Me voy a meter en un tema de esos que no me quiero meter, pero Dios me habló ahí y no puedo sacarlo de mi cabeza.
Siempre dije que no me gusta hablar de Apocalipsis y mucho menos hablar del diablo. Hablar de Satanás me parece una pérdida de tiempo y un desenfoque. No merece que le dedique ni una línea y tampoco que desarrolle un tema alrededor de él.
En cuanto a Apocalipsis, sí hablo, pero de cuestiones genéricas: la adoración, la nueva Jerusalén, las iglesias, las vestiduras, etc. No quiero hablar temas que tengan que ver con fechas o acontecimientos futuros porque, a ciencia cierta, nadie tiene ni puede asegurar tener la certeza de cómo realmente van a suceder las cosas.
Admito que es una tentación. Todo lo que tenga que ver con “escatología” (la rama de la teología que estudia los eventos futuros) tiene buena prensa y genera mucho morbo. Sí, también genera likes y vistas en redes y con ello publicidad y monetización. Por eso cada tanto aparece algún payaso (como Alducín) dando ¡la fecha de la segunda venida!, esa misma que Jesús dijo que “ni él la sabe” (Mateo 24:36).
No me gusta hablar acerca de lo que no puedo asegurar. No me gusta “enseñar” lo que no sé ni afirmar lo que no está firme. ¿Sabías que hay por lo menos ocho teorías distintas acerca de los últimos tiempos, todas son bíblicas y todas son correctas? Por eso, mejor, dejalo ahí.
Pero hoy Dios me habla del diablo. De su efecto en relación al hombre (humano) y al cristiano. De cómo este “engañador” (diablo significa mentiroso) es en sí mismo una estrategia de mentira y manipulación solo para enfrentar a Dios. El diablo ni siquiera te odia, ese es un error doctrinal. Sí odia la creación, pero no tiene nada con vos. Pero…
Pero como Dios te ama tanto, el diablo busca lastimar a Dios. Y sos lo más apropiado para lograrlo.
Este engañador, a quien Jesús llama “padre de mentira” (Juan 8:44), es también un gran imitador. La imitación es una forma de engaño, sutil, aceptada. “Un arte” dicen algunos, para otros, un don.
La imitación requiere dedicación, práctica, observación, aprendizaje. Todo lo que el diablo viene haciendo desde el principio. Después de todo, dice el viejo refrán que “el diablo sabe por diablo pero más sabe por viejo”. Lleva miles de años observando e imitando con un solo propósito: “engañar, si es posible” (Mateo 24:24; Apocalipsis 20:8). Y en muchas ocasiones fue y sigue siendo posible.
La serpiente le ofreció a Eva lo que Dios les daba por derecho (Génesis 3:4–5).
Los magos de Faraón imitaron el milagro hecho por Moisés (Éxodo 7:11–12).
En el desierto, le ofreció a Jesús los reinos del mundo, los que le pertenecían a Jesús por herencia (Salmo 2:8; Mateo 4:8–9).
Pablo dice que “se disfraza como ángel de luz” (2 Corintios 11:14).
Jesús advirtió sobre los “falsos cristos” que vendrían (Mateo 24:24).
Y uno de estos “falsos cristos” es el mencionado en Apocalipsis, que se va a entronizar como autoridad espiritual en el fin de los tiempos y se lo conoce como “la bestia” (Apocalipsis 13:1–8).
Acá vemos a un profesional de la imitación, que copiándose de las palabras de Moisés en respuesta a la liberación de Egipto:
“¿Quién es como tú, Señor, entre los dioses? ¿Quién como tú, magnífico en santidad, terrible en maravillosas hazañas, hacedor de prodigios?” (Éxodo 15:11) hace proclamar en Apocalipsis 13:4: “…y adoraron al dragón que había dado autoridad a la bestia, y también a la bestia. Decían: «¿Quién puede compararse a la bestia? ¿Quién podrá luchar contra ella?»”.
El diablo es engañador, el diablo es mentiroso, el diablo es imitador.
Simula darte paz, beneficios, riquezas. (Pero te pasa factura).
Te ofrece un mejor trabajo, o un mejor sueldo (y te saca de la iglesia).
Te llena de placeres a disposición, te sirve en bandeja lo que estabas intentando alcanzar (y se adueña de tu razón, tus emociones, tus sentimientos).
Por eso Jesús, advirtiendo, nos dice: “Manténganse despiertos, y oren…” (Mateo 26:41) para no ser atrapados y desviados. Porque, agrega Pablo: “para que Satanás no se aproveche de nosotros, pues no ignoramos sus artimañas.” (2 Corintios 2:11).
No te dejes engañar. Sé “entendido”, como también dice Apocalipsis 13:18, hablando acerca del famoso 666, que no es otra cosa más que un sistema que se opone a la revelación de Cristo y te desvía de tu llamado, propósito y lugar (pero eso es para otro tema).
No todo lo que parece bendición viene de Dios.
No todo lo que se abre rápido es una puerta del cielo.
No todo lo que trae alivio inmediato produce vida eterna.
El engaño no siempre viene con forma de pecado; muchas veces viene disfrazado de oportunidad.
No todo lo que te conviene te edifica.
No todo lo que te prospera te acerca a Dios.
No todo lo que te da placer te deja libre.
El engaño funciona porque se parece demasiado a la verdad. Y muchos pierden su llamado no por persecución, sino por comodidad.
“¡Estén alerta! Cuídense de su gran enemigo, el diablo, porque anda al acecho como un león rugiente, buscando a quién devorar.” (1 Pedro 5:8)
