¡Ay, Ezequiel! ¡Qué de sopapos estás repartiendo hoy! Le das a las ovejas, le das al pueblo, le das a los pastores. Bueno, a los pastores, como se suele decir: ¡para que tengan, guarden y repartan!
Le echamos la culpa a la “oveja rebelde”, ¿pero es rebelde o es desatendida? (Teléfono para el liderazgo).
¡Qué fuerte que Dios te diga: “estoy contra ustedes pastores…” (Ezequiel 34:10). No te quedan ganas de poner excusas, sino de rever de qué manera estás cuidando lo que Dios puso en tus manos.
Encima después Hebreos te dice: “Obedezcan a sus pastores…” (Hebreos 13:17), pero te aclara… “porque saben que tienen que dar cuenta a Dios” (ídem).
Pero no es eso lo que quiero hablar hoy, sino de, precisamente, cómo juzgamos al otro. Que este actúa mal, que el otro no actúa bien, que a este se le justifica, que al otro se lo condena… todo mirando desde una óptica personal.
Nada tonto Jesús cuando dijo: “¡No miren la paja ajena! Saquen primero la viga que tienen en sus ojos, para poder ver la paja ajena” (versión propia de Mateo 7:3-5).
La forma en que miramos, la óptica que usamos, el filtro mental de nuestras propias vivencias y el foco en las propias miserias o ajenas altera el resultado final. ¿Viste cuando ves un local que vende TV? Todas se ven distintas. Las tenés todas en fila, una al lado y arriba de la otra, pero no se ven iguales.
Depende de su configuración, de su marca, de su tamaño.
Depende también de nuestra posición, y tal vez de la edad y la graduación de tus lentes… pero no se ven igual.
Me lleva a pensar, aunque no tendría nada que ver, en las discusiones sociales y políticas sobre la igualdad, la equidad y la justicia. ¿Son lo mismo? No. No son lo mismo, son cosas diferentes.
Reclaman igualdad sin darse cuenta (por ignorancia) de que la igualdad es una piedra pesada que no todos pueden cargar.
Si todos pagan un mismo impuesto, es igualdad, pero para unos representa una migaja de su ingreso y para otro un 25%. Eso es igualdad, pero no es equidad, no es justicia.
Así ocurre con la relación entre personas y también con el trato de Dios.
Te comparás con el otro, al que ves tal vez mejor que vos, pero no conocés su intimidad. Terminás comparando lo que ves del otro con lo que sabés de vos, y quedás en desventaja.
¡O al revés! Te creés mejor que el otro por las cosas que viviste sin conocer las que el otro pasó.
Dios no hace diferencias, pero Dios no obra con igualdad. Dios se mueve en equidad, Dios actúa con justicia.
¿Viste la parábola de los talentos? Bueno, eso. Jesús no repartió en igualdad, sino “a cada uno según su capacidad” (Mateo 25:15).
Dice otra vez Dios por boca de Ezequiel: “Pueblo de Israel, ustedes dicen que yo no actúo con justicia, pero yo juzgo a cada uno según su manera de actuar” (Ezequiel 33:20).
Ni todo es lo mismo ni todos son iguales ni todos actuamos del mismo modo.
Dios reparte según la capacidad que tenemos de manejar lo recibido y juzga según el contexto personal de cada uno.
Me gusta esa charla/discusión/parada de carro de Jesús a Pedro, hablando de Juan: “Y si yo quiero que él permanezca, ¡¿a vos qué te interesa?!” (Juan 21:22).
No te detengas a examinar o analizar cómo obra Dios con otros. Fijate cómo actuás vos con él y qué fruto estás dando.
No cuestiones a Dios por lo que hace con los demás. Ocupate de hacer (y hacer bien) lo que se te encomendó a vos.
No envidies resultados o premios ajenos…
Como dice la sabiduría popular:
“Todos envidian mi progreso, pero no mi sacrificio”.
“Y todo lo que hagas, hacelo como para Dios; porque de él vas a recibir la recompensa de tu trabajo” (Colosenses 3:23-24).
