Tiempo de Decisiones

Este es y va a seguir siendo un año de decisiones drásticas. Indirectamente tiene que ver con la declaración de Año de Renuevo y Cambio de Posición, porque, aunque no esté dicho directamente, si no tomamos decisiones drásticas no vamos a tomar esa nueva posición ni experimentar el renuevo.

Antes de que te pongas en evangélico, no estoy poniendo a Dios por debajo de nuestras decisiones, sino todo lo contrario: es Dios el que nos confronta a tomar esas decisiones firmes y determinadas para encarar el camino, la visión y el propósito a los cuales nos dirige.

Si no fuera así, no diría, por ejemplo: “Pongan toda su atención en el reino de los cielos y en hacer lo que es justo ante Dios…” (Mateo 6:33, DHH), que es la “versión popular” del tradicional “Busquen primeramente…” (RV60). En todo lo que tiene que ver con el reino de Dios o el reino de los cielos se requiere y se espera nuestra participación activa.

¿Viste lo que le dijo el ángel a Lot? “…¡vete allá de una vez!, porque no puedo hacer nada mientras no llegues a ese lugar…” (Génesis 19:22, DHH).
Un ángel que posteriormente se encargó de destruir Sodoma y Gomorra “no podía hacer nada” hasta que Lot no se moviera. No es humanismo, no es ideología moderna, no es carnalidad: es el plan de Dios. Se requiere que tomes una decisión.

El caso de Lot es un caso de estudio. Un tipo… complicado. Tiene (tuvo) actitudes que rozan lo bipolar: cambios de temperamento, cambios de devoción y fe. En un momento busca lo suyo; al instante se humilla ante Dios. Enseguida se convierte en hospedador y acto seguido entrega a sus hijas para que sean violadas.
Pero era parte del linaje de Abraham y, como un efecto colateral de la bendición de Dios, fue librado de la muerte y la destrucción.

Dios decide borrar a esas dos ciudades del mapa. Ya habían llegado al colmo de la perversión y la corrupción. Siendo peor aún de lo que fue el mundo en tiempos de Noé, Dios no manda un nuevo diluvio, sino fuego y azufre (una destrucción nuclear) sobre Sodoma y su vecina. Después de todo, pensándolo bien, Dios dijo que no iba a destruir más el mundo por agua (Génesis 9:11). ¡El que avisa no traiciona!

Entonces le dice a este Lot, que se encontró con una salida solo por ADN y acomodo: “—¡Corre, ponte a salvo! No mires hacia atrás ni te detengas para nada en el valle. Vete a las montañas, si quieres salvar tu vida.” (Génesis 19:17)

Es tiempo de tomar decisiones. ¡Corré!, le dijo el ángel a Lot. “El día es hoy”, dice Pablo (2 Corintios 6:2). ¿Para qué vas a esperar hasta mañana? Las decisiones se toman hoy.

“No mirés hacia atrás”, agrega. Si conocés la historia, ya sabés cómo terminó la señora Lot: ¡durita, calcinada, petrificada por la exposición a una explosión atómica!, quedando como testigo silencioso de decisiones mal tomadas.

¿Cuántas veces Dios te dijo “no mirés atrás”? Desde el “no se acuerden de las cosas pasadas” de Isaías 43:18, hasta el “las cosas viejas pasaron” de 2 Corintios 5:17, pasando por “poné la mirada en lo que está adelante” de Proverbios 4:25; constantemente la Palabra de Dios te confronta a no mirar atrás (¿no ves que no tenés ojos en la nuca?).

“¡Ni te detengas en el valle!” ¡Qué peligro! Un sutil y encantador peligro. La fascinación de la comodidad y la falsa paz; el engaño de la tranquilidad o el establecimiento, haciéndote creer que ya está, que ya llegaste, cuando la Biblia dice que estamos llamados a un “constante crecimiento” (paráfrasis de Proverbios 4:18).

No saques la mirada de la meta, del llamado y del propósito, para no ser tragado por el mar (¡re poeta!).

“Andá a las montañas”, termina diciendo, “si querés salvar tu vida”.
Acá tengo una tangente: ¡qué interesante que Lot le dijo que no podía ir a las montañas y después decide irse a las montañas por su cuenta! ¡Qué tipo complicado! (Pero eso es para una futura prédica).

“Andá a las montañas”… ¡subí más alto! Buscá tu lugar en las alturas, y no solo en las espirituales, donde estamos sentados desde el día que le dijiste sí al Señor (Efesios 2:6); o en los lugares donde vamos a buscar recursos para nuestro crecimiento espiritual (Hageo 1:8), sino también en lo humano… ¡subí más alto!

Es tiempo de decisiones.
Decisiones drásticas.
Decisiones firmes.
Decisiones determinadas y determinantes.
Decisiones que te coloquen en esa nueva posición, que te permitan cambiar tu enfoque, tu óptica y tu visión; que te hagan conocer un entorno distinto y relacionarte con lo que —y con los que— te hagan, cada vez, subir de nivel y de posición.

¡Es tiempo de decisiones!
¿Qué estás mirando?
¿Qué estás extrañando?

¿Sos Israel en el desierto llorando por los ajos y las cebollas de Egipto? (Números 11:5).
¿Sos el mismo Israel quejándose por la comida? (Éxodo 16:2–3).
¿Querés, acaso, tener el mismo final que ellos?

¿O sos de los que no vuelven atrás, como Nehemías? (Nehemías 6:3), y así fue posicionado…
¿O como Josué y Caleb? (Números 14:24; 30), que así fueron exaltados, bendecidos y prosperados.

¿Qué decisiones estás tomando o cuáles temés tomar?

Leí en la lectura de ayer: “No se hagan tesoros en la tierra, sino en el cielo” (Mateo 6:19–20), y leo —¡pero leo!— en la de hoy: “No den las cosas sagradas a los perros…” (Mateo 7:6).

Es tiempo… de tomar decisiones.

Dejar un comentario