prevalece sobre la razón.
No, no se puede dejar de ser lo que se es, a menos que se decida dejar de serlo y se le permita a Dios que lo transforme
“cambiando su manera de pensar” (Romanos 12:2).

“Porque así dice el Señor a todos los de Judá y de Jerusalén: ‘Aren ustedes sus campos y no siembren entre los espinos’” (Jeremías 4:3).

A pesar de eso, el sembrador que salió a sembrar… ¿a que no sabés? ¡Sembró entre espinos! (Mateo 13:7, 22).
Así como “el perro vuelve a su vómito”, dice Proverbios, “el necio vuelve a su necedad” (Proverbios 26:11).

Así también, a pesar de las advertencias, los consejos y las enseñanzas, somos propensos a meternos donde no debemos entrar y a abrir puertas que no debemos abrir.

Sembrar entre espinos solo provoca:

  • heridas
  • pérdida de la cosecha

No juegues tu futuro.
No pretendas cambiar con tus fuerzas lo que no se puede cambiar.
No abras puertas que no debés abrir.
“No traspases los linderos antiguos que pusieron tus padres” (Proverbios 22:28).

¿Fue culpa del escorpión? Es su esencia no transformada.
¿Fue culpa de la rana? Quiso ser más buena que Dios.

“No seas sabio en tu propia opinión” (Proverbios 3:7).

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