Pecadores

¡Qué sobrevalorado y satanizado está el pecado! No lo estoy minimizando, porque es la causa de la perdición y al mismo tiempo el motivo del sacrificio de Jesús, pero se lo está colocando en un lugar que, realmente, no tiene.

Pecar significa, básicamente, “errar a un blanco”. Tenés una dirección que tomar, una meta que alcanzar, un camino que recorrer, pero te vas para otro lado; tenés que apuntar a un objetivo, le diste al lado; tenés que aprenderte una lección, no aprendiste nada. Eso es pecar.

Voy a decir algo totalmente explosivo y que va a generar todo tipo de comentarios, cuestionamientos y debates. Ya me dijeron “hijo del diablo” por mi postura ante el tatuaje, así que… no hay problema: El pecado no es el que te aleja de Dios y te puede hacer perder tu salvación, sino el tratamiento que le das, o le demos, a ese pecado.

Si te caés a un charco de barro, lo que determina tu condición posterior es qué hacés con ese charco y con ese barro: Podés revolcarte y chapotear, podés levantarte, salir y quedarte así, podés correr a darte un baño y cambiarte y todo termina sin consecuencias. Eso, así, es el pecado.

Estos días hablamos de la gracia, de las tinieblas del corazón humano y de Dios y siempre, en forma transversal, del contraste entre el Dios de la Biblia y el Dios de los religiosos. ¡Me encantó una frase del pastor invitado este domingo cuando dijo: “la religiosidad se hace pasar por Dios”, poniéndose por encima de Dios, siendo más santa que Dios, procurando mayor sabiduría, entendimiento y “sana doctrina” que Dios.

La religiosidad no es más que una túnica de tela gruesa y rústica, cubierta de satén, que esconde la pudrición del corazón y la mente sin restaurar.
La religiosidad juzga en el otro lo que no es capaz de corregir en sí mismo, o peor aún, condena lo que hace el otro y que el religioso no puede hacer pero se muere de ganas por hacerlo. ¿Envidia? ¿Celos? ¡Religiosidad!

Hay una gran verdad y que es la que nos confronta delante de Dios para decidir o no seguir a Cristo: El problema del pecado solo se soluciona con la cruz. ¡No, no! ¡No con hacer la señal de la cruz o cruzar dos palitos de madera delante del vampiro! La solución al pecado es el pacto de Jesús en la cruz: su sacrificio, su sangre derramada y la resurrección como sello.

Completa este pacto tu aceptación. Sin aceptar que Él lo hizo por vos, no tiene efecto sobre tu vida. Si te reconocés como pecador y que Jesús te ofrece salvación ¡Tataaaaa! ¡Salvo sos!

Entre líneas hay otra verdad confrontadora: “todos pecamos”, dice Pablo (Romanos 3:23), y por lo tanto estamos “destituidos” (echados a patadas) de experimentar la gloria de Dios.

Así que no hay tu tía ni vueltas que darles: “todos somos pecadores”.
¡Ah! Pero una vez que fuiste lavado… señala con el dedo índice con uña puntiaguda el religioso mientras lee Hebreos 10… “una vez que fuiste lavado, si volvés a caer… ¡Ya no hay para vos salvación sino una ‘horrenda expectación de juicio y de hervor de fuego’” (Hebreos 10:27), mientras se relame pensando en cómo sos consumido.

Religiosidad + Ignorancia + Falta de revelación y entendimiento = Fariseísmo 2.0

Te quieren hacer creer que si, una vez salvado, redimido, comprado por la sangre de Jesús y lavado con ella, llegás a mirar algo indebido o cruzar una luz roja, sos automáticamente condenado al infierno.
Te están diciendo que la sangre de Jesús no alcanza para pagar un pecado futuro, que está vencida, que solo es para los anteriores.
Te quieren convencer de que ellos son los guardianes de la santidad y que Dios está muy pero muy enojado con vos.

¡Gracia, señores! ¡Gracia! Un favor que no merezco ni puedo comprar, por lo tanto tampoco puedo perder porque nunca fue mío.
¡Gracia, señores! “Ha caído de la gracia”, te dicen. ¡Imposible! Analicemos…

Caer de la gracia = caer de un favor que no merezco = dejar de recibir lo que no merezco recibir.
Si no lo merezco recibir, sigo siendo digno de gracia, porque no es por mérito sino por voluntad.
No se puede caer de la gracia.

¿Por qué en las epístolas se insta a dejar de pecar? Porque todos somos pecadores.
¿Por qué se habla de combatir la vieja naturaleza? Porque todos somos pecadores.
¿Por qué Pablo se sopapea a sí mismo diciendo “¡miserable de mí!”? (Romanos 7:24) Porque todos somos pecadores.
¿Por qué dice Juan: “Hijitos míos, les escribo estas cosas para que no pequen”? (1 Juan 2:1a) Porque todos somos pecadores.

Pero Juan no lo deja ahí, sino que completa (porque él sabe, como dijo Pablo, que “juntamente con la tentación también está la salida” (1 Corintios 10:13):

“Si alguno ha pecado, tenemos un abogado ante el Padre, a Jesucristo el justo.” (1 Juan 2:1b)

Juan no rechaza la opción, reconoce la posibilidad y da la solución: “si alguno pecó…” sabiendo que es posible y es más, que iba a pasar; “si alguno pecó entonces tenemos un abogado”. ¡Y qué abogado! ¡No cualquiera, eh! ¡¡Mejor que Burlando, con botox y todo!!
“… a Jesucristo el justo”. (1 Juan 2:1c)

Resumamos: Jesús muere por vos, te lava con su sangre, te cubre con ella, quita tu pecado, lo sella con la resurrección, quitando a tu enemigo la autoridad sobre tu vida. Después deja una reserva y Él mismo se pone del otro lado, para restaurar el camino que vos ensuciaste o rompiste o del cual te desviaste, presenta tu causa ante el juez, confronta al fiscal acusador y presenta como prueba… su costado lanceado, su sangre vertida y el boleto de compra–venta de tu alma y salvación.

¿Pecaste? No te escondas más. No huyas más. No le sigas el jueguito a satanás.
¿Qué harías si en la ruta tomás una salida equivocada? Buscás un retorno y volvés para atrás…
Bueno… eso.

El pecado se resuelve con la cruz.
El pecado se resuelve… con el perdón.

“Hijitos míos, les escribo estas cosas para que no pequen. Si alguno ha pecado, tenemos un abogado ante el Padre, a Jesucristo el justo.” (1 Juan 2:1)

Dejar un comentario