Chismosos y Chismeados

Si hay algo con lo que el cristiano lucha y algo que se enseña constantemente es sobre las habladurías. En la vida sin Cristo, antes de conocerlo, es habitual (diría normal y cotidiano) que uno hable de otro y el otro de un tercero… hasta que se mete el tercero que habla de los dos primeros.

Es un mal del corazón humano. Meterse en la vida del otro te da cierta autoridad. Hablamos un poquito de eso días atrás, mencionando que la curiosidad sobre la vida de los famosos nos lleva a un punto recurrente: el evangelismo silencioso, que habla más por lo que hacés que por lo que decís.

La Biblia es categórica con el chisme (sí, en definitiva es chisme). Dice, por ejemplo: “El chismoso anda por ahí ventilando secretos, así que no andes con los que hablan de más” (Proverbios 20:19); o “El fuego se apaga cuando falta madera, y las peleas se acaban cuando termina el chisme” (Proverbios 26:20). Y cierra con Santiago 4:11: “Hermanos, no hablen mal unos de otros…”

Pero como el corazón humano es rebeldón y engañoso (Jeremías 17:9), y Pablo dice que “a los que aman a Dios todas las cosas les ayudan a bien” (Romanos 8:28), esa mala costumbre humana se convierte en bendición.

El rey Belsasar, hijo de Nabucodonosor, vivió una situación shockeante. Fue confrontado por Dios al punto del juicio (bueno, eso se enteró después), sin ser él un creyente judío.

Necesitaba alguien que le ayude a entender. Alguien que pudiera interpretar los mensajes místicos y sobrenaturales, y toda su corte de sabios y adivinos era inútil para eso. Pero…

Pero el profeta Daniel andaba por ahí y fue convocado para resolver el asunto.

Belsasar no lo conocía, pero había escuchado los rumores acerca de él. Daniel fue cercano a su padre, pero Belsasar andaría por otros rumbos. No lo conocía, pero la gente “andaba hablando de Daniel”.

“…he oído decir que tú puedes hacer interpretaciones y resolver dificultades…” (Daniel 5:16), dijo Belsasar animado, casi “con fe” de que su problema sería resuelto.

No solo eso, sino que le dijo también: “He oído decir que el espíritu de los dioses santos está en ti, y que en ti se halla más luz, entendimiento y sabiduría” (Daniel 5:14). ¡Se ve que tenía buena data! O los informantes de Belsasar eran muy buenos, o la fama de Daniel había superado el nivel del rumor.

Y hay más todavía… “Belsasar ordenó entonces que Daniel fuera vestido de púrpura, que se le pusiera en el cuello un collar de oro, y que fuera proclamado como el tercer señor del reino” (Daniel 5:29).

Desconocido, pero reconocido y exaltado. Todo por la fama que corrió y por el chisme de la corte del rey.

¿Será importante lo que la gente habla de uno?
A Jesús le importaba. Le preguntó a los discípulos: “¿Quién dice la gente que yo soy?” y “¿Y ustedes, quién dicen que soy yo?” (Mateo 16:13–15)

Sí. Es importante lo que se dice de vos. A veces podrán exagerar, a veces podrán ver solo lo superficial. A veces, si hay mala intención, pueden inventar sobre vos. Pero como dice el dicho: “si el río suena, agua trae”… algo de verdad hay o algún fundamento hubo.

¡Ay, el chisme! Pernicioso y destructivo… o útil y eficaz…

¿Qué se dirá de mí?
¿Qué se dirá de vos?
¿Qué comentará la gente de nosotros?

¿Qué dice tu historia?
¿Qué huellas dejaste?
Si Pedro dice que tenemos que preocuparnos de que la siguiente generación conozca la obra de Dios por nuestro testimonio (2 Pedro 1:12–15), ¿qué legado estás dejando?

Ya sé que estarás pensando: “A mí no me importa lo que diga la gente y no tengo que vivir en función de los demás.” Es cierto. Pero… ¿te acordás que ayer dijimos que tenemos una obligación y responsabilidad?

Procurá andar por un camino que los demás quieran seguir o imitar.

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