Espantados

Hasta casi los 10 años de edad, el único conocimiento que tenía acerca de la iglesia evangélica era que no tenían imágenes y se vestían raro. Cerca de los 15, que “no creían en la virgen ni en los santos”. Alrededor de los 20, que eran un poquito escandalosos en sus reuniones y, “Club 700” mediante, que (a mi entender) contrataban actores para contar historias milagrosas. Ya por los 25, más o menos, que se vestían como cuarteteros y te sacaban la plata.

Con ese historial no fue nada sencillo a los 26 años aceptar la invitación a asistir a una iglesia evangélica, pero, como todo hombre casado sabe, muchas veces hacemos cosas solo por amor.

Sinceramente, la imagen no cambió mucho de lo que tenía en mente: no había santos ni imágenes, no se creía en la virgen, se vestían con corbata y, aunque no eran tan escandalosos (gracias a Dios que me llevó a un lugar bastante centrado), seguía dudando sobre el manejo del dinero y la manipulación psicológico-emocional de los pastores (¡y hoy soy pastor!).

Por supuesto, con una visita ya estaba hecho, no pensaba volver a ir; yo ya había cumplido. Pero con el correr de las semanas, ante la insistencia de quienes “me querían ayudar” y no encontrar más cosas rotas en la casa para arreglar en el horario de la reunión, un día volví a ir. Y ese día todo cambió.

Como te habrás dado cuenta, no fue por la imagen social, ni por los mensajes evangelísticos, ni por la radio cristiana, ni por la tele cristiana, ni por lo que decía la opinión pública acerca de los cristianos (hasta hubo quienes me decían que eran una secta bancada por Estados Unidos), sino que solo fue por el compromiso ante quienes me invitaban y la falta de negativa para asistir. Dios hizo el resto.

Estoy convencido de que no hay una manera “correcta” de evangelizar y que nadie es dueño de la razón en el tema. Estoy convencido también de que Dios tenía un propósito, y Él se encapricha en cumplir sus propósitos (Isaías 14:24, 27; Romanos 8:28); que fue Dios quien me (nos) llevó, y Él mismo quien nos afirmó y estableció.

No fue la imagen, ni el testimonio, ni la comunicación. Pero todo eso ayudó a que estuviera mal predispuesto y que por mucho tiempo ni considerara la idea de acercarme a una iglesia.

“Yo creo en Dios, no en los curas”, decía siempre. A lo que se le puede agregar: “Yo creo en Dios, no en los pastores”, como muchas veces me dicen ahora. Por eso mismo también estoy bien convencido, como dije varias veces, de que “la iglesia echa a la gente de la iglesia”, cuando por el contrario deberíamos ser quienes atraigamos a la gente a la iglesia.

Hoy, desde la otra vereda, intento cambiar la imagen que yo mismo recibí por mucho tiempo. No digo que lo logre todavía, pero sí que debemos esforzarnos en eso.

Que somos sal de la tierra (Mateo 5:13)
Que somos luz del mundo (Mateo 5:14)
Que somos embajadores de Cristo (2 Corintios 5:20)
Que somos enviados (Juan 20:21)
Que somos agentes de cambio (Romanos 12:2)
Que somos los que Dios levantó para anunciar, al mundo espiritual y al mundo natural, que “se puede vivir de otra manera” (1 Pedro 2:9)

Pablo —el gran Pablo, el genio Pablo, el capo Pablo— supo manejar esto, y con mucha viveza encontraba la manera de hacer la diferencia. Cuando se encontró en la plaza de Atenas, delante de un montón de dioses paganos, no intentó derribarlos, no predicó en contra, no les habló a los atenienses de demonios ni los condenó al infierno, sino que, repito, con sabiduría, les endulzó los oídos diciendo: “¡Veo que ustedes son muy religiosos! Y de ese Dios que ustedes adoran sin conocerlo, les vengo a predicar” (Hechos 17:22-23).

Pero la iglesia, que no siempre se acuerda de imitar a Pablo (1 Corintios 11:1), tuvo y tiene otras formas a la hora de tratar con aquellos que no conocen, que no entienden, que no tienen al Señor:

Pisan públicamente banderas LGTB.
Rompen públicamente imágenes de santos y vírgenes.
Tratan a los curas de pedófilos, homosexuales e hijos del diablo.
Al papa, de anticristo.
A los que rechazan el mensaje, de endemoniados.
Y condenan al infierno a todos los que se atreven a criticar o acusar (incluyendo a los que nos denuncian por ruidos molestos…).

Tal vez no quieran imitar a Pablo, ¿no? Pero, ¿qué haría Jesús?
No me salgas ahora con los latigazos ni las críticas a los fariseos, sino enfoquémonos en el olvidado “poner la otra mejilla” (Mateo 5:39).

En la carta a los Colosenses (sí, Pablo) dice: “Compórtense sabiamente con los no creyentes, y aprovechen bien el tiempo.” (Colosenses 4:5)

“Comportarte sabiamente…”
Después de todo, tenemos una función por cumplir, y no es sacarte de encima a los que piensan distinto (me acordé de los políticos), sino acercarlos a tu fe.

“Aprovechen bien el tiempo”, dice también. Porque esa tarea es realmente importante. Es, en definitiva, la razón de ser de la iglesia: mostrar el camino a la salvación y guiar cómo entrar en él. Y las oportunidades hay que aprovecharlas.
“A tiempo y fuera de tiempo” (2 Timoteo 4:2), decía también Pablo, enfocado en la urgencia de rescatar a los que van camino al abismo (Proverbios 24:11).

“Comportarte sabiamente…”
“Aprovechar bien el tiempo…”

¿Estamos siendo iglesia, esa iglesia de Proverbios 31?
¿Estamos aprovechando las oportunidades para dar “una buena impresión”?
¿Estamos abriendo el camino para que otros conozcan al Señor?
¿Cómo te relacionás con los “inconversos”?
¿Qué imagen das delante de ellos o les das a ellos?
¿Actuás con sabiduría, consciente de que sos para ellos “la imagen de Dios”?

Comportate sabiamente…
Aprovechá bien el tiempo…

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