La historia de la mujer de flujo de sangre está en la lista de mis favoritas. Hay varias historias que me encanta leer y me fascina predicar, y esta es una de ellas.
Es muy rica en revelación, contenido, profundidad… y deja más de una enseñanza.
La primera, apenas empieza el relato, es que “había gastado todo lo que tenía” (Marcos 5:25-26), y eso nos da una muestra del corazón (o de la mente) del ser humano.
Muchas veces lo he visto, lo sigo viendo y seguramente también lo hice: buscar infinitas alternativas y opciones para encontrar una solución o una salida y ni acordarte de Dios.
No le pasa solamente al “inconverso”, le pasa también, y mucho, al creyente. Después de todo, la estadística dice que la mayoría de los que se ahogan serían expertos nadadores, pero confiados, más en su experiencia que en el mar que los rodea… hasta que los traga.
¿Cuál es la primera reacción ante una crisis o un problema?
¿Qué método usamos para resolver alguna situación compleja?
¿Qué hacés, en qué te apoyás, para empezar un emprendimiento?
Antes de que pienses que me volví fanático pentecostal, no te voy a decir que no te capacites y esperes que Dios te instruya; eso es religiosidad con un toque de mediocridad (o un puñado bien cargado…).
Lo que te voy a decir es: ¿por qué dejás a Dios en el último lugar?
¿Por qué Dios es la última opción, cuando ya probaste todo?
¿Por qué vamos a Él como último recurso y, si no funciona, abandonamos todo?
Tantas veces escuché: “Estaba a punto de suicidarme y entonces le dije a Dios: si existís, tal y tal cosa…”.
¿Por qué esperaste hasta el final?
Eso hizo esa mujer: cuando ya había gastado todo lo que tenía, entonces apuntó a Jesús.
Buscamos en personas con experiencia.
Buscamos en opciones alternativas.
Exploramos el yoga, la meditación, el reiki y el coaching ontológico… cuando todo eso y más lo encontrás por menos en Dios.
¡Encima eso! ¿No? Creemos que si sale caro es bueno, porque tenemos el chip de que “lo barato sale caro”.
Eso es verdad, pero no habilita que lo caro sea bueno solo por ser caro.
¡Las veces que me enojo por el poco valor que se le da a la enseñanza de la Palabra! Y prefieren pagar fortuna por la misma…
Oseas habla de eso al pueblo rebelde. A medida que vas avanzando la lectura de Oseas entendés, y ya no cuestionás, por qué Dios lo hizo casarse con una prostituta. ¡Era el ejemplo perfecto para señalar a un pueblo que le daba la espalda a Dios!
Dice en 14:8: “…¡Soy yo quien te atiende y te mira! ¡Yo soy para ti como verde ciprés! ¡Solo en mí encuentras tu fruto!”.
Lo mismo hacemos con nuestra vida personal, crecimiento, desarrollo, plenitud y paz.
Ponemos a veces el foco en personas o cosas para sentirnos mejor y encontrar paz y plenitud.
Buscamos encajar y ser aceptados para tener un círculo de pertenencia.
Negociamos valores y principios para ser amados…
Cuando… “…¡Soy yo quien te atiende y te mira! ¡Yo soy para ti como verde ciprés! ¡Solo en mí encuentras tu fruto!”.
Ni temas al hombre, como dice el proverbio (Proverbios 29:25), ni busques ahí tu realización.
Buscá y esperá en Dios… el único en quien tenés gozo verdadero, paz genuina, fruto y plenitud.
