Quería evitar este versículo, porque ya lo usé varias veces y no tiene mucho más para sacar. O eso pensaba yo. Siempre lo enfoco en que tu origen no te define y, por más que algo sea naturalmente obvio y establecido, no significa que vaya a seguir así, sino que cuando menos te lo esperes eso puede dejar de ser.
El año pasado, precisamente, escribí acerca de esto en un devocional llamado Castas, hablando sobre eso y afirmando que “no existen posiciones aseguradas y que la acción sostiene la posición.”
Pero algo pasó hoy que me hizo volver a este texto. Ya sabés —a esta altura ya sabés— que nuestro ministerio trabaja muy fuerte en la restauración. No voy a desarrollar la visión ahora, pero es lo que Dios nos dio por hacer.
Ministrar restauración nos lleva muchas veces (¿siempre?) a chocar con lo establecido, a romper estructuras y, como decimos, volver a la forma bíblica de cómo que Dios pensaba que debía ser la Iglesia. Una de las “patas” de la restauración tiene que ver justamente con volver a las formas bíblicas y desechar los, como diría Jesús, “mandamientos de hombres” (Mateo 15:9).
Hay muchas cosas que pasan por ese camino, muchas cosas que tomamos como bíblicas y de parte de Dios, pero no son más que la revelación de algún trasnochado (o resentido) por querer interpretar a Dios a su manera o, peor aún, suponer que a la Biblia le faltan algunos detalles que la “sana doctrina” debe resguardar y rescatar.
Que los ancianos, que los diáconos (o las diaconisas, ¡mamma mía!), que las profetas o evangelistas, que la ropa, que la música, que las luces de colores o la batería. Y entre esas cosas nos encontramos con la crianza de los hijos y la educación como cristianos (que no es lo mismo que educación cristiana).
Mucho se habla sobre este tema y mucha agua ya corrió bajo el puente. No puedo arrogarme ser dueño de la verdad en el tema ni siquiera experto, pero (sí, pero) tener cinco hijos y ver el resultado (el fruto define al árbol) nos dan, junto con mi esposa, un poquito de experiencia y un cachito de autoridad en el tema.
El texto del que te hablo es Proverbios 17:2, que dice: “El sirviente sabio gobernará sobre el hijo sinvergüenza de su amo y compartirá la herencia con los demás hijos.”
Y me quedó dando vueltas la palabra “sinvergüenza”.
¿Por qué es un sinvergüenza? ¿Nació torcido? ¿Se golpeó al nacer? ¿Es rebelde por gusto? ¿Le gusta hacer quedar mal a los padres? ¿Es desobediente, “contumaz y rebelde” (Deuteronomio 21:18)?
¿Es un tipo bravo así porque sí?
No está en mí la idea de poner un manto de inocencia sobre la decisión personal y el carácter de cada uno. Somos el resultado de nuestra crianza, pero también de nuestras decisiones. Ambas forman un cóctel que hace lo que somos y, en definitiva, lo que decidimos y aceptamos ser.
No me creo ese cuento progresista de que los delincuentes son víctimas del sistema, que el capitalismo los obliga a robar porque no tienen oportunidades, sino que cada uno elige lo que quiere ser y hacer en su vida y con su vida.
Pero, como dije recién, hay una cuota que es formación y crianza. No en vano tengo tanta carga y preocupación por la formación de los hijos y de los cristianos. Digo hasta el cansancio que la Iglesia tiene la obligación y responsabilidad de formar a los cristianos de esta y la siguiente generación para impactar en esta y la siguiente generación.
Creo, cada vez más, que la Iglesia tiene un carácter formativo por medio del cual podamos alcanzar (ayer lo conversaba con un líder) la posición de relevancia que termine considerando a un cristiano, cualquiera sea, como el mejor y más apto para cualquier función en la sociedad.
¿Falta mucho? Muchísimo. Pero algún día hay que empezar.
Me retumba Proverbios 22:6: “Instruye al niño en su camino…”, y digo: ¿cuál es su camino? ¿Te tomás el trabajo de averiguar cuáles son los dones, talentos y habilidades de tus hijos para guiarlos en esa dirección? Si le va mal en una materia y muy bien en otra, ¿pensás que es vago? ¿Que “no le da”? ¿O sos capaz de darte cuenta de que ahí hay un potencial en actividad?
Me golpea Colosenses 3:20: “Ustedes los hijos, obedezcan a sus padres en todo, porque esto agrada al Señor”, donde se ve un mal de este tiempo: que los hijos no hacen caso a sus padres, sino que hacen lo que quieren. ¿Es su culpa? ¿O faltó formación?
¡Pero me sopapea el 3:21!: “Ustedes los padres, no exasperen a sus hijos, para que no se desalienten.”
Vuelvo a Proverbios 17… ¿era sinvergüenza porque sí? ¿O fue empujado por la religiosidad y el legalismo de sus padres? ¿Era por rebelde nomás? ¿O se cansó de que le marquen el paso? ¿Era por “mal llevado”? ¿O por acosado, limitado, ahogado?
¡Uff…! Nunca cortarle las alas hizo que una paloma vuele mejor…
El error del padre cristiano es querer que su hijo sea una pieza de adorno de porcelana: blanco, inmaculado, brillante, perfecto; olvidándose de que también es una persona, con sus luchas, sus crisis, sus procesos; que está creciendo, explorando la vida; que tiene el mismo derecho que tuve yo a equivocarse y al mismo Dios (que tal vez yo no tuve) para tenderle una mano.
Mis hijos tienen que saber que tienen unos padres que “los bancan”, que los corrigen, sí, pero que les abren camino. Que los animan, los empujan, los cubren y los contienen. Si tengo que hablar de ellos en particular, me quedaría sin palabras, pero me limito a solo una cosa, algo que ya escribí en Fracasados: por mucho, por lejos, mis hijos son mejores que yo.
Papá… ¿te olvidás de tu adolescencia? Mamá… ¿te olvidaste cuando veías a papá a escondidas?
Los dos… ¿se olvidaron cuando hicieron de su vida una “prueba y error” hasta encontrar a la otra mitad de la naranja?
¿Acaso querés verte reflejado en tus hijos? ¿Acaso querés vivir la vida de ellos? ¿Acaso te lamentás de lo que no viviste?
Papá, mamá… ¿Querés un semáforo práctico para saber cómo te estás portando? Ahí va…
¿Se abren con vos o te evitan?
¿Te cuentan sus problemas o buscan algún amigo?
¿Te miran para imitarte o para diferenciarse?
¿Están desplegando sus alas y desarrollando su destino… o apenas se limitan a completar tus proyectos fallidos?
“Padres, no hagan enojar a sus hijos, para que no se desanimen…”
Hijo, joven, adolescente…
“…obedezcan en todo a sus padres, porque esto agrada al Señor.”
