¿Inamovible?

“El que piensa estar firme, mire que no caiga” (1 Corintios 10:12) es uno de esos textos tan populares que ya forman parte de ese refranero evangélico que muchas veces te menciono. Lo gracioso con este es que lo usamos como amenaza: cuando vemos a alguien muy confiado en sí mismo, le tiramos la bendimaldición: “el que piensa…”.

Más allá de eso, es una realidad de doble vía. No solo es para el otro, también (obviamente) es para mí; y no solo eso… me recuerda algo que escribí hace tiempo: “No todo lo firme y establecido tiene que seguir estándolo”, en relación a Proverbios 29:21, que dice: “Si desde niño el amo consiente al siervo, al final el siervo será su amo”.
Que algo esté firme no es una garantía de firmeza.

Es un dicho del coaching, que aplica a todo: “no alcanza con llegar, es necesario permanecer”.
Lo sabés si emprendiste alguna vez. Lo sabés si estás entrenando. Lo sabés si hiciste dieta. Lo sabés si empezaste una relación seria. Llegar te puede haber costado, pero es más importante trabajar para permanecer.

Pero así como es una doble vía, también tiene un doble filo (no, no voy por la palabra). Lo pensamos para el cuidado de no caer, pero también aplica para que cambie lo que no está del todo bien.

Isaías lo dice con estas palabras: “Se levantarán todos los valles y se allanarán todas las montañas y colinas; el terreno escabroso se nivelará y se alisarán las quebradas” (Isaías 40:4), o “el desierto se volverá un campo fértil…” (Isaías 32:15). En definitiva, nada de lo establecido está garantizado.

Recuerdo cuando empezamos a congregar en una iglesia después de dejar el lugar donde habíamos desarrollado un ministerio.
Llegar a un lugar ya establecido, organizado, donde todo funciona, te confronta con tu propio llamado. Tal vez vos seas de los que llegan a Restauración diciendo: “acá ya está todo ocupado, no hay lugar para mí”, hablando precisamente de llamados y ministerios… yo pasé por ahí, pero antes del año ya estaba “pastoreando” jóvenes otra vez (y a vos te puede pasar lo mismo).

Ezequiel está hablando de parte del Señor. Es una palabra de juicio para un pueblo rebelde. Hubo palabras fuertes. Algunas de esas te dejan la idea de un corte definitivo, como si Dios dijera “ya nunca más” (varias veces lo dijo).
Y en ese contexto les dice: “…y todos los árboles del bosque sabrán que yo, el Señor, puedo derribar al árbol más alto y hacer crecer al árbol más pequeño, como puedo también hacer que el árbol verde se seque y que el árbol seco reverdezca. Yo, el Señor, lo he dicho, y lo voy a cumplir” (Ezequiel 17:24).

Nada que esté establecido tiene garantizada su permanencia. Solo lo que Dios determine y lo que luchemos por sostener.

Podés insistir en tu error, desvío y pecado, y va a permanecer.
Pero si luchás y perseverás por ser transformado, eso va a suceder.

Así también, no hay fortaleza tan fuerte y alta que no pueda caer, ni situación adversa que no pueda cambiar.

No te ates a tu condición, ni te limites por tu limitación.
Nada que parezca firme tiene garantizada su permanencia.

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