Percepciones

A veces realmente nos ahogamos en un vaso de agua. A veces sobredimensionamos las situaciones a las que nos enfrentamos solo por mirarlas desde una óptica tal vez equivocada. Hablamos algunas semanas atrás sobre la autopercepción, y esto es algo parecido.

Es como la economía de mercado. El verdadero valor de las cosas no se lo da el fabricante o el vendedor, sino el comprador. Cuando vos comprás, no importa si caro o barato, estás avalando su valor.
Mi mamá me decía: “Si respondés las cargadas, te estás haciendo cargo de ellas. Si las ignorás, se caen solas”.

Como ves, es un principio de aplicación. Cómo vos mirás las cosas, la atención que les prestás, el lugar que les das en tu vida o en tu mente, el valor que les das… eso es lo que tienen o terminan manifestando al final.

Hay algo muy profundo entre líneas que hace unos días Dios me ministró por medio de una de mis hijas (en realidad, escuché algo que ella estaba hablando), sobre el nombre que se le da a las cosas. Fuimos creados a imagen y semejanza de Dios y, por lo tanto, tenemos esa capacidad creativa y la autoridad para hacer que las cosas pasen. Cuando Dios encomienda a Adán que les ponga nombre a todos los animales (Génesis 2:19–20), él está ejerciendo este dominio y principio: como lo nombres, así se va a llamar. Lo creado depende y se sujeta a tu declaración y al lugar que le des.

Pero no es ese el punto al que voy (aunque está muy bueno), sino a cuando nos limitamos ¡o amedrentamos! por aquellas cosas que se interponen en el camino, que nos vienen a complicar, que tal vez se muestren como gigantes, pero que en definitiva son una cuestión de percepción.

Cuenta Génesis 14 que hubo un rey que asolaba la tierra y todos le temían. Este rey les cobraba impuestos, los hacía casi esclavos y no los dejaba ser libres en sus ciudades. ¡Doce años vivieron así! Prácticamente una generación… hasta que, como te decía ayer, “un día algo pasó”.

“El rey Quedorlaómer los había dominado durante doce años, pero a los trece años los cinco reyes decidieron luchar contra él” (Génesis 14:4).

La pregunta automática sería: ¿por qué tuvieron que esperar doce años? ¿Por qué no actuaron antes? Y tendríamos mil respuestas para dar: desde no darse cuenta de su potencial hasta acostumbrarse al dominio extranjero.

Como sea, cuando cambiaron su visión, cuando le cambiaron el nombre, dejó de ser costumbre y se convirtió en invasión; cuando se dieron cuenta de que si sumaban fuerzas cinco es mucho más que uno… se enfrentaron al conquistador.

¿Por qué somos así? Porque somos así…
Buscamos problemas que no existen o potenciamos los que sí hay.

Como Abram, que por hacer caso a sus emociones o a su responsabilidad familiar, cuando Dios le dijo que dejara a sus parientes (Génesis 12:1–4), se llevó a su sobrino porque sintió pena por él.

Hasta ahí todo bien, pero hay un texto que me desvela. Dice Génesis 13:14 que “Después que Lot se fue, el Señor le dijo a Abram…”. O sea, Dios volvió a hablar con Abram cuando Lot se fue. Si entendés entre líneas, Dios hizo silencio porque estaba Lot en el medio y era un tropiezo para lo que Dios quería hacer con Abram.

¿Entendés que tus decisiones, o la forma en que ves las cosas, o el lugar que le das a los problemas terminan siendo una traba para que Dios se manifieste?
Cuando te quejás porque Dios no responde, ¿evaluás tu conducta? ¿Mirás qué estás haciendo? ¿Revisás tu caminar para ver qué decisiones tomaste?

¡¿Por qué somos así?! ¡Porque somos así!

Cuando cambiamos la manera de pensar acerca de Dios, de nuestra posición y de nuestro propósito delante de Él, cambian las condiciones que nos rodean y el resultado de nuestras acciones.

No es que el problema sea grande.
Es que vos le diste demasiado lugar.
¡No te ahogues en un vaso de agua!
Levantá la cara… y se terminó el problema.

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