La salvación se recibe por gracia. Bueno, por fe, pero por gracia. Todo lo demás tiene un costo, un precio.
Tranquilo, que ayer te hablé del lucro del evangelio y no pasa por ahí. El costo no es económico, aunque a veces nos lleve una inversión; el costo es en esfuerzo, trabajo, compromiso, dedicación, acción.
Sí, ya sé que parece que llevara todo para el mismo lado, pero no hay vueltas: el evangelio es acción, el Reino de los cielos es acción.
Algunos lo entendemos rápido y fácil. Otros, tal vez, necesiten ser enseñados por distintos “maestros” hasta entenderlo y aceptarlo. No en vano se dice que la vida cristiana es un entrenamiento, una carrera de obstáculos, a la que Pablo compara con las olimpiadas griegas, con sus premios y laureles (1 Corintios 9:24-25).
Esos maestros son los conflictos, los “desiertos”, las “pruebas”, o cualquier otro nombre que le quieras poner a esa situación con la que Dios te enseña.
Así le pasó a Timoteo. Venía con algunos conflictos. En la primera carta lo vemos algo afligido: Pablo le dice “que nadie te menosprecie” (1 Timoteo 4:12); o sea, era menospreciado. Y cuando te das cuenta de que era pastor, peor: ¡un pastor menospreciado, ignorado, “ninguneado” por sus ovejas!
Tuvo también algunos rollos turbios, porque en la segunda carta Pablo le dice: “¡Huí de las pasiones juveniles!” (2 Timoteo 2:22). ¿Habría alguna viudita joven que lo tenía loco? Porque Pablo dedica un párrafo a las viudas que andaban buscando marido (1 Timoteo 5:11-15). ¿O sería alguna chica interesante? Porque también le dice que trate “a las jovencitas como a hermanas, con toda pureza” (1 Timoteo 5:2).
Como sea, andaba con algunos líos, y empezando nomás la segunda carta, Pablo le sugiere: “…te aconsejo que avives el fuego del don de Dios…” (2 Timoteo 1:6).
Dos verdades veo acá… o tres:
- Timo se estaba enfriando. No mantuvo encendido lo que Dios puso en su interior. Se dejó cargar con cuestiones humanas, carnales, que lo distanciaron un poco de la fuente.
- Los problemas, las crisis, los conflictos, los desiertos, las pruebas… se combaten con la conexión con Dios. Cuando te enfocás en Él (Hebreos 12:2), te llenás de Él (Efesios 5:18), y las cosas que te van pasando las mirás como la enseñanza que son, sin dejar que afecten tus emociones y tu fe.
- El Reino de los cielos es acción. A pesar de haber sido llamado (o por eso), a pesar de haber sido ungido (o por eso), a pesar de haber sido revestido de autoridad (o por eso), a pesar de tener una fe sincera (o por eso), a pesar de tener años de experiencia con la Palabra de Dios y la fe (o por eso), a pesar de ser ¡discípulo de Pablo! (por eso no), tenía que poner de su parte para salir adelante y activar, potenciar lo que Dios había puesto en él.
Sí, el Reino de los cielos es acción. Y sí, en todo lo que tiene que ver con lo que Dios quiere de vos, con lo que vos esperás de Él, y con el cumplimiento de promesas y llamado… se requiere tu intervención.
¿Estás pasando pruebas? ¿Estás en medio de un desierto? ¿Luchás en lo personal o ministerial?
“¡Avivá el fuego!”, dale oxígeno, agregá leña, abanicá las brasas… buscando, encontrando e intimando con el Señor.
A veces las situaciones te agobian. Lo entiendo. No solo lo entiendo, lo viví y lo sé. Pero aun estando en la cárcel, Jeremías recibió palabra y dirección de Dios (Jeremías 39:15).
No te aísles, no te encierres, no te conformes, no te hundas en la prueba.
“Avivá el fuego” acercándote a Dios.
