En los últimos 50 años, la humanidad entró en una era de superficialidad e inconstancia.
No me hago el superado, no digo que “todo tiempo pasado fue mejor” (no creo eso), pero hay que admitir que, en estos tiempos, el compromiso es algo que fue perdiendo fuerza.
Estoy viendo, mientras escribo, una nota a un matrimonio de ancianos, 86 y 88 años de edad, y 63 de matrimonio, trabajando juntos en una fábrica de pastas, y recuerdo cómo disminuyó el número de casamientos.
Hoy, tristemente, muchos no piensan en que sea “para toda la vida”, sino “por lo que aguante”.
Miedo al compromiso y miedo al fracaso.
Disminuyó también terriblemente el número de nacimientos (la Agenda 2030 está dando resultado), porque “no quieren traer hijos a un mundo terminal”, pero la realidad es que no quieren hacerse cargo de la crianza, que es algo complejo, delicado, que requiere enfoque y prioridad.
“Pero yo tengo derecho a disfrutar”, dicen aquellos que viven en la superficialidad y falta de compromiso.
Todo lo opuesto a lo que Dios busca. Todo lo contrario de lo que la iglesia enseña (o debe enseñar): compromiso, responsabilidad, perseverancia, determinación.
Ya lo dice Isaías: “Señor, tú conservas en paz a los de carácter firme, porque confían en ti”. (26:3, DHH)
Carácter firme… la definición de hombría por propósito, la definición de cristiano, por aplicación.
(No, no dije que los hombres tomen un compromiso, sino que para eso fuimos creados, aunque ahora…)
¡Vivimos una crisis de compromiso! La iglesia no está exenta, sinceramente son pocos los que entienden y adoptan esto como una forma de vida. La mayoría solo cumple rituales y otros solo buscan bendiciones (¿en qué grupo estás vos?).
Organizás una comida… vienen 100.
Preparás un día de trabajo… apenas 10.
No hablo de oración, porque cuando hacíamos las reuniones de oración se llenaba (sin comentarios).
Pero Dios sigue buscando hombres (también mujeres) de carácter firme, comprometidos, responsables, determinados, confiables.
Dice Santiago 5:12: “Pero sobre todo, hermanos míos, no juren ni por el cielo, ni por la tierra, ni por ninguna otra cosa. Cuando digan «sí», que sea «sí»; y cuando digan «no», que sea «no». De lo contrario, caerán en condenación”.
¿Por qué tenemos que invocar a Dios o algo más para que se tome en cuenta nuestra palabra?
“¡Te lo juro por mis hijos!”, “¡Por Dios te juro!”, “¡Que me caiga un rayo ahora mismo!”, “¡La boca se me haga a un lado!”, cuando con decir sí o no debería ser más que suficiente…
“Que tu sí sea sí, que tu no sea no”, o sea, sé sincero en tus respuestas e intenciones y hacete cargo de ellas.
“Señor, ¿quién puede vivir en tu templo?
¿Quién puede habitar en tu santo monte?” pregunta David en el Salmo 15:1, y él mismo responde, entre otras cosas, “el que cumple sus promesas aunque salga perjudicado”, en el verso 4.
Comprometido, de palabra, firme, determinado.
Porque, caso contrario, lo que resta es…
“De lo contrario, caerán en condenación”. (Santiago 5:12c)
¡Ya te escucho justificarte diciendo “¡por eso no hago promesas!”! No, papi… esa no es la salida, eso te hace menos hombre (mujer) aún.
Cristianos firmes, de palabra, comprometidos, confiables.
¿Te define… o te confronta?
¿Te anima… o te asusta?
¿Te afirma… o te derriba?
“Que tu sí sea sí; que tu no sea no”.
