¡No puedo dejar pasar esto por alto! Es increíble la permanencia de la palabra de Dios. Es increíble —parece cuántico— cómo algo tan viejo puede parecer tan nuevo, y cómo temas tan trillados siguen teniendo vigencia.
¡Qué digo vigencia! ¡Protagonismo! Dicen que es “el libro siempre nuevo”, y no creo que sea por la publicación constante y reedición de versiones. Es siempre nuevo porque, sencillamente, como un remixado de Dorian Gray, no envejece.
Claro que hay cosas que son muy temporales, y debemos ser sabios en su interpretación y aplicación. ¿Te imaginás comprar una tortilla en la calle —esas hechas con harina y grasa— y ver que la están cocinando con “excremento” (¿querés que te traduzca?), como en tiempos de Ezequiel? (Ezequiel 4:12–15)
¿Te imaginás, en esta época, condenar a alguien a que se le corte la mano porque en una pelea tocó los genitales del otro? (Deuteronomio 25:11–12)
(Me parece que viviríamos en una sociedad manca).
Pero los principios, los valores, lo relativo a la relación con Dios y la salvación; las enseñanzas sobre los vínculos interpersonales; la búsqueda de la sabiduría… son totalmente atemporales.
Digo esto porque me encuentro hoy —y Dios me habló— con un texto en Hebreos 6:1 que está totalmente a tono con cosas que estamos hablando, debatiendo y, por qué no, discutiendo.
Ya sabés que últimamente estamos acumulando haters en las redes sociales, esa clase de gente que solo es feliz cuando le encuentra y señala el error al otro; esos que se creen los guardianes de la fe y la sana doctrina, y que piensan que Dios está preocupado porque no sabe cómo sobrevivirá el evangelio sin ellos.
¡Esos, sí! Que no tienen absolutamente nada que hacer y necesitan sentirse superiores criticando al otro desde una posición que ellos mismos se pusieron.
Ya entendiste, ¿ok?
Bueno, esos dicen que tenemos que dejar de hablar de desarrollo personal, de impactar la sociedad, de “adaptarnos sin amoldarnos para encajar y transformar”, y que debemos dedicarnos a hablar de pecado, de arrepentimiento, del infierno, de la segunda venida y del juicio venidero.
A ellos les dedico este versículo:
“Por tanto, dejemos a un lado las enseñanzas elementales acerca de Cristo y avancemos hacia la madurez. No volvamos a poner los fundamentos acerca del arrepentimiento de las obras muertas y de la fe en Dios.”
(Hebreos 6:1)
Ejemmm…
¡Ay, qué feliz me siento!
—Sujetate, pastor.—
Sí, sí… sigamos.
En el capítulo anterior, el autor de Hebreos ya demostraba su fastidio con aquellos que lo único que hacían era poner palos en la rueda, deteniendo el avance de la iglesia y el crecimiento de los creyentes:
“Aunque después de tanto tiempo ya debieran ser maestros, todavía es necesario que se les vuelva a enseñar lo más elemental de las palabras de Dios. Esto es tan así que lo que necesitan es leche, y no alimento sólido.” (Hebreos 5:12)
Una clara muestra de una pérdida de tiempo.
¿Te imaginás una iglesia que solo predique salvación?
¿Te imaginás una iglesia que solo se mueva en milagros?
¿Te imaginás una iglesia que solo hable de la segunda venida?
¿Te imaginás una iglesia que solo le hable al nuevo?
¡A que te la imaginaste!
Bueno, ese no es el formato bíblico.
El formato bíblico es anunciar el reino, invitar al reino, clamar por el reino, enseñar el reino. (Hechos 8:12; Mateo 4:17; Mateo 6:10; Hechos 28:31)
Pero ahora estarás pensando:
“¿Y esto a mí en qué me afecta o me bendice?”
Y mucho. De tu pensamiento o respuesta sobre esto depende tu futuro ministerial y tu crecimiento espiritual.
De la opinión que tengas sobre esto depende si te vas a estancar o te vas a convertir en un anunciador de las buenas noticias.
De tu postura ante esta disyuntiva va a depender si llegás a ser maduro espiritualmente o si hay que seguir viéndote como un niño.
¿Estás buscando señales?
¿Estás discutiendo profecías?
¿Estás debatiendo la segunda venida?
¿Estás cuestionando vestimentas, piercings y tatuajes?
¿Estás criticando música e iluminación?
¿Se te tiene que repetir una y otra vez los fundamentos de la fe y los principios del Sermón del Monte?
¿O te estás convirtiendo en un “administrador de los misterios de Dios”? (1 Corintios 4:1)
Me saqué un peso. No era una idea mía: la Biblia, siempre nueva, lo avala.
Dejá el discipulado y los fundamentos para los que recién llegan. Pero tomá la postura de ser vos mismo el que enseña.
Dejá de verte como un niño —¡hasta Jeremías estuvo en esa y Dios lo puso en vereda!— (Jeremías 1:6–7)
“¡Avanzá hacia la perfección!”,
buscando llegar “a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo.” (Efesios 4:13)
