Me gusta la tecnología. Amo la tecnología y creo que alguna vez sentí pasión por la tecnología. A veces siento que nací en el siglo equivocado. Me causa un poco de melancolía no llegar a conocer el mundo del siglo 30. Bueno, ahora que lo pienso, ahí tengo un doble problema, porque también me hubiera gustado vivir la transición del 19 al 20. Siempre soñé con vivir en una casona de esa época, pero que tenga dentro toda la tecnología existente. Será en otra vida…
Desde chico me fascina la ciencia ficción, precisamente por ese gusto por la tecnología. Para mí, ver una serie o película futurista era simplemente estar echando una mirada al futuro real. Soy fan de la vieja Viaje a las Estrellas (Star Trek), que hace 60 años hablaba y utilizaba dispositivos y técnicas que no existían y que hoy son habituales, como el celular, la tablet e internet.
Pero tengo que reconocer que soy un mediocre neófito en el uso de la tecnología, y que a medida que pasa el tiempo la brecha se hace cada vez más grande.
Siempre fui un autodidacta. Muy a mi pesar, mi único título es el del secundario: soy todo un “bachiller”. Pero no pude completar una carrera. Todo lo que aprendí fue por curioso, por inquieto, por buscón ansioso e incómodo.
Por eso hoy hay muchas cosas que no entiendo o no manejo del todo bien, y me genera más ansiedad que practicidad el utilizarlas.
Uso Excel o planilla de cálculo para muchísimas de mis actividades y de la iglesia, pero creo que apenas aprovecho un 10 % de su capacidad. Antiguamente sabía programar una base de datos en el viejo Access de Microsoft; hoy me cuesta configurar un gráfico estadístico.
Entiendo los conceptos de física cuántica (que me fascina) y veo el paralelismo con la fe y la vida cristiana, pero no me des un libro del tema, porque no entendería dos frases seguidas.
Uso el celular todo el día y para todo… pero no sé cómo “rootearlo”; así como me volvería loco si quisiera unir mis dispositivos en red, algo que hace 20 años lo hacía con los ojos cerrados… (bueno, abiertos).
Soy usuario constante de la IA, aunque para algunos sea el anticristo. Hoy me siento algo desamparado (mentira) porque se cayó el sistema mundial y ChatGPT no funciona, y Gemini es muy fina y delicada. De paso les pregunto a todos aquellos que condenan el uso de IA —normalmente gente (ministros) de mi edad o generación— si nunca usaron “la Thompson” para predicar y hasta para bosquejar, por medio de su famosa “concordancia temática”. ¡Ah! La Thompson era de Dios y la IA es del diablo. Ok.
¡No te quiero ver usando YouVersion o la vieja e-Sword y mucho, mucho menos Logos o BibleStudyTools! (Curiosidades de la miopía religiosa).
Vuelvo de la catarsis y retomo el punto: uso constantemente IA, pero ¿le saco el jugo? Acá creo que mucho menos del 10 % del Excel. Calculo que, como mucho, debo usar un 1 % de sus posibilidades (y me parece que estoy fanfarroneando… ¿será un 0,01 %?). ¿Tenés idea de las increíbles posibilidades que te ofrece esta herramienta? Día a día sigo descubriendo, pero me doy cuenta de que, a medida que descubro una, tiene diez funciones nuevas. ¡Si hasta estoy pensando en pagar una suscripción!
¿Te pasa lo mismo? ¿Le sacás provecho a las opciones que tenés a disposición? Recuerdo algo que me pasaba con mis hijos en su etapa escolar. Aunque no lo admiten, usaban Facebook, Instagram, Musically (hoy TikTok) todo el tiempo, pero no sabían cómo escribir en un simple procesador de textos como el querido (hoy abandonado por mí) Word.
¡Qué bronca que me daba cuando veía que, en vez de centrar un texto, lo corrían con espacios! ¡Noooo!
Tal vez no lo sabías, pero la IA puede hacer mucho más que darte recetas de cocina, interpretar un análisis clínico, machetearte para una tarea de matemáticas o simplemente convertirla en un Google remixado (como esos que le preguntan dónde hay una iglesia evangélica en la zona…). También te puede dar ideas para un negocio, planificar una campaña publicitaria, darte una rutina de entrenamiento o planificación personal, y ni que hablar con cosas elevadísimas de nivel universitario o un doctorado de ciencias.
¡Como la Biblia! —apareció el evangélico—. No. Lo mismo pasa con la Palabra de Dios.
¿Qué uso le das a la Biblia?
¿Le das algún uso?
¿Qué es para vos la Palabra de Dios escrita además de ser la Palabra de Dios escrita?
Hay un texto muy conocido y confrontador, en Santiago 1:22. No. No dije “en Santiago 1 verso 2”, sino Santiago 1:22.
Siempre lo usamos a medias (como la tecnología) y nos quedamos solo con la aplicación lineal:
“…pongan en práctica la palabra, y no se limiten solo a oírla, pues se estarán engañando ustedes mismos.” (Santiago 1:22)
Leemos esto y entendemos que no alcanza solamente con leer la Biblia, sino que tenemos que hacer algo con eso. Que cerrar la Biblia o la app y seguir como si nada es un engaño; que escuchar una prédica y limitarte a decir: “buena prédica, pastor”, es solo escuchar una conferencia y seguir tu vida.
La Palabra de Dios te tiene que llevar a algo: a la transformación, a hacer algo.
Pero ¿qué “algo”? ¿Sabés qué hacer con esa palabra? ¿Sabés cómo aplicarla a tu vida? ¿Le “sacás el jugo” a la Palabra de Dios? ¿Aprovechás su capacidad, funcionalidad y eficiencia?
Justamente: ¿sos consciente del poder transformador que tiene?
¿La “usás” para algo más que recitar Juan 3:16, Salmo 91 e Isaías 41:10?
La Biblia es más que un libro de historias, el relato de la vida de Jesús, datos estadísticos sobre el origen y crecimiento de la iglesia, un estatuto básico de funcionamiento de la misma y algunos cuentos fantasiosos sobre bestias, copas y trompetas.
La Palabra de Dios es un arma de transformación individual, social y cultural, con capacidad creativa y restauradora para llevar tu vida y la de tu entorno a un nivel superior (me cebé).
¿Qué estás haciendo con la Palabra?
¿Qué lugar le das a la Palabra?
¿Cómo usás la Palabra?
Si la fe sin obras está muerta (Santiago2:17), la Palabra sin ejecución… ¿qué será?

Un comentario en “Potencial y Efectividad”