Me parece que no es lo mismo ser cristiano que no serlo. Sí, ya sé, estoy diciendo una obviedad… pero es que creo que no terminamos de darnos cuenta de lo que implica ser cristiano y hasta dónde llega.
Básicamente, ser cristiano significa ser seguidor de Cristo, pero cuando “me hago cristiano” no es por una cuestión de militancia para seguir “al líder”, sino por lo que la obra de este líder representa y ofrece. ¡Seamos sinceros! Seguimos a Cristo por lo que nos da, aunque después lo amemos por quién es. Y no estoy hablando de bendiciones o riquezas, sino de salvación y vida eterna.
¿Serías cristiano si eso no resolviera el conflicto de la eternidad?
Pero ser cristiano también cambia tu posición social, tu visión sobre la humanidad y sobre tu propia vida. Te provee de recursos espirituales que te acercan a los recursos naturales. Te da visión, entendimiento y también sabiduría. Te pone por encima, “en los lugares celestiales con Cristo” (Efesios 2:6), mientras te ubica en la tierra y te hace echar raíces, levantar ministerios, extender el reino, todo para mostrar, alumbrar, anunciar y transformar.
Así que cambia tu destino futuro y cambia tu permanencia en la tierra. Al mismo tiempo, cierra la grieta existente entre ambos “mundos”, conectándolos mucho más de lo que pensamos y acercando uno al otro.
Nos han enseñado hasta el cansancio que son dos planos distintos, que lo de la tierra queda en la tierra y lo del cielo pertenece al cielo, cuando la Biblia dice: “Venga a nosotros tu reino” (Mateo 6:10) y que lo que “atemos o desatemos en la tierra será atado o desatado en el cielo” (Mateo 18:18).
Algunos han dicho —equivocados por cierto— y amparados en Mateo 6:19–20, que no tenés que buscar riquezas sino únicamente la riqueza espiritual, ya que nada de lo que ganes o acumules lo vas a llevar al cielo.
Dicen, y habrás escuchado, que en el cementerio todos somos iguales y que ni las valijas ni las cuentas bancarias entran por las puertas del cielo.
Dicen, y tal vez lo creas, que los ricos no pueden entrar al reino de los cielos.
Pero son malas y erróneas interpretaciones sacadas de contexto o producto de leer solo versículos parciales, ya que Dios no condena el tener riquezas, sino la ambición desmedida por alcanzarlas y acumularlas, algo que Pablo explica bien claro: “la raíz de todos los males es el amor al dinero” (1 Timoteo 6:10), y no el dinero en sí; y Salomón señala diciendo: “No te afanes por hacerte rico” (Proverbios 23:4). (Estos temas se desarrollan en mi libro Sanando Nuestra Economía).
Es cierto que los bienes materiales no entran al cielo, pero parece ser que el fruto de tu trabajo sí pasa por la aduana y ocupa un lugar relevante en la eternidad. Dice Apocalipsis 14:13: “Escribe: De aquí en adelante, bienaventurados sean los que mueren en el Señor”. Y el Espíritu dice: “Sí, porque así descansarán de sus trabajos, pues sus obras los acompañan”.
Lo que acumules en tu vida no va a servir de mucho: los títulos quedarán colgados en alguna pared, tus bienes se los van a llevar tus hijos, o hermanos, o descendientes lejanos. ¡Ojalá no genere divisiones entre ellos! Nada de eso va a entrar al cielo, pero “tus obras te acompañan”.
Lo que hayas hecho y lo que no hayas hecho; lo que hayas hablado y lo que hayas dejado de hablar; lo que hayas predicado, ministrado, enseñado, asistido, sostenido, contenido, animado, empujado… va atado a tu mortaja. ¡Y son las cosas que definen tu posición en la eternidad!
Son tus acciones las que serán juzgadas, son tus obras las que serán pasadas por fuego, son tus palabras las que serán pesadas, y por todo esto recibirás —o no— las distintas coronas. Los tesoros acumulados quedarán en tu caja fuerte terrenal, pero cada persona alcanzada y salvada, cada uno rescatado y encarrilado, cada uno salvado del fuego se va a convertir, “por arte de magia”, en una perla en tu corona.
“¡Tus obras te acompañan!”
Todo lo que hagas tiene un impacto en el momento en que lo hagas y también en la eternidad. Tus obras hablan de vos. Tus obras hablan por vos.
¿Qué cosas vas a llevar en tu mochila al cielo?
¿Qué obras hablan de vos y qué dicen?
¿Qué legado vas a dejar en la tierra como fruto de tu fe?
¿Qué vida fue impactada o transformada por una palabra, un aliento, un abrazo que hayas dado?
Pablo le escribe a la iglesia de Corinto, gente compleja que buscaba más la apariencia que el crecimiento o el fruto, y les dice: “Tu trabajo en el Señor no es en vano” (1 Corintios 15:58).
No dejes de caminar.
No dejes de sembrar.
No dejes de acompañar, ministrar, aconsejar, orar.
“¡Tus obras… te acompañan!”
