Identidad

Hablar de transformación, en el plano espiritual y cristiano, es hablar de un cambio de vida. No tiene nada que ver con la transformación física, aunque podría llegar a afectarla también. Conocí personas que, al llegar Cristo, quisieron cambiar también su aspecto: tatuajes, piercings, estilos de ropa y peinados, etc.
Pero la transformación, la “metamorfosis” que habla la Biblia, apunta a un cambio de vida.

Es dejar de ser lo que eras y empezar a ser una persona distinta.
No distinta: nueva.
Es dejar de hacer lo que hacías y enfocarte en una nueva dirección.
Es cambiar prioridades, metas, propósito.
Es cambiar tus pensamientos y tu entorno.

Los ejemplos bíblicos siempre se dan por medio del cambio de nombre: Abram pasó a ser Abraham, Jacob a Israel, Cefas a Pedro y algunos otros más. ¡Ojo! ¡No siempre hubo un cambio de nombre! Pero siempre un cambio de identidad: no eras pueblo, ahora sos pueblo (1 Pedro 2:10); estabas perdido, ahora sos salvo (Lucas 19:10); no eras hijo, ahora lo sos… primero adoptado y luego parte de la naturaleza divina (Romanos 8:15; Gálatas 4:5; 2 Pedro 1:4).

El evangelio es transformación.

Lo interesante de la transformación (ya lo dije dos o tres veces la semana pasada) es que es definitiva. El gusano se convierte en mariposa, pero la mariposa nunca vuelve a ser gusano. ¿Viste esos casos terribles de reasignación de sexo donde la persona después se arrepiente? No hay vuelta atrás.

Pero la lucha de la carne intenta recuperar su lugar. Me causa gracia el juego de palabras de Mateo 26:41 porque dice que “la carne es débil”, y es así: es débil y se deja convencer por la tentación; pero si es débil, ¿por qué la carne gana? (Mateo 26:41)

Dice una vieja frase del refranero evangélico que “cuando el diablo te recuerde tu pasado, vos le recuerdes su futuro”, resaltando precisamente que lo que eras ya no tiene autoridad sobre lo que sos.

Te acusa con tus pecados, te muestra tus caídas, te señala tus errores para hacerte tropezar. Te quiere convencer de que lo que eras vale más de lo que sos. Te llama con otro nombre para volver a cambiar tu identidad.

Te llama fracaso, cuando te levantaste en cada caída.
Te llama derrota, cuando salvaste tu vida.
Te llama adicto, alcohólico, promiscuo, mientras estás luchando para enderezar tu camino.

Y cuando no respondés a lo que eras, te profetiza un final peor:
“Te va a ir mal”, “no vas a soportar”, “no cambiás más”, “sos siempre igual”.

Involucra a tu entorno y te acusa de lo peor: “vas a llevar a tu familia a la vergüenza y la destrucción”, “nadie te quiere, todos se van a olvidar de vos”. Ignorando, tal vez, que Dios dice que “esto eras, ya no sos, fuiste lavado por la sangre de Jesús” (1 Corintios 6:11).

No me gusta nombrar al padre de mentira ni mencionar al acusador. Menos al adversario o a la serpiente antigua, pero ese, sí, ese, busca pervertir tu camino, borrar tu llamado, desdibujar tu propósito (no sabe que “Dios cumplirá su propósito en vos” (Salmo 138:8).

Acusó a un sumo sacerdote porque tenía la ropa sucia (Zacarías 3:1–5).
Convenció al hijo pródigo de que ya no tenía herencia (Lucas 15:11–32).

¿Sabés qué hizo Dios con los dos? No les cambió el nombre, pero les cambió la vestidura (Lucas 15:20–22).

Cuando Daniel y sus amigos fueron convocados a palacio para pertenecer a la corte del rey Nabucodonosor, fueron cambiados sus nombres para que olvidaran su origen e identidad:

“…el jefe de los eunucos les cambió de nombre: a Daniel lo llamó Beltsasar; a Jananías, Sadrac; a Misael, Mesac; y a Azarías, Abednego.” (Daniel 1:7)

¿Cuál es tu nombre? Bueno, no importa.
¿Cómo te llaman? ¿Con qué te acusan?

Tampoco importa. Ignoralo. No les hagas caso. Hacé oídos sordos. ¿Es tu nombre? No te llama a vos, llama al que fuiste o al que quiere que seas.

Pero todavía queda una instancia superior, un bonus track:

“Al que salga vencedor, le daré a comer del maná escondido, y le daré también una piedrecita blanca; en ella está escrito un nombre nuevo, que nadie conoce sino el que lo recibe.” (Apocalipsis 2:17)

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