“Había una vez…” Y uno ya sabía que te metían en un mundo de fantasía, al que soñabas pertenecer y te fascinaba la idea de que fuera real.
Entre el “había una vez” y el “colorín colorado…”, pasando, por supuesto, por “un lugar muy, muy lejano”, nos encontrábamos con princesas, príncipes valientes, monstruos, dragones y ogros.
No podían faltar las brujas, las madrastras malévolas y animales que hablaban.
Todo dentro del marco de “una vez” y “algún lugar”.
Era una manera literaria de no definir un lugar ni un tiempo y dejarlo abierto para encajar en tu imaginación.
Un momento, un día, una vez. Como ese día en que todo fue creado. ¿Cuándo fue? No lo sé, ¿vos sabés?
¿Cuándo fue la crisis de Job? ¿Tenés idea? Yo nada.
De los eventos futuros ni hablemos. Si no podemos afirmar algunos del pasado… ¿cómo podés afirmar los que están por venir?
Un momento, un día, un lugar. Como esos ángeles que estaba preparado “para el día y la hora” (Apocalipsis 9:15). ¿Qué día y hora? Me gustaría poner el emoji de los hombros y manos levantadas en posición de “¡no tengo idea!”
Ya lo dijo Jesús: “nadie sabe el día ni la hora” (Mateo 24:36). Ya sean los Hermanos Grimm o Esopo, o una palabra profética de parte de Dios… un día, algún día, “había una vez”.
Así fue con Abraham. Dice Génesis 12:1 que “Un día el Señor le dijo a Abram: Deja tu tierra, tus parientes y la casa de tu padre, para ir a la tierra que yo te voy a mostrar”.
¿Cuándo fue? No lo sé. Fue “un día”.
¿Qué estaría haciendo Abraham, bueno, Abram? Ah, ni idea tampoco.
¿Estaba trabajando? ¿Estaba en su casa?
¿Andaba paseando con Sarai? ¿Tomando mate?
¿Estaba tomando una siesta? ¿Cuidando el ganado?
No, tampoco lo sé. Solo sé (re Platón lo mío) que un día, cualquier día, cuando ni lo esperaba ni se lo imaginaba, ese día Dios lo llamó.
Y no lo llamó para cualquier cosa… ¡lo re confrontó! Sí, le prometió una tierra, herencia y bendición; pero él tenía que dejar todo.
Por algo se lo conoce como “el padre de la fe”.
¿Y por casa…? ¿Qué estás haciendo? ¿En qué andás?
O como le dijo Dios a Adán: ¿Dónde estás?
Tal vez estás muy cómodo, tal vez con el matecito.
Tal vez preparando tus vacaciones, tal vez mirando tu serie favorita.
Tal vez pensás, creés, que no es el momento apropiado, que ya llegará “el día y la hora” en que Dios te venga a buscar, o a llamar para usarte.
Tal vez te confiás demasiado en tu juventud… o en tu vejez, o en tu capacidad, o en la falta de ella…
Pero como dice Jesús, hablando de su segunda venida: “cuando menos lo esperen” (Mateo 24:44), ahora mismo, así como estás, donde te encuentres y haciendo lo que sea que estés haciendo… Dios te puede llamar.
Si vas a responder o no, es otra historia.
Qué vas a responder o no, es otro tema.
Digamos que eso es secundario: es tu voluntad y tu libertad. Siempre va a ser tu opción.
Pero “un día” Dios te puede llamar…
Y tal vez ese día sea hoy…

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