Inevitablemente, indudablemente, estamos ante un cambio de época. ¡Qué loco, porque te hablo de algo nuevo y me voy a referir a algo viejo! El problema es que muchas veces nos olvidamos de algunos fundamentos por estar siempre mirando y anhelando lo nuevo.
A ver, ordenemos las ideas: Isaías dice que “Dios hace cosa nueva”, y no solo eso, sino que “está a la vista” (Isaías 43:19); pero Jeremías dice que debemos “preguntar por las sendas antiguas” (Jeremías 6:16) y “andar por el buen camino”.
¿Contradicción? Para nada. Aunque los críticos de la Biblia así lo ven.
Dios siempre tiene algo nuevo, pero hay cosas que no cambian, y son las que sostienen lo nuevo.
Por eso vuelvo al principio: estamos en una nueva época, en la que tenemos que mirar y atender lo viejo.
“…que los que creen en Dios…”, le dice Pablo a Tito, “…procuren ocuparse en las buenas obras…” (Tito 3:8).
Obviamente, Tito y Timoteo tenían un llamado de Dios. El llamado de Dios tiene una fuerza y un peso que te sostienen en medio de las presiones, las crisis y los vaivenes de la gente. Sí, no todos son ovejas: siempre hay alguna cabra, y a veces las ovejas son ovejitas “especiales”.
Pienso en Jeremías: ¡harto estaba de los conflictos, las crisis y la falta de resultados! A tal punto que llegó a decirle a Dios: “¡Nunca más voy a hablar en tu nombre!” (Jeremías 20:9). Pero inmediatamente —y sorprendentemente, o no…— dice: “Pero hay un fuego en mi interior que me impide callar”.
Se ve que Tito tenía problemas con la gente de la iglesia. En realidad, la gente nunca es un problema, porque ya sabés: si Dios te llama para algo, tenés la capacidad y las condiciones para encargarte de ese algo. Así que, ministro, si te gusta el durazno… ¡aguantate la pelusa!
Parece que esta gente solo iba para socializar. Seguramente el mensaje del evangelio los tocó. Seguro que eran creyentes, en Dios y en Jesús como Dios hecho hombre. Pero, ¿sabías que no alcanza con creer? No. Es necesario hacer.
Santiago lo menciona con las “obras de la fe” (Santiago 2:17): tenés que hacer cosas que muestren que creés. Tenés que ser coherente haciendo lo que creés. Hacer lo contrario… ¡suena a esquizofrenia!
Este hacer lo nuevo volviendo a lo viejo es parte de lo nuevo, es parte del entender.
Entender quién es Dios.
Entender quién soy y quién soy delante de Dios.
Entender la causa y propósito de mi relación con Él, y por qué y para qué me llamó.
Bueno, entender que soy llamado, y que al ser llamado respondo al que me llama y que, por lo tanto, como diría Pablo: “ya no vivo yo, vive Cristo en mí” (Gálatas 2:20). O, como dijo el salmista: “Reconozcan que el Señor es Dios; él nos hizo, y de él somos. Somos su pueblo. ¡Somos las ovejas de su prado!” (Salmos 100:3).
¡Tremenda canción de Peregrinos y Extranjeros!
Reconozcamos que Él es Dios y que le pertenecemos (otra tremenda canción del Grupo Shalom).
Hagamos las “buenas obras que preparó de antemano” (Efesios 2:10).
¡Ocupémonos! de esas cosas, si es que creemos en Dios (y a Dios).
Y no sigamos solamente nuestra propia razón y nuestras propias metas.
¿Qué estás haciendo con tu llamado?
¡¿Acaso todavía pensás que no fuiste llamado?!
¿En qué te estás ocupando?
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“Pertenezco a ti, Señor Jesús,
Y no hay nada que pueda borrar
Ese amor que un día tú
Pusiste dentro de mí
Y que ahora quiero recordar.
Hoy mi vaso cae ante ti
Derramado a tus pies, Señor,
A rogarte tu perdón
Por tanta rebelión
Que impide que pueda
Darte mi amor.
¡Alcanza, oh Dios,
Mi corazón,
Rómpelo y límpialo!
¡Que tú puedas, a través de mí,
Reflejar tu gloria y tu amor!”
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