En estos últimos días repetí varias veces que detesto cuando me dicen: “tenías razón”. Tal vez pienses que es un exceso de humildad, tal vez te parezca un arrebato de soberbia, tal vez digas ¡qué bueno!… pero yo pienso: “si tenía razón, ¿por qué no me hiciste caso a tiempo y evitábamos un montón de problemas?”.
Esto vale tanto para la iglesia como para lo personal. Es algo que recurrentemente se ve con los hijos (sobre todo con los adolescentes). En esa etapa de despegue, donde empiezan a desarrollar su criterio propio, a buscar su identidad como individuos, cuando empiezan a convertirse en “persona”, en adulto… el primer ataque y contraataque es contra los padres.
¡Es muy loco! Los que en un momento de su vida éramos la representación del súper héroe, el que todo lo puede, el que todo lo resuelve, el que te da seguridad… casi un semi-dios; empezamos poco a poco a estar a su misma altura hasta que ¡de repente! somos poco menos que unos ignorantes anticuados que no entendemos nada de la vida.
Hasta que pasan los 25/30 y poco a poco empiezan a volver…
Eso mismo pasa en la iglesia. La iglesia, como la familia, tiene un carácter formativo. Yo sé que muchos piensan que la iglesia solo está para señalar y condenar el pecado, pero no es así. Dice Mateo que “Jesús recorría toda Galilea enseñando en las sinagogas, anunciando las buenas noticias del reino y sanando toda enfermedad y dolencia entre la gente” (Mateo 4:23).
Lo del pecado entraría en la sección “anunciando las buenas noticias del reino”, ¿y lo demás? “Enseñando… anunciando… sanando”.
La iglesia tiene un carácter formativo.
Este carácter formativo de la iglesia, que te comparé con la casa, con la familia, nos obliga a preparar a los cristianos de esta y la siguiente generación para encajar y afectar a esta y la siguiente generación. Así como en casa tenemos la obligación de formar a los adultos de la siguiente generación y prepararlos para estar de pie y no sometidos a quienes sí se preparen, la iglesia tiene que alistar guerreros de la fe con armamento espiritual para afectar y transformar.
Hoy hay una tendencia peligrosa que va en aumento. Me voy a ganar algunos nuevos detractores (haters) con esto, pero… ¡¿qué le hace una mancha más al tigre?! (aunque el tigre no tenga manchas, sino rayas…). Las nuevas pedagogías combinadas con los padres abandónicos culposos forman adultos que no saben manejar la frustración y explotan en ansiedad porque jamás se les pone un límite y se les da todo lo que quieren tener. ¿Es lindo darle a tu hijo lo que quiere? ¡Es lindo! Pero todo exceso es malo, y tenemos la obligación de forjar y formar.
Trasladá eso a la iglesia. En la iglesia no se trata de culposos abandónicos, sino de pastores temerosos de que la gente se vaya o deje de diezmar. Entonces no se les corrige, no se les enseña, no se les presiona para sacar lo mejor de cada uno… sino que se los deja; con que congreguen es suficiente. Y así formamos, sí, pero una generación de cristianos débiles, flacos y presa fácil para el engaño humano y la estafa espiritual.
La iglesia tiene un carácter formativo.
Dijo Salomón: “Quien no acepta las reprensiones será destruido, y nadie podrá evitarlo” (Proverbios 29:1).
Una cosa es bien cierta: disciplinar y corregir no significa oprimir y abusar. Pablo lo dice con estas palabras: “Padres, no hagan enojar a sus hijos con la forma en que los tratan. Más bien, críenlos con la disciplina e instrucción que proviene del Señor” (Efesios 6:4). Así que evitemos esos abusos. Pero si creés que por disciplinar, por reprender, vas a herir o lastimar… más daño se hace por dejar hacer sin formar ni disciplinar.
Un poco de disciplina es molesta, dice la Escritura, pero nada de disciplina destruye: “Es verdad que ninguna disciplina al presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en ella han sido ejercitados” (Hebreos 12:11).
Tal vez seas hijo, tal vez seas padre.
Tal vez seas “oveja”, tal vez seas ministro.
No evadas la corrección, no evites la reprensión, no descuides la disciplina. Ni para aplicar ni para recibir, para que seas formado para poder “…presentarte ante Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse y que usa bien la palabra de verdad” (2 Timoteo 2:15).
