Cuidadores

Hay un momento en la vida del ser humano, normalmente a partir de la adolescencia, en que empiezan las dudas, que se van convirtiendo en conflicto, sobre el futuro.

De golpe nos codeamos con los filósofos griegos, aquellos que, no teniendo nada que hacer, se sentaban a observar el mundo y pensar: “¿Qué es la vida?”. Y toda una secuencia de preguntas similares.
¿Será que los filósofos tenían una crisis de adolescencia?

¿Para qué existo? ¿Cuál es mi destino? ¿De qué voy a vivir? ¿Cuál es mi llamado, profesión o habilidad? ¿Qué estudio? ¿Formaré una familia? Etc., etc., etc…

Llegamos a Cristo y, más allá de las cuestiones personales, esas dudas van tomando otro color y muchas de ellas se van respondiendo o dejando atrás.

En Cristo tenemos propósito, tenemos llamado. En Cristo descubrimos que muchas de esas habilidades naturales con las que convivimos son dones dados por Dios; en un nivel son para edificación de la iglesia y en otro para el desarrollo personal.

En Cristo empezamos a “ser iglesia”, un concepto natural y simple para algunos, aunque debatible para otros, que nos coloca en una posición de compromiso con Dios y el evangelio: tenemos dones, tenemos llamado, tenemos propósito y todo eso implica el tener una posición delante de Dios… pero delante del mundo y la sociedad.
(¿Estoy escribiendo un devocional o un tratado sobre propósito de la iglesia? En fin…)

Dice Proverbios que “la bendición del justo engrandece la ciudad” (Proverbios 11:11), mostrando el impacto espiritual que un cristiano, la iglesia toda, puede generar en el lugar donde se encuentra, curiosamente, su “lugar de influencia”.

Tenemos un llamado, tenemos un propósito y es alumbrar, anunciar, encajar para transformar y mostrar que “se puede vivir de otra manera”.

Y en este tren de cosas también está el uno a uno. No hay cosa más efectiva que el evangelismo personal, el trabajo cara a cara, el trabajo hormiga. Personalmente creo que ya pasó el tiempo de las campañas (¡sí, ya sé… acumulando haters!), el método más efectivo es el viejo sistema bíblico conocido como “plan Andrés”.

Génesis habla un poquito del tema, lo que me muestra que la cosa viene desde el principio. No digo que sea parte de la función de Adán, pero en la refundación con Noé estaba incluido en su contrato de trabajo:ocuparte del otro. Tal vez sea para aclarar la letra chica después del menosprecio de Caín: “¿Acaso soy guarda de mi hermano?” (Génesis 4:9).

Entonces Dios le dijo bien claro a Noé: “Yo pediré cuentas a cada hombre y a cada animal de la sangre de cada uno de ustedes. A cada hombre le pediré cuentas de la vida de su prójimo.” (Génesis 9:5)

Tenemos un llamado, tenemos un propósito y el procurar el bien del otro es parte de eso.

Jesús lo mostró en la parábola del buen samaritano: el que hizo la voluntad de Dios fue el que se ocupó del prójimo (Lucas 10:33–37).

Capaz estás tan preocupado con tus cosas que me leés esto y hacés oídos sordos.
Tal vez no hacés caso de lo que le pasa al otro porque… ¿quién se va a ocupar de lo que te pasa a vos?
Capaz, sin darte cuenta, te calzaste las sandalias de Caín. Y te puedo entender.
Pero es tu llamado, es tu función, es tu propósito. Y cuando nos movemos en el propósito alcanzamos plenitud.

Salomón dijo que “el generoso prospera” (Proverbios 11:25).
Jesús dijo que “es más bienaventurado dar que recibir” (Hechos 20:35).
Dios dijo que “siempre existirá la siembra y la cosecha” (Génesis 8:22).

Ocupate de lo que Dios te mandó.
Enfocate en hacer la obra de Dios.
“Buscá primero que su reino se active y todo lo demás te será añadido” (Mateo 6:33).

“Yo pediré cuentas a cada hombre y a cada animal de la sangre de cada uno de ustedes. A cada hombre le pediré cuentas de la vida de su prójimo.”
(Génesis 9:5)

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