Pertenecer… tiene sus privilegios.
Sí, ya sé, lo dije muchas veces, y es el viejo eslogan publicitario de una reconocida tarjeta de crédito. Pero no por eso deja de ser verdad.
A principios del siglo XX existían los clubes exclusivos, de élite. Uno de los más conocidos en Buenos Aires fue el Jockey Club. En muchas películas se puede ver el trasfondo de esos lugares. Eran, en primer lugar, clubes para “caballeros”, a los que solo podían asistir hombres, y que fueran de la alta sociedad.
Si no estabas en la lista de sus miembros, no eras admitido y no podías entrar.
Hoy dirían que eran lugares clasistas y oligarcas, pero eso solo muestra una pequeña cuota de envidia que brota por los poros.
Hoy eso ya no existe, aunque hay algunos grupos especiales de pertenencia: los aeropuertos tienen sus salas VIP, donde esperan los empresarios, famosos, celebridades y políticos o funcionarios. Algunos restaurantes o cafeterías tienen lugares reservados para clientes especiales. En la iglesia, la oficina del pastor es obviamente solo para los escogidos… (naaah… mentira, entran todos).
O simplemente cuando te afiliás a la prepaga de una clínica: los afiliados tienen beneficios extras que los particulares no tienen, y mucho menos los que van por alguna obra social.
Pertenecer, sí… tiene sus privilegios.
¿Podés hacerte pasar por afiliado directo?
¿Podés ingresar a la zona reservada o a los salones VIP?
¿Podés entrar a la oficina del pastor? (bueno, eso sí).
No, simplemente porque no es tu círculo de pertenencia.
Recuerdo a esos jóvenes, “hijos de un tal Esceva” —según dice Hechos 19:13-16— que quisieron echar demonios según la rutina que tenían los seguidores de Jesús:
“En el nombre de Jesús, el que predica Pablo, te ordenamos que salgas.”
Y el resultado fue un simple, corto y directo:
“¿Y a ustedes quién los conoce?”
Y tremenda paliza recibieron de parte del mismo demonio.
No. No es lo mismo. Pertenecer… tiene sus privilegios.
O antes de eso —historia de la lectura de hoy—, cuenta Hebreos que los egipcios quisieron entrar al mar abierto detrás de los israelitas, como hicieron los israelitas… ¡Se creían iguales! (aunque se sentían superiores). Claro, como se sentían superiores, pensaban que ellos también podían. ¿Resultado? Murieron todos ahogados:
“Por la fe pasaron por el Mar Rojo como por tierra seca; e intentando los egipcios hacer lo mismo, fueron ahogados.”
(Hebreos 11:29)
No. No es lo mismo. No somos todos iguales. No somos más que nadie. No sos más que ninguno.
Pero “pertenecemos” al equipo ganador, al de aquel que dijo que “siempre nos lleva en el desfile victorioso de Cristo” (2 Corintios 2:14), y que nos hizo “más que vencedores” (Romanos 8:37).
No. No es lo mismo. Estamos expuestos a los mismos problemas y tal vez pasemos las mismas luchas y crisis, pero tenemos una esperanza distinta y una salida segura. Tenemos al que “junto con la prueba, nos da también la salida” (1 Corintios 10:13).
No. No es lo mismo.
No es igual ser que no ser (apareció Hamlet).
No es igual estar o no estar.
No es igual creer que no creer.
No. No es lo mismo.
No es igual ser cristiano que no serlo.
No es igual congregar que no congregar.
No es igual confiar que no confiar.
No es lo mismo ser… que parecer…
¿Y vos?
¿Sos o parecés?
¿Estás o no estás?
¿Creés o no creés?
¿Congregás o no lo hacés?
Pertenecer… tiene sus privilegios.
