“¿Hola?”

El estar o ponerse de pie es un acto de respeto. No sé cómo funciona ahora (dejá, no me lo digas), pero en mi adolescencia, en el secundario, tenías que “ponerte de pie” cuando entraba el profe al aula.
No es el único contexto: te ponés de pie cuando entra la bandera de ceremonias al salón de actos o al predio donde se va a celebrar un acto; te ponés de pie cuando entra una personalidad importante, cuya investidura merece respeto: una autoridad que va desde ese profe de escuela hasta el presidente de la Nación.
Siempre me causó gracia que la posición de descanso de los soldados —o de los mismos alumnos— era estar de pie, solo que con las piernas más abiertas. Lo importante era “estar de pie”.

También te ponés de pie ante aquellas personas a las que considerás que se las debe honrar: lo hacemos con los excombatientes, con algún héroe solitario, tal vez con alguien que venció el cáncer. En estos casos, no solo te ponés de pie sino que, además, rompés en aplausos.

Ponerse de pie también es un acto de valentía. Recuerdo la película Inquebrantable, donde el sargento japonés quería humillar al soldado americano, pero este, torturado, hambriento, agotado, insistía en permanecer de pie o hacer hasta lo inimaginable por poder pararse.

Ponerte de pie representa, entonces: respeto, honra, reconocimiento, fuerza, valor.
Curiosamente, cosas que Dios pide a su pueblo porque, curiosamente, Dios no le habla a quien no está de pie.

Pará, sí, ya sé… Dios te habla en toda circunstancia. Dios le habló a un paralítico, así que sí, habla al que no está de pie. Dios le habló a un muerto, que tampoco estaba de pie. Dios le habló a un hombre postrado, en reverencia al mismo Dios. Dios le habla al caído, al que no tiene fuerzas. Dios le habló a Pedro en la cárcel, abandonado a su suerte y sostenido por cadenas. Pero Dios solo le habla al que se pone de pie.

Parece que hoy tenemos un ataque de contradicciones o una crisis existencial. Parece que no estamos entendiendo y, como muchas veces hacemos, seguimos (sigo) encaprichados en mi idea, sin prestar atención a las pruebas y a la Palabra que demuestran lo contrario.

Es que sí, ya te dije, Dios habla en cualquier circunstancia, cuando la circunstancia te impide cambiar tu condición. Pero cuando permanecés sentado, o acostado, o tirado, o dormido, o indiferente… Dios no habla, si no estás de pie.

Dios requiere tu atención. Para eso suele llamar tu atención. A Moisés le puso delante una zarza que se quemaba pero no se consumía, para que vaya hacia ella.
Dios requiere tu atención, y tu respeto, y tu reconocimiento (lo que implica honra y fe); y para eso te quiere de pie.

Claro que también conoce tu situación y condición. Ayer hablamos de que Jesús ¡entiende! lo que te pasa. Él estuvo retenido en este paquete de carne y hueso que se llama humanidad, y conoce y entiende tus luchas y debilidades. Eso es lo que lo hace “apto” para ayudarte, interceder por vos y por mí, y para decirte: “¡Se puede, fuerza, que se puede!”

Así que te pide que te levantes porque te quiere hablar, y al mismo tiempo te da las fuerzas para que te puedas levantar.

¡Qué locura! Si lo mirás desde la psicología de hoy, dirías que es un arranque caprichoso y neurótico: te exige que hagas lo que sabe que podés, pero vos creés que no podés, y entonces hace que puedas para que respondas a su exigencia… (Ahora entiendo lo de “imagen y semejanza”).

¿Será para que no tengas excusas?
¿Será porque su misericordia no tiene límites?
¿Será porque te conoce más que vos mismo?
¿Será porque “Él da esfuerzo al cansado, y multiplica las fuerzas al que no tiene ningunas”? (Isaías 40:29)

Dice Ezequiel 2:1: “Hijo de hombre, ponte sobre tus pies, que voy a hablar contigo.”
Me hizo acordar a mi papá cuando decía: “Antes de empezar a hablar quisiera decir algunas palabras.” 😄
Te habla para decirte que te quiere hablar, y para eso… tenés que ponerte de pie.

Y el verso 2 agrega: “Tan pronto como me habló, el espíritu entró en mí y me hizo ponerme sobre mis pies, y oí al que me hablaba.” (Ezequiel 2:2)

Cuando Dios te quiere hablar, se encarga de que lo escuches.
Cuando Dios te quiere hablar, te capacita para que lo entiendas.
Cuando Dios te quiere hablar, se terminan las excusas.
Cuando Dios te empieza a hablar, su Espíritu empieza a actuar en vos.

¡Cuántas veces escuché decir: “Dios me habló”! Pero se quedaron en la misma posición, esperando que Dios los levante.
¿Sabés? Estoy recorriendo mi cabeza buscando un versículo donde Dios haya levantado a alguien, y no encuentro.
Aunque sí, cuando sana a la suegra de Pedro: “Entonces él se acercó, la tomó de la mano y la levantó; e inmediatamente la dejó la fiebre, y ella les servía.” (Marcos 1:31)

¿Por qué a ella la levantó y no esperó que se levante? Porque era urgente que ella los atendiera y supliera la necesidad del grupo.

¿Te habló Dios? ¿Te levantaste?
¿Te habló Dios? ¿Lo escuchaste?
¿Te habló Dios? ¿Respondiste, actuaste?
¿Te habló Dios y seguís tirado?
¿Qué estás esperando? ¡Levantate!

Dios solo habla con aquellos que se ponen de pie.

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