Superhéroes

Mientras venía hoy hacia la iglesia me enteré de algunas novedades en el ambiente legislativo y judicial. Se presentó a consideración del Congreso el nuevo Código Penal, que es el que determina qué es un delito, cómo se lo mide y regula y cuáles son las penas en cada caso.

Un punto muy interesante de esta reforma, que ocupó bastante de la charla entre entrevistador y entrevistado, fue algo que llamaron “pronta ejecución de la pena” (o algo así), que alude a eliminar las esperas, los tiempos de apelaciones y otras yerbas, para que el acusado condenado cumpla su condena.

Si esto lo leyera un extranjero le parecería seguramente una obviedad. Pero Argentina es una caja de sorpresas. En nuestro país el concepto de condena firme es tan vago y abstracto como el peso del aire: ¡nunca se termina de dar vueltas entre apelaciones y cámaras! Y al final, pasan 20 años o más y el “fulano” sigue bailando en los balcones de su impunidad.

Este cambio de “pronta ejecución” haría que, al momento de ser condenado, en ese momento vas encarcelado. ¡Simple!

Se convertiría en un arma efectiva contra el crimen y la corrupción. Un arma que, salvando las distancias, sería como la palabra de Dios, que dice que “no vuelve vacía, sino que cumple la función para la que se la envió” (Isaías 55:11). Como el cinturón del viejo Batman, que podía esconder en su hebilla ¡hasta al mismo Batimóvil!
Una herramienta efectiva, eficiente y segura.

Como la oración. La oración es uno de los traumas del cristiano. Para algunos (los pocos) es un deleite; para la mayoría, una carga: la falta de intimidad y relación con Dios hacen que la oración se convierta en algo denso y aburrido, que se utiliza más como un trámite que como un medio de comunicación con la fuente y tu Creador.

Jesús dijo algo muy poderoso acerca de la oración: “Pidan y se les dará…” (Mateo 7:7). También que es una consola de programación de tu vida: “lo que ates será atado, lo que desates será desatado” (Mateo 18:18), poniendo en tus manos (y en tu fe) la capacidad de determinar cómo vas a vivir y cómo te va a ir.

La oración es el teléfono rojo en momentos de crisis y necesidad que te asegura: “Clamá y te voy a responder” (Jeremías 33:3); es el camino al entendimiento y la sabiduría, y con estos, la transformación completa (Santiago 1:5).

La oración es la herramienta del superhéroe que tiene un resultado de ejecución inmediata, que cambia el mundo espiritual y activa mecanismos de respuesta que tienen distintos tiempos de resolución práctica (que no en todos los casos se ve el resultado inmediatamente).

El ángel le dijo a Daniel, el profeta: “La orden fue dada en cuanto tú comenzaste a orar…” (Daniel 9:23), y un poco más adelante: “No tengas miedo, Daniel, porque tus palabras fueron oídas desde el primer día en que dispusiste tu corazón a entender y a humillarte en la presencia de tu Dios. Precisamente por causa de tus palabras he venido.” (Daniel 10:12).

¡Qué frase! “Precisamente por causa de tus palabras (de Daniel) he venido”.
Hace unos días hablamos acerca del poder de las palabras. En ese caso era un poder sobre el entorno y lo creado; en este caso, no me animo a usar la palabra “poder”, pero tiene un poder que activa la voluntad de Dios.

¡En el mismo momento en que presentás tu petición, es recibida, escuchada y activa el proceso de respuesta en el tiempo apropiado!

La palabra de Dios no cae a tierra sin fruto, y tus palabras no quedan sin fruto delante de Dios.

Sé que a veces parece cuesta arriba.
Sé que a veces solo se escucha el silencio.
Sé que a veces la espera se hace larga.
Pero siempre, siempre… Dios te escucha.

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