¡Qué difícil es manejar, o entender, el concepto de la gracia!
Recuerdo mis primeros tiempos en el evangelio (capaz fueron apenas días) en los que no entendía cómo funcionaba esto de ser cristiano así, sin hacer nada. No digo que el cristiano no haga nada, al contrario, pero venís acostumbrado a “hacer cosas” para completar los rituales.
- Prender una vela a un santo.
- Una estatuilla o “estampita”.
- Hacer largas oraciones leídas o estudiadas de memoria.
- Besar estatuas guardadas bajo vidrio.
- Hacer una larga fila para comer un pedazo de miga dura.
- Repetir: “por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa” como un mantra que, si fuera hinduismo, te pondría en trance espiritual.
Creo que este último es el más relevante, que muestra el choque con la gracia.
¿Qué es la gracia? Un favor que no merecemos. Algo por lo cual uno debería estar, justamente, agradecido. Algo que no podría obtener por mi esfuerzo y mucho menos con dinero.
Esta combinación es un cóctel destructivo. Sí, así lo tomamos mucho tiempo hasta que empezamos a entender; entonces ya no lo vemos así, pero en nuestra mente subconsciente sigue obrando de la misma manera: aceptás la salvación que Dios te ofrece, la recibís sin mérito, vivís agradecido… y luchás todo el tiempo con la culpa por tus errores.
Dicen que es por la mezcla de cultura española e italiana, los padres del drama… pero yo creo que es por la mezcla, sí, de cultura, sí, cultura judía y cultura católica.
Entre los sacrificios permanentes del judaísmo, trasladados al sacrificio constante del catolicismo, nos convirtieron en carne de diván y fuente de ingresos de los psicólogos.
¿¡Vos entendés que la iglesia tradicional te enseñó que Jesús murió por culpa tuya!? Cuando en realidad él “cargó con tu culpa” (Isaías 53:6).
El cristiano no es culpable. El cristiano es libre de culpa para poder disfrutar la libertad en Cristo y la salvación. Una libertad y salvación que te confronta, te “compunge”, te compromete y te hace siervo, por amor, para hacer su voluntad. (Leé “De Sirvientes a Empleados”).
Tal vez por esto Pedro recalca el valor de la gracia: es impagable, no la merecés, no te corresponde, pero la recibiste:
“Más bien, crezcan en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, a quien sea dada la gloria ahora y hasta el día de la eternidad. Amén.” (2 Pedro 3:18)
Antes que discutir doctrina, de cuestionar la fe del otro, de calificar la santidad de aquel o la unción del de más allá, ocupate en crecer: crecer espiritualmente, crecer en intimidad, crecer en conocerlo y crecer… en la gracia.
¡Que no tenés que esconderte de Dios! Que aunque te escondas, él ve todo.
¡Que no podés fallarle o decepcionar a Dios! Que él ya sabía todo antes aún de que vos nacieras, y así, aun así, decidió morir por vos.
¡Que no tenés que hacer méritos para que Dios te acepte, o te reciba, o te bendiga, o te cubra, o te prospere… o te salve! Que él mismo proveyó un método para cubrir todo eso: “por gracia, por medio de la fe” (Efesios 2:8).
¡Ay cristiano! ¡Cuántas veces te escondiste como Adán!
¡Ay hijo pródigo! ¡Cuánto tiempo Dios espera en el cruce del camino!
No te pongas cargas que Dios no te pone.
No te culpes de lo que Dios no te culpa.
No te condenes por lo que Dios no te condena.
No te alejes de Dios, cuando él no te aleja.
¡Ocupate! en tu salvación (Filipenses 2:12), y en “crecer en la gracia y el conocimiento del Señor” (2 Pedro 3:18).
