De Cambios y Esencias

La gente no cambia. Es un hecho.
Parece contradictorio porque todo el tiempo hablo acerca de la transformación y los cambios que experimentamos al acercarnos a Dios.
Pero no es contradictorio: la gente no cambia.

En realidad, sí cambia. Cambia su manera de pensar cuando le permite a Dios obrar (Romanos 12:2). Cambia su forma de vida cuando entiende que ya no es lo que era ni quién era (2 Corintios 5:17). Cambia su grupo de amistades cuando aprende a elegir las que edifican y las que no (Amós 3:3). Cambia su manera de hablar, porque el cambio de gente y de entorno siempre influye en uno (Proverbios 13:20). Cambia su día a día, porque entiende que tiene un propósito y un llamado (Efesios 2:10). Cambia, por supuesto, su posición y destino final: de perdido a salvado, de muerte a vida, de esclavo… a rey (Juan 5:24; Gálatas 4:7; Efesios 2:1; Apocalipsis 1:6).

Pero el cambio siempre depende de la voluntad. Pablo lo dice constantemente: “Hagan… dejen… cambien…”. El cambio lo hace Dios, pero el cambio depende de vos.

Lo que no cambia es tu esencia. No cambia tu forma.
No hablo de tu aspecto físico, obviamente, sino de la forma con la que Dios te creó.
Hablamos estos últimos días acerca del llamado, el propósito y la capacitación para lo que Dios te manda: que Dios te programó con ciertas habilidades, dones, talentos, incluso gustos e inclinaciones, todo eso para ser usado en el área en la que Dios te pensó desde antes que nacieras.

Sí, Dios te pensó desde antes que nacieras.
No sos un accidente biológico, sino que sos el resultado de un plan.
No sos simplemente una fusión celular, sino una pieza fun-da-men-tal en ese plan.
No sos material de descarte, aunque sí reemplazable; pero sos lo que Dios hizo de vos.

Por eso no cambia tu forma: es la forma que Dios te dio.
No sos igual a tu vecino, tampoco a tus amigos.
No sos igual a tus padres, aunque seas idéntico a uno de ellos.
Y tampoco —sí, vos— tampoco igual a tu gemelo, aunque a la gente le cueste reconocerlos.
Sos una creación única, especial y artesanal de Dios, para cumplir su plan.

Por eso… ¡la gente no cambia!
Al estar preconfigurado de una manera específica, salvo que tomes la firme decisión y un firme compromiso de empezar a ser distinto… a la corta o a la larga, lo que sos sale a la luz.

Así habla Salomón respecto de la conducta humana:
“Basta con observar lo que hace un niño para darse cuenta si es bueno y honesto.” (Proverbios 20:11)
La gente no cambia.

“Ya va a cambiar”, dice la esposa golpeada.
“Es una fase”, dice la madre del adolescente rebelde o violento.
“El Señor lo va a cambiar”, dice la joven criada en escuela bíblica cuando conoció a su galán…
La gente… no cambia.

¿Querés saber cómo es tu pretendiente?
Observalo en su grupo de amistades.
¿Querés saber cómo te va a tratar tu esposo?
Mirá cómo trata a su madre.
¿Querés saber si va a ser buen socio?
Averiguá cómo administra su casa.
¿Querés saber si será buen empleado?
¡Observalo comer!

La gente no cambia… hasta que decide cambiar.

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