24 horas

Esto ya lo conté. Varias veces, seguramente. Me choca contar historias repetidas porque me hace acordar a los abuelos que… “cuentan siempre las mismas historias”. Pero, como dice Mirtha Legrand, “el público se renueva”, y Pablo que “repetir las cosas es de provecho” (Filipenses 3:1, versión mía), te lo vuelvo a contar.

Corría el año 1999. Durante todo el año se habló del Y2K, conocido como “el virus del milenio”. ¿Qué era? Una supuesta catástrofe mundial que iba a suceder la noche del 31.12.1999 a las 0:00 del 01.01.2000, como consecuencia de una falla masiva de los sistemas operativos que no estaban programados para una numeración de fecha que comenzara con “2000”.

Las consecuencias de esta antesala del fin del mundo iban a ser colapso bancario, apagones masivos a escala mundial, cortes de suministros de agua potable y, lo más tenebroso, descarrilamiento de trenes y caída de aviones en picada por fallas de sus sistemas. Todo un hermoso caldo de cultivo para el síndrome apocalíptico evangélico de los que salieron a profetizar el fin del mundo.

¿Qué pasó? Nada. Absolutamente nada. Alguna que otra computadora empezó a fallar, pero pasó totalmente desapercibido. Lo que nos enseña, una vez más, a no dejarnos llenar la cabeza por teorías conspirativas ni amenazas catastróficas.

Pero el punto no es ese. Va por otro lado.
Ese día, durante todo el día, se transmitía por TV cómo se recibía el ¡nuevo siglo! alrededor del mundo. Obviamente, las primeras transmisiones eran del Lejano Oriente: empezando por Siberia, luego Japón, Corea, China y así sucesivamente, donde, a medida que avanzaba el reloj, cada país iba recibiendo el año 2000, el siglo XXI.

Por supuesto, yo estaba ‘choluleando’, mirando esas transmisiones entre mate y mate… ¡y ahí Dios me habló!

Los husos horarios están puestos por convención. O sea, se decidió que se haría la demarcación geográfica para dividir al planeta en 24 husos horarios, tomando la ciudad de Greenwich, en Inglaterra, como punto cero.

Esto hace que cada tantos miles de kilómetros cambie la hora, pero en realidad no es así: el mundo no se mueve por horas, sino por décimas de segundo.

Pará… no te inquietes… ya llego…

Te dije que ahí Dios me habló. Me dijo que a cada segundo que pasa, en algún lugar del mundo comienza un nuevo día. Que el planeta sigue girando alrededor del sol, a pesar de lo que las convenciones internacionales determinen. Que no importan las circunstancias ni las catástrofes mundiales: el mundo sigue girando, y el sol sigue saliendo.

Te cambio de tema (mentira).
¿Viste la conversación de Pedro con Jesús sobre el perdón? La de las setenta veces siete.
Hacemos exégesis, damos mil vueltas al asunto y entendemos, contra la razón humana, que Jesús no dice que tenemos que perdonar 490 veces, sino que habla de un número ilimitado: siempre.

Eso nos confronta, porque no es habitual que uno quiera perdonar. Lo normal, siguiendo los principios carnales, es no perdonar; o perdonar hasta ahí; o perdonar una vez, anotando en una libreta; o perdonar, pero ya no confiar.

Estamos acostumbrados —aunque nos juega en contra— a que se use la misma vara con nosotros: que se nos perdone con esa misma medida y criterio.
Y, a pesar de haber entendido a Jesús, llegamos a pensar que Dios obra con criterios humanos.

¡Si hay algo que Dios no hace es obrar con criterios humanos!
Sino que, por lo menos, como dice Lamentaciones: “¡Nunca su misericordia se ha agotado! ¡Grande es su fidelidad, y cada mañana se renueva!” (Lamentaciones 3:22-23)

Cada mañana. ¿Entendés?
Ahora volvemos al Y2K (nunca nos fuimos).
¿Cada cuánto renueva el Señor su misericordia y fidelidad? Cada mañana.
¿Cada cuánto comienza una nueva mañana? Cada 24 horas en un punto fijo, cada hora a lo largo del planeta, cada segundo desde la óptica celestial…

¿Hace falta que siga? Sigo, redondeo, voy terminando… los músicos pueden ir pasando…

Por muchos que sean tus pecados, nada te puede separar del amor de Dios.
Por muchas que sean tus caídas, ninguna te puede impedir que seas restaurado.
Por muchos que sean tus errores o hayan sido tus rebeliones, no tienen la autoridad para condenarte, ni para decidir por vos.

Sino que Hebreos sigue diciendo que te “acerques confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro” (Hebreos 4:16).

Como le dijo Jesús a la pobre mujer sorprendida en adulterio: “¿Dónde están los que te condenan? … Ni yo te condeno” (Juan 8:10-11).

¿Por qué te seguís juzgando cuando Dios ya te perdonó?
¿Por qué te seguís condenando mientras Él te sigue esperando?
¿Por qué decís que tu tiempo pasó, que ya no hay oportunidades, cuando mientras estamos hablando (me estás leyendo) ya empezó un día nuevo en más de mil ciudades de este mundo?

Mejor, si querés hacer catarsis, agarrate de las palabras de Pablo: “¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro.” (Romanos 7:24-25)

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