Si hay un texto que está siempre en boca de todos, que vive en la punta de la lengua, que como espada sacamos a relucir cuando algo no es muy claro o, peor, medio turbio, es Mateo 7:20.
Hasta que leíste “turbio” pensabas en Juan 3:16. Ese sí que es famoso. Si los descendientes de Juan (¿habrá?) pudieran reclamar derechos y cobrar regalías, Bill Gates y Elon Musk se quedaban fuera de la lista.
El texto es muy claro: el fruto da a conocer al árbol. Sé que suena tonto, pero… si el árbol da limones, ¿es un duraznero? El problema lo tenés cuando el árbol no es frutal, pero eso es para otra historia.
Me gusta decir que “el fruto define la esencia”, porque cuando Jesús habla de fruto no estaba poniendo una verdulería, sino que hablaba de las acciones de los hombres. (Estaba hablando de los falsos profetas, o de los que se guiaban por su corazón y no por dirección de Dios).
Pero, dejando en paz a los profetruchos… ¿qué es el fruto? O, tendría que decir, ¿cuál es el fruto?
La Biblia habla, y mucho, acerca del fruto. No es esta la única ocasión, sino que en varias oportunidades, por distintos oradores y en distintas circunstancias.
He tenido algunos problemas respecto a la interpretación del fruto, ya que, como en tantas otras cosas que tienen que ver con la Palabra de Dios, cada uno la interpreta a su manera. ¿Es eso correcto? ¡Por supuesto que no! La Biblia tiene una sola interpretación; el problema es que muchos de esos que se dicen entendidos… solo entienden desde su propia razón. Ven lo que quieren ver y buscan justificar su pensamiento previo, en vez de encontrar en la Biblia la dirección.
¿Sabías que con la Biblia se puede justificar y demostrar casi cualquier cosa que se te ocurra?
Que encuentres un texto que avale tu idea no quiere decir que esa idea sea correcta…
¿Qué es el fruto? O ¿cuáles son los frutos?
Dice dos versos antes: “Así, todo árbol bueno da fruto bueno, pero el árbol malo da fruto malo. El árbol bueno no puede dar fruto malo, ni el árbol malo dar fruto bueno” (San Mateo 7:17-18).
Si el fruto define al árbol y su esencia, entonces el fruto es lo que habla de vos. El fruto son tus obras, tus acciones. El fruto es el resultado de tu caminar. El fruto es el cambio visible en tu vida después de recibir a Cristo.
Muchas veces te preguntan, o te hacen preguntarte: “¿estás dando fruto?”. Y respondemos en base a la eficiencia de nuestro ministerio. Eso es una visión muy parcial.
¿Estás dando fruto? ¿Qué fruto estás dando?
¿Qué dice la gente de vos?
¿Qué ve la gente en vos?
¿Qué espera la gente de vos?
¡No me respondas que lo que la gente diga no importa!
¿Qué se ve de vos?
Tus acciones, tus palabras, tu vida… ¿qué muestran de vos?
Los que te conocen, los que trabajan a tu lado, tu entorno más cercano, ¿qué dice de vos?
¿Qué ves vos en aquellos a los que has ministrado, enseñado o formado?
¿Sabías que son un reflejo de lo que vos sos?
No se trata de cuánto hablás de Cristo, ni de en cuántos ministerios estás sirviendo al Señor.
Se trata de cuánto se ve a Cristo en tu vida y ministerio.
No se trata de cuántos versículos sepas, sino de cuántos de ellos te transformaron.
Porque por el fruto —no por el discurso, no por el cargo, no por el ministerio—
se conoce el árbol.
