Justos e Injustos

Anoche estaba mirando con mi esposa un documental recién estrenado sobre el asesinato de un joven de 19 años, a la salida de un boliche en Gesell.

El caso es bien conocido, muy mediático, y los responsables fueron todos condenados a cadena perpetua.

Dejando de lado las cuestiones legales y morales, no pude evitar pensar en las consecuencias inocentes: los padres de la víctima y los asesinos, a los que, de golpe, sin esperarlo ni pensarlo, su vida pegó un giro de 180°.

Veía las expresiones de dolor, angustia, desesperación. Por un lado, una madre que perdió a su único hijo y no tenía consuelo.
Por otro lado, una madre (más de una, pero una en particular) que, de la noche a la mañana, perdió a dos de sus hijos, que estarán encerrados hasta los 55 años. ¿Menos angustiada y desesperada que la madre de la víctima? ¿Menos “desesperanzada”?
No hago juicios de valor, pero… un joven muerto y otros jóvenes con su vida totalmente desperdiciada.

Tendría que hablar de ellos. No sé si tengo ganas de hablar de ellos. ¡No son víctimas de nada, eh! Ni de la sociedad, ni del sistema, ni del patriarcado, ni del capitalismo. Son víctimas de su propia violencia y arrogancia, de su supremacía elitista que les autoriza a sentirse más que los demás, pero…

Sí. Pero. ¿Qué sentirán al ver que su vida se diluye entre rejas? ¿Qué pensarán al darse cuenta de que toda su etapa productiva se esfumó y no van a poder tener familia e hijos?

Y me hizo acordar de esa frase de las madres (mi vieja): “¡Comé todo que hay chicos del África que no tienen para comer!”.
¿Qué culpa tenía yo de que en el África los pibes pasen hambre? ¿Por eso tenía que indigestarme o comer lo que no me gustaba?
Realmente no. Pero servía para poner perspectiva sobre los problemas personales y ver que siempre se podía estar peor y que hay alguien que la pasa peor que vos.

¿Tenés problema? ¿Tuviste o estás teniendo un mal día? ¿Tu jefe te gritó delante de tus compañeros? ¿Te estafaron por WhatsApp? Creeme, siempre se puede estar peor.

No pretendo hacer de esto un “consuelo de tontos”, y sé que muchas veces la comparación no sirve, pero… ¿tan mal la estás pasando? ¿Tan grave es lo que te pasó como para bajar los brazos? ¿Tanto te decepcionaste que querés abandonar todo? ¿Tanto te lastimaron?

Tampoco quiero evaluar dolor y problemas. Para cada uno, su problema es grave y no se puede comparar con el de otro, pero… ¿tanto te hicieron?

El autor de Hebreos cierra el tema con estas palabras: “Por lo tanto, consideren a aquel que sufrió tanta contradicción de parte de los pecadores, para que no se cansen ni se desanimen.” (Hebreos 12:3). ¡Chan, chan y otro chan!
¿Te parece que es injusto lo que viviste? ¿Acaso creés que la cruz lo fue?

Lo peor (o lo mejor) es que Pedro dice que “…Cristo murió por los pecados una vez por todas, el justo por los injustos…” (1 Pedro 3:18).
“El justo por los injustos”.

¿Qué tanto te hicieron? ¿Qué tanto te lastimaron? ¿Podés compararlo con lo que le hicieron a Fernando, o a su madre, o a los padres de los asesinos responsables? ¿Podés compararlo… con la cruz?

¿Sabés cómo sigue el texto de Hebreos?
“En la lucha que ustedes libran contra el pecado, todavía no han tenido que resistir hasta derramar su sangre” (Hebreos 12:4).

“…todavía…” ¡wow!

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