¡Cuántas cosas buscamos de las cuales sentirnos orgullosos!
El orgullo es un condimento vital para el desarrollo de la persona en su entorno. No hablo de soberbia, que es una deformación del orgullo, pero sí de esa pequeña motivación para avanzar.
Nos enorgullecemos por nuestros logros, por nuestro progreso, por una promoción o por alcanzar una meta. Nos enorgullecemos por nuestros hijos, por sus logros, por su progreso y por su promoción.
¡No peques de humilde! ¡Está bien que te sientas así! Lo que está mal es cuando ese orgullo nos quiere poner por encima de los demás, o cuando vivimos pendientes de qué cosas podemos hacer para sentirnos más:
Ropa de marca
Vestir a la moda
Auto… nuevo
Si sos joven, que esté “al piso”
Una pareja, novio o novia atractiva y carismática
Un buen trabajo
Un mejor trabajo
Un buen sueldo
Un bono de fin de año
Vacaciones en Brasil
Comer sushi
¡Ah! No puede faltar… el último iPhone.
Cosas que nos hacen creer que nos hacen ver mejor, cuando en realidad solo muestran nuestra necesidad de aprobación y aceptación.
No sé quién habrá inventado esa frase, pero se cumple a rajatabla: “Dime de qué presumes y te diré de qué careces” (decime de qué te mandás la parte y sabré qué te falta).
Y ahí es donde entra el concepto de vanagloria.
¿Qué es la vanagloria? Simplemente, una gloria vana.
Cuando lo decís de esa manera, te da una mayor comprensión. No es solo mandarte la parte por algo, sino que ese algo sea algo sin sentido, algo vano, algo hueco.
¿De qué cosas te gloriás? ¿De cuáles te enorgullecés? ¿Con cuáles te vanagloriás?
Pablo dice que él tenía motivos para sentirse superior, pero entendió que eso era, justamente, vanagloria. Dijo:
“Yo mismo tengo motivos para tal confianza. Si cualquier otro cree tener motivos para confiar en esfuerzos humanos, yo más: circuncidado al octavo día, del pueblo de Israel, de la tribu de Benjamín, un verdadero hebreo; en cuanto a la interpretación de la Ley, fariseo; en cuanto al celo, perseguidor de la iglesia; en cuanto a la justicia que la Ley exige, intachable.” (Filipenses 3:4-6)
Todo un currículum que a un buen judío lo ponía de cabeza y lo ubicaba en la cima de sus logros.
Pero él mismo agrega:
“Sin embargo, todo aquello que para mí era ganancia, ahora lo considero pérdida por causa de Cristo. Es más, todo lo considero pérdida por razón del incomparable valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo he perdido todo y lo tengo por estiércol, a fin de ganar a Cristo y encontrarme unido a él…” (Filipenses 3:7-9)
¡Entendés que dice “lo tengo por estiércol”! ¿Sabés qué es el estiércol?
Así. Sentirse más por cosas humanas es una gloria hueca, vacía, sin sentido. Por eso Dios le dijo a Jeremías:
“Quien se quiera vanagloriar [quien se quiera mandar la parte], que se vanaglorie [que se mande la parte, si puede] de entenderme y conocerme…” (Jeremías 9:24)
Si pudiera llegar a entenderlo y conocerlo (eso lo digo yo), entonces sí: que se mande la parte, que se vanaglorie…
Sí. Buscamos cosas de las cuales agarrarnos para ocultar nuestras falencias, para disimular nuestros fracasos.
Sí. Nos aferramos a cosas sin importancia, valor ni sentido.
Sí. Hasta somos capaces de pagar para recibir unos cuantos “likes” y seguidores.
Sí. Ponemos la mirada en lo hueco, lo vano y sin sentido… cuando tenemos algo mucho más valioso, efectivo y duradero.
¿De qué te estás vanagloriando?
¿Qué banderas levantás?
¿Qué logro mayor que entenderlo y conocerlo podés alcanzar?
No te conformes con lo pasajero.
No te enfoques en lo superficial.
“Poné la mira en las cosas del cielo, y no en las de la tierra. Porque ya estás muerto, y tu vida está escondida con Cristo en Dios.” (Colosenses 3:2-3, paráfrasis libre)
