Poder y Responsabilidad

¿Te acordás de la frase que Stan Lee puso en boca del tío de Peter Parker (Spiderman)? “Un gran poder conlleva una gran responsabilidad”.
Es la consecuencia natural de hacerse cargo del lugar y la posición que ocupás.

Así suele pasar a medida que vas creciendo en la vida. Vas ocupando posiciones, tal vez laborales, incluso ministeriales, y todo eso carga con una responsabilidad.

Es como el empleado ascendido a gerente. Necesita cambiar su círculo de relaciones o saber separar los tantos con aquellos que compartían su mismo puesto. Por eso, habitualmente, cuando eso sucede, es transferido a otra sucursal, porque ahora su autoridad tiene una nueva responsabilidad.

Se ve muy fácil en los padres culposos o abandónicos que quieren actuar como amigos de sus hijos. Es una de dos: o sos padre (o madre) o sos amigo. Y no digo que los padres no puedan ser amigos de los hijos, todo lo contrario, deben serlo, pero primero ser padres: un padre/madre que es amigo, y no un amigo que tiene la etiqueta de padre.

Cuando eso pasa se desdibuja tanto el papel de autoridad que los hijos lo tratan como uno más… y se perdió la función básica de la paternidad: formar.

Trasladá esto al capataz de la fábrica, al líder de la iglesia, al profesor con sus alumnos; cada rol tiene un lugar de acción y ejecución, y cuando este no se respeta, solo hay confusión, descontrol y caos (“En esos días no había rey en Israel; cada uno hacía lo que bien le parecía” — Jueces 21:25).

Subís de nivel en el trabajo, tenés que actuar y mostrarte distinto. Ya no da que vayas con una mochila vieja; ahora te toca desempolvar al traje.
Entrás a una multinacional: no es el kiosco de la abuela. Tenés que respetar los horarios, pautas e incluso uniforme si corresponde. Como dije muchas veces: “si no te gusta la visera de McDonald’s, andá a trabajar a otro lado; si necesitás el trabajo, bancate la visera”.

Un gran poder conlleva una gran responsabilidad, y cada rol tiene su lugar de acción y de ejecución.

Cuando llegás a Cristo, cuando empieza el proceso de transformación que te saca “de las tinieblas a su luz” (1 Pedro 2:9), que te “traslada del reino de las tinieblas al reino del Hijo” (Colosenses 1:13), que “te hace pueblo, cuando no eras pueblo” (1 Pedro 2:10), que te “adopta como hijo, cuando eras extranjero” (Efesios 1:5), tenés que honrar esa posición y amoldarte, sujetarte y adaptar las normas, pautas y requisitos de la nueva vida.

¿Viste los líos que hay en Europa con los inmigrantes?
Los desubicados musulmanes pretenden trasladar sus costumbres islámicas a occidente y exigen que en Francia, Italia, España, Suecia, Alemania, Dinamarca, etc., les permitan mantener las extrañas prácticas de su religión, y se ofenden cuando, por ejemplo, les prohíben usar hijab o burka.
¿Qué pensás? ¿Deberían dejarlo? ¿El país anfitrión debería adaptarse al inmigrante? ¿O el inmigrante debería adaptarse al país que lo está recibiendo y dando una nueva oportunidad de vida?

Eso mismo, así nomás, tal cual, es la nueva vida en Cristo.
Alcanzás una nueva posición, empezás una nueva vida, se abren nuevas oportunidades, entre ellas dejar atrás la esclavitud, la opresión del pecado, la angustia, la amargura y la miseria emocional; mirar hacia arriba, apuntar al frente, caminar “derecho y adelante” hacia una nueva y plena vida abundante, esa vida que Jesús dijo que vino a dar (Juan 10:10).

También tenés la opción de volver atrás, de retroceder, de darle rienda suelta al síndrome de Estocolmo y enamorarte de tu secuestrador, de volver a comer semillas con los chanchos o pelear por obtenerlas, de revolcarte en el dolor pero retener los ajos y cebollas de Egipto. Después de todo, Jesús te ofrece una nueva vida y oportunidad, el camino a la eternidad y la salvación, pero no te obliga: siempre es tu elección.

Dijo Dios a Israel por medio del profeta Amós: “Solo a ustedes los he elegido de entre todas las familias de la tierra; por lo tanto, yo los castigaré por todas sus maldades.” (Amós 3:2).

Dios tiene derecho sobre tu vida. Dios tiene autoridad sobre tu vida. Jesús le arrebató al diablo el derecho y la autoridad sobre vos.
Vos tenés la capacidad de elegir y decidir bajo qué autoridad querés permanecer…

Un gran poder conlleva una gran responsabilidad.

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