In-Diferentes

Dios no hace diferencias entre las personas, pero Dios hace diferencias de fe.

Estos días estamos hablando mucho de la Palabra, del poder y la autoridad que la Palabra tiene. Anoche mismo, hablando sobre el impacto de una iglesia relevante, decíamos que esa iglesia debe estar fundada, basada, sostenida y establecida en la Palabra.

Es el contexto de la sola scriptura, una de las columnas de la Reforma Protestante, que elimina la dependencia de otra cosa que no sea la Palabra de Dios.

Pero esa Palabra, que es “viva y eficaz” (Hebreos 4:12), que “penetra hasta partir el alma y el espíritu” (ídem), que puede desmembrar un cuerpo (no es literal, pero sí que “te desarma”), y que tiene el poder para “discernir los pensamientos y las intenciones del corazón” (ídem), pierde su poder si no se la recibe con fe.

¡Ay! Alerta religiosos y alerta nuevos haters… No digo que la Palabra no tenga el poder en sí misma, sino que no recibimos ese poder si no la “untamos” con fe.

Lo vemos en la iglesia a diario… bueno, no a diario, sino a lo largo del tiempo y de reunión en reunión: todos los presentes escuchan la Palabra predicada. Pero no todos la reciben, y tampoco todos la aplican.

Lo mismo pasa con estas reflexiones, estos devocionales: les llega a muchos —no sé a cuántos—, no todos los leen, y de los que leen, no todos aplican o no todos entienden.

Es como cuando estás mirando una película pero, al mismo tiempo, usando tu celular, y al mismo tiempo escuchando a los chicos peleando y a tu esposo o esposa hablando o llamando al perro. Una cosa es ser multitasking, y otra muy distinta es ser un pulpo mental: no podés concentrarte o enfocarte en todo y, al final, no entendiste la escena donde se resolvió el asesinato.

Dios no hace diferencias entre las personas, pero Dios hace diferencias de fe.

Dice Hebreos 4:2: “Porque la buena nueva se nos ha anunciado a nosotros lo mismo que a ellos; pero de nada les sirvió a ellos el oír esta palabra, porque, cuando la oyeron, no la acompañaron con fe.”

No alcanza con escuchar: hay que creer lo que escuchás.

No alcanza con escuchar: hay que creer a la fuente de la palabra que escuchás.

No alcanza con escuchar: es fundamental, es necesario creer que esa palabra tiene poder para transformar.

No alcanza con escuchar: como dice Santiago, tenés que “llevar a la práctica” lo que escuchás (Santiago 1:22).

Es necesario tener fe (ya tenés).
Es necesario aplicar esa fe (podés).

Es necesario enfocar esa fe (dale, se puede).
Es necesario untar, pintar, embadurnar la Palabra… con fe.

¿Cuál es tu postura ante una palabra que escuchás?
¿Cuánta atención le prestás?
¿Qué hacés con la palabra que recibís?
¿La recibís?

Dios no hace diferencias entre las personas, pero Dios hace diferencias de fe.

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